—¿Cerca? —repitió al’Thor—. Tanto como un asesino que echa el fétido aliento en la nuca de su víctima mientras le pasa el cuchillo por la piel. Tan cerca como la última campanada de medianoche después de que hayan sonado las otras once. ¿Cerca? Sí, claro que está cerca. Terriblemente cerca.
¿La locura se habría apoderado ya de él? De ser así, eso haría las cosas mucho más difíciles. Lo observó buscando indicios de demencia. Parecía estar controlado.
Una suave brisa sopló desde el mar y pasó bajo el dosel haciendo ondear las lonas y llevando consigo el olor a pescado podrido. En la actualidad eran muchas las cosas que se echaban a perder.
«Esos seres, los trollocs…», pensó. ¿Qué vaticinaba su aparición? Tylee los había destruido y los exploradores no habían encontrado más. Contemplando la intensidad de ese hombre, vaciló. Sí, la Última Batalla estaba próxima, quizá tanto como él afirmaba. Razón de más para que ella unificara estas tierras bajo su bandera.
—Sin duda os dais cuenta de por qué es tan importante esto —dijo el Dragón—. ¿Por qué lucháis contra mí?
—Somos el Retorno —respondió Tuon—. Los augurios señalaron que había llegado la hora de que volviéramos, y esperábamos hallar un reino unido, listo para aclamarnos y dejarnos ejércitos para la Última Batalla. En cambio encontramos una tierra dividida que había olvidado sus juramentos y que no estaba preparada para nada. ¿Cómo es que no entendéis que hemos de luchar? Para nosotros no es un placer mataros, como tampoco es motivo de alegría para un padre castigar a un hijo descarriado.
—¿Decís que somos hijos para vosotros? —preguntó al’Thor con incredulidad.
—Sólo era una metáfora.
Él se quedó callado un momento y después se frotó el mentón con la mano que le quedaba. ¿La culparía a ella por haber perdido la otra? Falendre le había contado lo ocurrido.
—Así que una metáfora —dijo por fin—. Acertada, quizá. Sí, estas tierras carecían de unidad, pero yo he fraguado su unión. Puede que la soldadura sea débil, pero aguantará lo suficiente. De no ser por mí, vuestra guerra de unificación sería encomiable. Tal como están las cosas, sólo sois una distracción. Hemos de tener paz. Nuestra alianza sólo tiene que durar hasta que yo haya muerto. —Los ojos de ambos se encontraron y se sostuvieron la mirada—. Y os aseguro que eso no tardará mucho en ocurrir.
Tuon estaba sentada a la mesa con los brazos cruzados; la mesa era ancha, y por más que al’Thor alargara el brazo no llegaría a tocarla. Había sido premeditado, pero la precaución era ridícula vista en retrospectiva. No le haría falta utilizar la mano para matarla. Mejor no pensar en eso.
—Si sois consciente de la importancia de la unificación, entonces quizá deberíais aunar vuestras naciones bajo la bandera seanchan, hacer que los vuestros presten los juramentos y…
La mujer que permanecía de pie detrás de al’Thor, la marath’damane, fue abriendo los ojos más y más a medida que ella hablaba.
—No —la interrumpió al’Thor.
—Pero sin duda tenéis que daros cuenta de que un único dirigente, con…
—No —repitió él con suavidad y, sin embargo, con más firmeza. Con más peligro—. No consentiré que haya ni una sola persona más atada a vuestras viles correas.
—¿Viles? ¡Es la única forma de manejar a quienes encauzan!
—Hemos sobrevivido siglos sin necesitarlas.
—Y habéis…
—Ése es un punto en el que no cederé —manifestó al’Thor.
Los guardias de Tuon —incluida Selucia— rechinaron los dientes, y los primeros llevaron la mano a la empuñadura de la espada. La había interrumpido dos veces seguidas. A la Hija de las Nueve Lunas. ¿Cómo podía ser tan osado?
Porque era el Dragón Renacido, por eso. Pero lo que decía era una insensatez. Se inclinaría ante ella cuando fuera emperatriz. Las profecías lo exigían; y a buen seguro que eso significaba que sus reinos se unirían al imperio.
Tuon había dejado que la conversación se le fuera de las manos. Muchas personas a este lado del océano eran susceptibles en lo tocante al tema de las marath’damane. Seguramente comprendían la lógica que había en atar a la correa a esas mujeres, pero no renunciaban a sus tradiciones así como así; debía de ser por eso por lo que los perturbaba tanto hablar de ello.
Tenía que dirigir la conversación hacia otros derroteros, hacia un terreno que hiciera bajar la guardia al Dragón Renacido. Tuon lo observó con atención.
—¿Se reducirá a esto nuestra conversación? ¿A sentarnos uno frente al otro para hablar sólo de nuestras diferencias? —le preguntó.
—¿Y de qué otra cosa podemos hablar? —preguntó él a su vez.
—Quizá de algo que tenemos en común.
—Dudo que haya mucho en ese terreno que sea relevante.
—¿De veras? ¿Y qué me decís de Matrim Cauthon?
Sí, eso sí que lo sorprendió. El Dragón Renacido parpadeó y abrió un tanto la boca.
—¿Mat? ¿Conocéis a Mat? ¿Cómo…?
—Me raptó —explicó Tuon—. Y me llevó a la fuerza a través de casi toda Altara.
El Dragón Renacido se había quedado boquiabierto, pero cerró la boca y dijo casi en un susurro:
—Ahora recuerdo. Os vi. Con él. No os relacioné con aquel rostro. Mat… ¿qué has estado haciendo?
«¿Que nos viste?», pensó Tuon, escéptica. Así que la locura ya se había manifestado. ¿Haría que fuera más fácil manipularlo o más difícil? Probablemente lo último, por desgracia.
—Bien, confío en que Mat tuviera sus motivos —dijo por último al’Thor—. Siempre los tiene. Y en ese momento le parecen tan lógicas…
De modo que era cierto que Matrim conocía al Dragón Renacido; sería un excelente recurso que utilizar. Tal vez ésa era la razón de que se lo hubieran puesto en su camino, para disponer de medios con los que descubrir cosas sobre al’Thor. Era necesario recobrar a Matrim para que la ayudara en ese terreno.
A Matrim no le gustaría, pero tendría que atender a razones. Era el Primer Príncipe de los Cuervos. Había que ascenderlo a la Alta Sangre, afeitarle la cabeza y enseñarle a llevar un estilo de vida apropiado. Todo ello le parecía una lástima a Tuon, aunque ni siquiera ella misma entendía el porqué.
No pudo menos que preguntar algo más sobre él, en parte porque el tema de conversación parecía perturbar a al’Thor y en parte porque sentía curiosidad.
—¿Qué clase de hombre es el tal Matrim Cauthon? He de confesar que me pareció un sinvergüenza indolente que enseguida encuentra una disculpa para eludir juramentos prestados.
—¡No habléis así de él! —Cosa increíble, las palabras las barbotó la marath’damane que estaba de pie junto a la silla de al’Thor.
—Nynaeve… —empezó al’Thor.
—No me pidas que me calle, Rand al’Thor —dijo la mujer al tiempo que se cruzaba de brazos—. También es amigo tuyo. —Después volvió la vista hacia Tuon y la miró a los ojos. ¡A los ojos! ¡Una marath’damane!
»Matrim Cauthon es uno de los mejores hombres que conoceréis en vuestra vida, alteza —continuó la mujer—, y no permitiré que se hable mal de él. Lo que es justo, es justo.
—Nynaeve tiene razón —admitió al’Thor de mala gana—. Es un buen hombre. Puede que Mat parezca un poco grosero a veces, pero como amigo es todo lo que uno querría encontrar en un compañero. Aunque rezongue por lo que la conciencia lo fuerza a hacer.
—Me salvó la vida —dijo la marath’damane—. Me rescató arriesgando mucho y poniéndose en peligro cuando nadie más pensó en ir a buscarme. —Los ojos le ardían por la cólera—. Sí, bebe y juega demasiado, pero no habléis de él como si lo conocieseis, porque no lo conocéis. A pesar de las apariencias, tiene un corazón de oro, y si le habéis hecho daño…
—¿Hacerle daño? ¡Él me raptó a mí!
—Si lo hizo tendría un motivo —intervino al’Thor.