Выбрать главу

¡Qué lealtad! Una vez más se vio obligada a reconsiderar su opinión sobre Matrim Cauthon.

—Sin embargo, esto es irrelevante —continuó al’Thor, que se puso de pie de improviso.

Uno de los Guardias de la Muerte desenvainó la espada, y al’Thor asestó una fría mirada al hombre mientras Karede se apresuraba a hacerle una seña al guardia, que envainó el arma, avergonzado.

al’Thor puso la mano en la mesa, con la palma hacia abajo. Se echó un poco hacia adelante y retuvo los ojos de Tuon con la mirada. ¿Quién podría apartar la vista de aquellos intensos ojos grises, semejantes al acero?

—Nada de eso tiene importancia. Mat no tiene importancia. Nuestras similitudes y nuestras diferencias no importan. Lo único importante es la necesidad, y yo os necesito.

Se inclinó un poco más hacia ella, imponente. No sufrió ningún cambio, pero de pronto fue como si midiera cien pies de altura. Habló con la misma voz tranquila, penetrante, pero ahora había en ella un atisbo de amenaza. Un algo incisivo.

—Debéis poner fin a los ataques —dijo casi en un susurro—. Debéis firmar un tratado conmigo. Y no se trata de una petición. Es mi voluntad.

Tuon se encontró de repente deseando obedecerlo. Complacerlo. Un tratado. Sí, un tratado sería excelente, le daría la posibilidad de estabilizar su dominio en las naciones ocupadas. Planearía cómo reinstaurar el orden en Seanchan. Reclutaría soldados y los entrenaría. Ante ella se abrieron tantas posibilidades como si de pronto su mente hubiera decidido contemplar todas las ventajas de la alianza y ninguno de los fallos.

Buscó esos fallos, los problemas que reportaría la unión con ese hombre. Pero se licuaron y resbalaron de su mente; era incapaz de asirlos y establecer objeciones. El silencio se apoderó del pabellón; hasta la brisa se calmó.

¿Qué le estaba pasando? Notaba que le faltaba la respiración, como si un gran peso le oprimiera el pecho. ¡La sensación era de no ser capaz de hacer otra cosa excepto doblegarse a la voluntad de ese hombre!

La expresión de al’Thor era adusta. A despecho de la luz de la tarde, el rostro masculino estaba en sombras, mucho más que todo cuanto había bajo el pabellón. Incapaz de apartar los ojos de los del Dragón Renacido, Tuon empezó a respirar con inhalaciones cortas y rápidas. Por el rabillo de los ojos le pareció atisbar algo alrededor del hombre: una oscura neblina, un halo de negrura que emanaba de él y hacía que el aire ondulara a su alrededor, como cuando el calor era excesivo. La garganta se le contrajo y empezaron a formarse palabras. «Sí, sí. Haré lo que digáis. Sí. Debo hacerlo. Debo…»

—No —dijo, la palabra apenas un susurro.

La expresión del hombre se tornó más sombría y ella percibió su ira por la forma en que aplastó la mano contra la madera, los dedos temblorosos de presionar. Por la forma en que tensó la mandíbula. Por la forma de abrir más los ojos. Con tanta intensidad…

—Necesito… —empezó al’Thor.

—No —repitió Tuon con creciente seguridad—. Os postraréis ante mí, Rand al’Thor. No será al contrario.

¡Qué oscuridad! ¿Cómo podía contenerla dentro de sí un hombre? Parecía proyectar una sombra tan grande como una montaña.

No podía aliarse con un ser así. Ese odio hirviente la aterraba, y el terror era una emoción con la que no estaba familiarizada. A ese hombre no se lo podía dejar libre para que hiciera lo que quisiera. Había que controlarlo. Él la contempló un momento más.

—De acuerdo —dijo luego con voz gélida.

Giró sobre sus talones y echó a andar alejándose del pabellón sin mirar atrás. Su séquito fue tras él; todos ellos, incluida la marath’damane de la trenza, parecían desasosegados, como si ni siquiera ellos supieran a quién —o a qué— seguían al ir tras él.

Tuon lo siguió con la mirada, jadeante. No podía permitir que los demás advirtieran su agitación; no debían saber que, en el último momento, había tenido miedo de él. Estuvo mirándolo hasta que la figura montada a caballo se perdió más allá de las cuestas. Y las manos aún le temblaban. No se atrevía a hablar por miedo a que le fallara la voz.

Nadie dijo nada durante el rato que tardó en tranquilizarse. Quizás estaban tan alterados como ella. Por fin, mucho después de que al’Thor se hubo marchado, Tuon se puso de pie y se volvió para mirar a los miembros de la Sangre reunidos allí: generales, soldados y guardias.

—Soy la emperatriz —dijo en voz queda.

Todos a una cayeron de hinojos ante ella; incluso la Alta Sangre se postró.

No hacía falta ninguna otra ceremonia. Oh, sí, habría un rito formal de coronación en Ebou Dar, con procesiones y desfiles y audiencias. Ella recibiría el juramento personal de fidelidad de cada miembro de la Sangre y tendría la posibilidad —siguiendo la tradición— de ejecutar a cualquiera de ellos por su propia mano, sin razón alguna, si creía que se había opuesto a que subiera al trono.

Habría todo eso y más, pero su declaración era la verdadera coronación, la pronunciada por la Hija de las Nueve Lunas tras el periodo de duelo.

Las celebraciones empezaron en el instante en que les dio permiso para levantarse del suelo. Habría una semana de júbilo y festejos. Un tiempo de regocijo necesario. El mundo la necesitaba. Necesitaba una emperatriz. Todo iba a cambiar a partir de ese momento.

Mientras los da’covale se incorporaban y empezaban a entonar alabanzas a su coronación, Tuon se acercó al general Galgan.

—Transmitid mis palabras al general Yulan —ordenó en voz baja—. Decidle que prepare el ataque a las marath’damane de Tar Valon. Hemos de arremeter contra el Dragón Renacido, y deprisa. No podemos permitir que ese hombre acumule más poder del que ya tiene.

36

La muerte de Tuon

Emprendí viaje en Tear —empezó Verin tras sentarse en la mejor silla de Mat, hecha con madera de nogal oscuro y un bonito cojín color avellana. Tomás se situó detrás de ella, apoyada la mano en el pomo de la espada—. Mi propósito era llegar a Tar Valon.

—Entonces, ¿cómo es que habéis acabado aquí? —preguntó Mat, todavía suspicaz, a la par que se acomodaba en el banco con cojines.

Odiaba ese mueble; era imposible encontrar una postura en la que sentirse a gusto. Los cojines no servían de mucho; a saber cómo, hacían que el asiento resultara más incómodo. El maldito banco debía de haber sido diseñado por unos chiflados trollocs bizcos y construido con los huesos de condenados. Ésa era la única explicación razonable.

Rebulló en el asiento y estuvo a punto de pedir que le llevaran otra silla, pero Verin siguió hablando. Mandevwin y Talmanes se hallaban presentes, el primero de pie y con los brazos cruzados, y el segundo sentado en el suelo. Thom también estaba sentado en el suelo, al otro lado de la tienda, y observaba a Verin con mirada evaluadora. Se encontraban en la tienda de audiencias más pequeña, pensada para conferencias cortas entre oficiales. Mat no quería que la Aes Sedai entrara en el pabellón, ya que había dejado extendidos los mapas de Brisafiel con los planes de asalto a la ciudad.

—También yo me he hecho la misma pregunta, maese Cauthon —repuso Verin, sonriente, con el envejecido Guardián plantado a su espalda—. ¿Cómo he acabado aquí? Desde luego, no era ésa mi intención. Y, sin embargo, aquí estoy.

—Lo decís como si fuera un suceso fortuito, Verin Sedai —intervino Mandevwin—. ¡Pero hablamos de una distancia de varios cientos de leguas!

—Además —añadió Mat—, podéis Viajar. Así que, si vuestra intención es ir a la Torre Blanca, entonces ¿por qué no Viajáis allí y se acabó?

—Buenas preguntas, ya lo creo —dijo la Aes Sedai—. ¿Podría tomar un poco de té?

Mat suspiró, rebulló un poco más en el condenado sillón e hizo un gesto a Talmanes para que pidiera el té. El noble se levantó y salió unos instantes para transmitir la orden, hecho lo cual entró de nuevo y se sentó.