—Yo… —Meidani alzó la vista—. He oído a las hermanas expresar preocupación por los seanchan.
Elaida agitó la mano con indiferencia y sorbió un poco de sopa.
—Bah, están demasiado lejos para ser peligrosos para nosotras. Me pregunto si no estarán trabajando para el Dragón Renacido en secreto. Sea como sea, sospecho que los rumores sobre ellos son muy exagerados. —Elaida miró de soslayo a Egwene—. No deja de ser motivo de diversión para mí el hecho de que algunas crean todo lo que oyen.
Egwene no podía hablar; ni siquiera habría podido farfullar. ¿Qué pensaría Elaida de esos rumores «exagerados» si los seanchan le ciñeran un frío a’dam alrededor del cuello? Necia. A veces Egwene aún sentía esa banda metálica en la piel, irritante, imposible de quitar. A veces todavía le revolvía el estómago moverse con libertad, como si tuviera la impresión de que debería estar encerrada, encadenada al pilar de la pared por un sencillo aro de metal.
Sabía lo que había soñado, y sabía que ese Sueño era profético. Los seanchan atacarían la Torre Blanca. Elaida, evidentemente, descartaba sus advertencias.
—No, esos seanchan no representan un problema —aseguró Elaida, que hizo un gesto a Egwene para que le sirviera otro cucharón de sopa—. El verdadero peligro es la absoluta falta de obediencia demostrada por las Aes Sedai. ¿Qué tendré que hacer para poner fin a esas absurdas conversaciones en los puentes? ¿A cuántas hermanas tendré que imponer castigos antes de que reconozcan mi autoridad? —Se puso a dar golpecitos con la cuchara en el cuenco de sopa. Egwene, en la mesa de servir, cogió la sopera y retiró el cucharón del soporte de plata.
»Sí —continuó Elaida—, si las hermanas hubiesen sido obedientes, la Torre no estaría dividida. Esas rebeldes tendrían que haber obedecido en lugar de huir como una estúpida bandada de pájaros asustados. Si las hermanas fueran obedientes, tendríamos al Dragón Renacido en nuestras manos y nos habríamos ocupado hace mucho de esos hombres horribles que se entrenan en su «Torre Negra». ¿A ti qué te parece, Meidani?
—Yo… Desde luego la obediencia es importante, Elaida.
Elaida sacudió la cabeza mientras Egwene le servía la sopa en el cuenco.
—Cualquiera admitiría eso, Meidani. Te pregunté qué crees que debería hacerse. Por suerte, yo ya tengo una idea. ¿No te llama la atención que los Tres Juramentos no hagan mención a deber obediencia a la Torre Blanca? Las hermanas no pueden mentir, no pueden fabricar armas para que los hombres maten a otros hombres, y no pueden utilizar el Poder como arma contra otros, excepto en defensa propia. Esos juramentos siempre me han parecido demasiado permisivos. ¿Por qué no hay un juramento de obediencia a la Amyrlin? Si esa simple promesa formara parte de todas nosotras, ¿cuánto dolor y cuántas dificultades no se habrían evitado? Tal vez se impone llevar a cabo una revisión.
Egwene se quedó inmóvil. Hubo un tiempo en que ella no comprendía la importancia de los juramentos; sospechaba que muchas novicias y Aceptadas se habían cuestionado su utilidad. Pero había aprendido, como debía hacerlo toda Aes Sedai, cuál era su importancia. Los Tres Juramentos eran lo que hacía de una Aes Sedai lo que era, lo que aseguraba que las Aes Sedai hicieran lo mejor para el mundo. Pero, más que nada, eran el refugio donde cobijarse de las acusaciones.
Si se cambiaban… En fin, sería un desastre sin precedentes, y Elaida debería saberlo. La falsa Amyrlin siguió con la sopa, sonriendo para sí, sin duda considerando un cuarto juramento para exigir obediencia. ¿No se daba cuenta de que así socavaría la propia Torre? ¡Transformaría a la Amyrlin de líder en déspota!
La ira bullía dentro de Egwene, ardiente como la sopa que sostenía en las manos. Esa mujer, esa… ¡criatura! Ella era la causa de los problemas de la Torre Blanca, ella era la que había ocasionado la división entre rebeldes y lealistas. Ella había capturado a Rand y lo había maltratado. ¡Ella era el desastre!
Notó que temblaba. En cualquier otro momento habría estallado y le habría dicho a Elaida unas cuantas verdades. Unas verdades que bregaban por salirle de la boca y que Egwene contenía a duras penas.
«¡No, no! Si hago eso, la batalla habrá acabado para mí. Perderé la guerra», pensó la joven.
Así pues, hizo lo único que se le ocurrió para no hablar: dejó caer la sopera al suelo.
El líquido marrón roció la delicada alfombra roja con pájaros amarillos y verdes en pleno vuelo. Elaida maldijo y se levantó de un salto al tiempo que reculaba para apartarse del estropicio. Ni una gota de caldo le había manchado el vestido, lo que no dejaba de ser una lástima. Egwene tomó con tranquilidad un paño de la mesa de servir y se puso a limpiar lo que había tirado.
—¡Estúpida, torpe! —barbotó Elaida.
—Lo siento, ojalá no hubiese ocurrido —dijo Egwene.
Y era cierto. Ojalá que no hubiera ocurrido nada de aquella velada. Ojalá que Elaida no tuviera el control. Ojalá que la Torre nunca se hubiese dividido. Ojalá que no se hubiera visto obligada a derramar la sopa en el suelo. Pero lo había hecho, así que tenía que arreglarlo, de rodillas y restregando.
—¡Esa alfombra vale más que todo tu pueblo, espontánea! ¡Meidani, ayúdala! —farfulló Elaida.
La Gris no puso la menor objeción, sino que se movió con rapidez, agarró el cubo de agua helada en que se había tenido enfriando el vino, y se apresuró a ayudar a Egwene. Elaida se dirigió a la puerta, al otro extremo de la estancia, para llamar a los sirvientes.
—Mándame llamar —susurró Egwene cuando Meidani se arrodilló para cooperar en la limpieza.
—¿Qué?
—Que me mandes llamar para darme una clase —dijo en voz queda la joven al tiempo que miraba de reojo a Elaida, que estaba de espaldas—. Tenemos que hablar.
La primera intención de Egwene había sido evitar a las espías de Salidar y dejar que Beonin actuara como su mensajera, pero eran demasiadas preguntas las que tenía pendientes. ¿Por qué Meidani no había huido de la Torre? ¿Qué planeaban las espías? ¿Había adoptado medidas Elaida contra algunas de las otras y las tenía tan desmoralizadas como a Meidani?
La Gris lanzó una ojeada de soslayo a Elaida y luego volvió la vista hacia Egwene.
—Puede que a veces no lo parezca, pero sigo siendo una Aes Sedai, pequeña. No puedes ordenarme nada.
—Soy tu Amyrlin, Meidani —respondió la joven con calma al tiempo que retorcía en un bocal el paño empapado de sopa—. Y harás bien en recordarlo a menos que quieras que los Tres Juramentos se reemplacen por otros de servidumbre a Elaida para toda la eternidad.
Meidani la miró y después se encogió con los gritos de Elaida llamando a la servidumbre. Era evidente que la pobre mujer lo había pasado muy mal últimamente. Egwene le puso una mano en el hombro.
—Elaida puede ser depuesta, Meidani. La Torre volverá a estar unida. Me ocuparé de que sea así, pero hemos de mantener el coraje. Mándame llamar.
La Gris alzó la vista y estudió a Egwene.
—¿Cómo… cómo lo haces? Dicen que recibes castigos tres o cuatro veces al día, que hay que hacerte la Curación entre tanda y tanda para que puedan pegarte más. ¿Cómo lo aguantas?
—Lo aguanto porque he de hacerlo —respondió la joven, que apartó la mano del hombro de la Gris—. Igual que todas hacemos lo que debemos. Tu misión aquí vigilando a Elaida es difícil, salta a la vista, pero ten presente que tu labor no pasa inadvertida y se aprecia en lo que vale.
Egwene no sabía si a Meidani la habían enviado realmente a espiar a Elaida, pero siempre era mejor para una mujer pensar que su sufrimiento servía para un buen propósito. Al parecer era lo mejor que podía haber dicho, porque Meidani cobró ánimo y se puso erguida.
—Gracias —dijo al tiempo que asentía con la cabeza.
Elaida volvía ya, detrás de tres criadas.
—Mándame llamar —le ordenó de nuevo Egwene a Meidani en un susurro—. Soy una de las pocas en esta Torre que tienen una buena excusa para moverse entre los sectores de varios Ajahs. Puedo contribuir a restaurar lo que se ha roto, pero necesitaré tu ayuda.