—Condenada mujer —oyó maldecir a Bryne detrás—. Acabaréis conmigo.
Ella se volvió para mirarlo y enarcó una ceja.
—Iré —dijo Bryne, que asía con todas sus fuerzas la empuñadura de la espada envainada. Presentaba una estampa imponente en la noche, el corte recto de la chaqueta en consonancia con el gesto tirante del rostro—. Pero con dos condiciones.
—Decid.
—La primera es que me vinculéis como vuestro Guardián.
Siuan dio un respingo. ¿Qué él quería…? ¡Luz! ¿Bryne quería ser su Guardián? La asaltó una oleada de emoción.
Sin embargo, no se había planteado tomar un Guardián desde la muerte de Alric. Perderlo había sido una experiencia terrible. ¿Querría pasar de nuevo por lo mismo?
¿Se arriesgaría a dejar pasar la oportunidad de tener a ese hombre vinculado a ella, sentir sus emociones, tenerlo a su lado? ¿Después de todo lo que había soñado y todo lo que había deseado?
Con una sensación reverente, caminó de vuelta hacia Bryne y entonces puso una mano en el pecho del hombre, ejecutó los tejidos de Energía requeridos y los arraigó en él. El hombre inhaló con brusquedad cuando una nueva percepción floreció dentro de ambos, una nueva conexión. Siuan notaba sus emociones, la preocupación que sentía por ella, que era sorprendentemente intensa. ¡Estaba por encima de la preocupación que sentía por Egwene y la responsabilidad hacia sus soldados! «¡Oh, Gareth!», se emocionó, y se dio cuenta de que sonreía al percibir la dulzura del amor que le profesaba.
—Siempre me pregunté qué se sentiría —dijo Bryne mientras alzaba la mano y la cerraba y la abría varias veces a la luz de las antorchas. A juzgar por el timbre de la voz estaba asombrado—. ¡Ojalá pudiera darles esto a todos los hombres de mi ejército!
Siuan resopló con sorna.
—Dudo muchísimo que sus esposas y familias lo aprobaran —respondió.
—Lo aprobarían si de ese modo se consiguiera mantener vivos a los soldados —afirmó Bryne—. Sería capaz de correr mil leguas sin quedarme sin resuello. Podría enfrentarme a cien adversarios a la vez y reírme de todos ellos.
Siuan puso los ojos en blanco. ¡Hombres! Le había dado un vínculo profundamente personal y emocional con otra persona —uno que ni siquiera experimentarían unos esposos— ¡y todo lo que se le ocurría pensar era lo mucho que podría mejorar en el combate!
—¡Siuan! —llamó una voz—. ¡Siuan Sanche!
Se volvió. Gawyn, montado en un caballo negro, se acercaba. Otra montura trotaba detrás de él, una yegua marrón y peluda.
—¡Bela! —exclamó Siuan.
—¿Os parece apropiada? —preguntó Gawyn, algo jadeante—. Bela fue la montura de Egwene hace tiempo, creo recordar, y el jefe de cuadras dijo que era la más tranquila que tenía.
—Servirá a la perfección —contestó Siuan, que después se volvió hacia Bryne—. Dijisteis que había dos condiciones.
—Os diré la segunda más adelante. —Bryne aún parecía estar algo falto de aliento.
—Una respuesta muy ambigua. —Siuan se cruzó de brazos—. No me gusta prometer algo sin saber qué es.
—Bueno, pues, tendréis que hacerlo de todos modos —respondió Bryne, que le sostuvo la mirada.
—De acuerdo, pero más vale que no sea nada indecente, Gareth Bryne.
El hombre frunció el entrecejo.
—¿Qué? —inquirió Siuan.
—Es extraño —dijo él con una sonrisa—. Noto vuestras emociones ahora. Por ejemplo, diría que… —Se interrumpió y ella percibió que empezaba a sentirse un tanto azorado.
«¡Ha notado que casi quería que me exigiera algo indecente! —intuyó Siuan, consternada—. ¡Maldición!» Notó que se ruborizaba. Aquello iba a ser muy incómodo.
—¡Oh, por la Luz bendita! Acepto vuestros términos, grandísimo patán. ¡Moveos! Tenemos que marcharnos.
Él asintió con la cabeza.
—Dejad que aperciba a mis capitanes para que se encarguen de todo, en caso de que la lucha se extienda fuera de la ciudad. Llevaremos una guardia con los mejores cien hombres. Es un grupo lo bastante pequeño para entrar, dando por sentado que esa puerta sea realmente accesible.
—Lo será —afirmó ella—. ¡Id!
De hecho la saludó, el gesto impasible, pero Siuan percibía que por dentro se reía… y que probablemente él sabía que lo había notado. ¡Qué hombre tan insufrible! Se volvió hacia Gawyn que, sentado en su caballo, parecía desconcertado.
—¿Qué pasa aquí? —preguntó el joven.
—Que al final no iremos solos. —Siuan respiró hondo y después se armó de valor para subir a la silla de Bela. Los caballos no eran de fiar, ni siquiera esa yegua, aunque fuese mejor que la mayoría—. Lo cual significa que las oportunidades de sobrevivir el tiempo suficiente para rescatar a Egwene acaban de mejorar. Lo que es una suerte, ya que si llevamos a cabo lo que estamos a punto de acometer, seguro que después Egwene exigirá tener el privilegio de matarnos personalmente.
Adelorna Bastine corría por los pasillos de la Torre Blanca. Por una vez, lamentó el acrecentamiento de los sentidos que proporcionaba tener abrazado el Poder. Los olores le parecían más penetrantes, pero lo único que olía era madera quemada y carne consumiéndose. Los colores eran más intensos y lo único que veía eran cicatrices cenicientas en la piedra resquebrajada, allí donde las explosiones de las bolas de fuego habían impactado. Los sonidos eran más claros, pero sólo oía gritos, maldiciones y las llamadas roncas de esas bestias horrendas en el aire.
Avanzó a trompicones por un pasillo oscuro, respirando con jadeos, hasta que llegó a una intersección. Se detuvo y se llevó la mano al pecho. Tenía que encontrar grupos de oposición; Luz, no podían haber caído todas, ¿verdad? Un puñado de Verdes había estado luchando con ella. Había visto morir a Josaine con un tejido de Tierra que destruyó la pared que estaba al lado y había visto que capturaban a Marthera con alguna clase de correa metálica que le ciñeron al cuello. Adelorna no sabía dónde estaban sus Guardianes. A uno lo habían herido. Otro vivía. El último… No quería pensar en eso. Quisiera la Luz que al menos pudiera llegar enseguida al herido Talric.
Se enderezó y se limpió la sangre que le goteaba de la frente, donde una lasca de piedra la había alcanzado. Había tantos invasores, con esos extraños yelmos y esas mujeres utilizadas como armas. ¡Y qué diestras eran con aquellos tejidos mortíferos! Adelorna se sentía avergonzada. ¡Y se llamaban a sí mismas el Ajah de Batalla! Las Verdes que habían combatido a su lado sólo había aguantado unos minutos antes de caer derrotadas.
Respirando con agitación, siguió pasillo abajo. Se mantuvo apartada de la pared exterior de la Torre, donde era más probable que se topara con los invasores. ¿Habría despistado a los que la perseguían? ¿Dónde se encontraba? ¿En el nivel veintidós? Había perdido la cuenta de los huecos de escalera por los que había huido.
De pronto se quedó paralizada; percibía encauzadoras acercándose por la derecha. Podrían ser invasoras o podían ser hermanas. Vaciló, pero apretó los dientes. ¡Era la Capitán General del Ajah Verde! No podía huir y esconderse.
Del pasillo en cuestión irradió la luz de una antorcha que proyectaba las sombras ominosas de soldados con extrañas armaduras. Un pelotón de invasores apareció doblando la esquina del pasillo; llevaban un par de mujeres con ellas, de las que estaban conectadas por una correa. Adelorna soltó un corto grito a su pesar y salió disparada tan deprisa como los pies podían llevarla. Sintió el empuje de un escudo, pero asía el saidar con demasiada firmeza y dobló la siguiente esquina antes de que se encajara a su alrededor y la aislara de la Fuente. Siguió huyendo, aturdida, jadeante.
Dobló en otra esquina y casi se precipitó por un agujero abierto en la pared exterior de la Torre. Se tambaleó al borde del vacío al contemplar el cielo repleto de monstruos terribles y haces de fuego. Reculó a trompicones, con un grito, y dio la espalda al agujero. A su derecha había escombros y trepó por encima de las piedras. ¡Allí seguía el pasillo! Tenía que…