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Meidani asintió.

—Elaida pidió que el proceso fuera sellado para la Llama, pero nadie apoyó su propuesta —explicó—. Creo que su propio Ajah estaba detrás de ello, madre. Todas las Asentadas del Ajah Rojo, las tres, se encuentran ausentes. Aún me pregunto adonde habrán ido Duhara y las otras.

«Duhara. Una Negra. ¿Qué se traerá entre manos? ¿Y las otras dos? ¿Estarán las tres juntas? En tal caso, ¿serán también las otras dos del Ajah Negro?» Ya se ocuparía de eso más adelante.

—¿Cómo se lo tomó Elaida?

—No dijo mucho, madre. Estuvo sentada y observando casi todo el tiempo. No parecía muy complacida. Me sorprende que no empezara a despotricar.

—Las Rojas… —dijo Egwene—. Si realmente estuviera perdiendo el apoyo de su propio Ajah, haría tiempo que le habrían advertido que no causara más quebraderos de cabeza.

—Eso mismo dijo Saerin —respondió Meidani—. Y también recalcó que el hecho de que hicieseis hincapié en no dejar que el Ajah Rojo se desmoronara (comentario difundido por un grupo de novicias que os oyó) era, en parte, lo que evitó que se destituyera a Elaida.

—No me importaría verla depuesta —dijo Egwene—. Lo que no quería era que el Ajah se disolviera. Bien, no hay mal que por bien no venga. Elaida debe caer de modo que no arrastre a la Torre con ella. —Aunque, si pudiera volver atrás, retiraría esas palabras dichas horas antes. No quería que nadie creyera que apoyaba a Elaida—. Supongo que la condena a Silviana ha sido desestimada, ¿no es así?

—No exactamente, madre —respondió Meidani—. Está bajo custodia de la Antecámara hasta que decidan qué hacer con ella. Desafió a la Amyrlin de forma pública. Se habla de castigarla.

Egwene frunció el entrecejo. Sonaba a un trato. Lo más seguro era que Elaida se hubiera reunido a puerta cerrada con la cabeza del Ajah Rojo fuera quien fuera, tras la desaparición de Galina— para perfilar los detalles. Silviana recibiría un castigo, aunque no tan severo, pero Elaida tendría que someterse a la voluntad de la Antecámara, lo que indicaba que Elaida pisaba terreno resbaladizo, si bien aún estaba en posición de hacer demandas. No había perdido tantos apoyos con su Ajah como Egwene esperaba.

Aun así, los hechos habían tomado un buen derrotero. Silviana viviría y, por lo que parecía, autorizarían a Egwene a retomar su vida como «novicia». Las Asentadas estaban lo bastante descontentas con Elaida para reprenderla. Egwene tenía la certeza de que, si se le daba un poco más de tiempo a la situación, podía derrocarla y unificar la Torre. Mas ¿podría permitirse esperar ese tiempo?

Egwene miró hacia el escritorio, donde los valiosos libros permanecían ocultos a la vista. Si preparaba un ataque masivo al Ajah Negro, ¿provocaría una batalla? ¿Desestabilizaría la Torre más aún? Y de verdad, siendo realista, ¿esperaba atraparlas a todas de ese modo? Necesitaba tiempo para considerar la información. De momento, eso significaba quedarse en la Torre y trabajar contra Elaida. Y, por desgracia, también significaba dejar libres a la mayoría de las hermanas Negras.

Pero no a todas ellas.

—Meidani, quiero que comuniques a las otras lo siguiente: deben prender a Alviarin y someterla a la prueba de la Vara Juratoria. Diles que asuman todo el riesgo que sea razonable con tal de llevarlo a cabo.

—¿A Alviarin, madre? ¿Por qué a ella? —preguntó Meidani.

—Es una Negra —contestó, sintiendo que el estómago se le revolvía—. Y es una de las que ocupan un puesto alto en su organización en la Torre. Verin murió para traerme esa información.

—¿Estáis segura, madre? —Meidani se había puesto pálida.

—Confío en la fiabilidad del informe de Verin —respondió Egwene—. Pero aún seria más aconsejable encargarles que le quitaran y volvieran a poner los juramentos a Alviarin y entonces preguntarle si es Negra. A cualquier mujer se le debería dar esa oportunidad de demostrar su inocencia aunque haya pruebas de lo contrario. Imagino que tenéis la Vara Juratoria, ¿verdad?

—Sí. La necesitamos para comprobar si Nicola era de fiar. Las otras querían incluir a algunas Aceptadas y novicias en el grupo para que llevaran mensajes donde no pueden hacerlo las hermanas.

Era una buena medida, habida cuenta de la división entre los Ajahs.

—¿Por qué ella? —quiso saber Egwene.

—Por la frecuencia con que habla a las otras sobre vos, madre —explicó Meidani—. Es notorio que Nicola es una de vuestras principales partidarias entre las novicias.

Resultaba chocante oír decir eso de una mujer que la había traicionado, pero tampoco se le podía echar en cara que actuara así si se tenía en cuenta todo.

—No dejaron que prestara los tres juramentos, desde luego —añadió Meidani—. No es Aes Sedai. Pero sí juró el relacionado con mentir y demostró que no era una Amiga Siniestra. Después le quitaron ese juramento.

—¿Y a ti, Meidani? ¿Te han librado ya del cuarto juramento?

—Sí, madre, gracias —dijo la mujer con una sonrisa.

—Ve, pues, y transmite mi mensaje. Hay que prender a Alviarin. —Miró el cadáver de Verin—. Me temo que habré de pedirte que te la lleves contigo también. Será mejor si desaparece, en lugar de tener que explicar su muerte en mi habitación.

—Pero…

—Usa un acceso. Rasa, si no conoces bien este cuarto.

Meidani asintió y abrazó la Fuente.

—Primero teje otra cosa —aconsejó Egwene, pensativa—. Da igual lo que sea, algo que requiera mucho Poder. Tal vez uno de los cien tejidos que se deben hacer en la prueba para ascender a Aes Sedai.

Meidani frunció el entrecejo en un gesto de extrañeza, pero hizo lo que le pedía y tejió un intensificador de Poder muy complejo. Poco después de que empezara, Turese asomaba la cabeza por la puerta con aire desconfiado. Por suerte, el tejido se interponía en su campo de visión de forma que la impedía ver la cara de Verin, aunque Turese no estaba interesada en la Marrón «dormida», sino que se centró en el tejido al tiempo que abría la boca.

—Me enseña algunos tejidos que me hará falta saber si me someto a la prueba para ascender a Aes Sedai —explicó Egwene con sequedad, adelantándose a lo que la Roja iba a decir—. ¿Está prohibido también?

Turese le asestó una mirada fulminante, pero se retiró y cerró la puerta.

—Eso era para evitar que se asomara y viera los tejidos para el acceso —explicó Egwene—. Venga, date prisa y llévate el cadáver. Cuando Turese se asome otra vez le diré la verdad, que Verin y tú os marchasteis por un acceso.

—Pero ¿qué hemos de hacer con el cuerpo? —Meidani echó una ojeada a la mujer muerta.

—Lo que consideréis más adecuado —repuso Egwene, que empezaba a irritarse—. Esa decisión os la dejo a vosotras. Yo no tengo tiempo de ocuparme del asunto ahora. Y llévate esa taza; el té está envenenado. Deshazte de ella con cuidado.

Egwene echó un vistazo a la vela, que titilaba; estaba tan consumida que casi llegaba al tablero del escritorio. A un lado, Meidani suspiró bajito y después creó un acceso. Unos hilos de Aire movieron el cuerpo de Verin y lo llevaron a través de la abertura; Egwene lo vio desaparecer con pesar. La mujer merecería una despedida mejor. Algún día se sabría lo que había sufrido y lo que había logrado alcanzar. Pero tendría que pasar tiempo para eso.

Una vez que Meidani se hubo marchado con el cadáver y el té, Egwene encendió otra vela y se acostó en la cama, aunque procuró evitar la idea de que allí había yacido el cuerpo de Verin. Se relajó y pensó en Siuan, que se acostaría pronto. Tenía que ponerla sobre aviso en cuanto a Sheriam y las otras Negras del campamento.

Egwene abrió los ojos en el Tel’aran’rhiod. Se encontraba en su cuarto o, al menos, su versión soñada. La cama estaba hecha y la puerta, cerrada. Se cambió de vestido por otro verde y majestuoso, acorde a la posición de Amyrlin, y a continuación se desplazó al Jardín de Primavera de la Torre. Siuan no había llegado, pero aún era un poco pronto para la reunión acordada.