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Rand se mordió la lengua. Discutir con ese demente no tenía sentido. Lews Therin tomaba decisiones sin una razón aparente. Al menos no había vuelto a canturrear cuando veía una mujer bonita. Eso sí que resultaba molesto.

Darlin y Dobraine hicieron otra reverencia a Rand y Weiramon los imitó. Detrás del rey había otras personas, por supuesto. Lady Caraline no podía faltar. La esbelta cairhienina seguía tan bonita como Rand la recordaba. Un ópalo blanco le colgaba en la frente, con la dorada cadena entrelazada en el pelo oscuro. Rand tuvo que hacer un esfuerzo para apartar la vista de ella. Se parecía mucho a su prima, Moraine. Lews Therin se puso a recitar los nombres de la lista de mujeres muertas empezando por Moraine, claro está.

Rand se preparó para continuar la inspección del resto del grupo mientras el hombre muerto proseguía con la letanía en un rincón de su mente. Los demás Grandes Señores y Señoras de Tear se encontraban presentes en sus monturas. Anaiyella, con su sonrisa bobalicona, estaba montada en su zaino, junto a Weiramon y… ¿El pañuelo que llevaba lucía los colores del hombre? Rand siempre la había tenido por una mujer más exigente. En el rostro lleno de bultos de Torean había una sonrisa. Lástima que siguiera con vida cuando hombres mucho mejores entre los Grandes Señores habían muerto. Asimismo estaban Simaan, Estanda, Tedosian, Hearne… Los cuatro se habían opuesto a Rand y habían encabezado el sitio a Tear. Ahora, todos ellos le hicieron una reverencia.

Alanna también se encontraba presente. Rand no la miró, pero a través del vínculo percibió que la embargaba la tristeza. Le estaba bien empleado.

—Milord Dragón —dijo el rey, poniéndose firme en la silla—, gracias por enviar a Dobraine para transmitirme vuestros deseos. —La voz de Darlin denotaba malestar. Se había apresurado a reunir el ejército que le había pedido Rand, para después tenerlo sin hacer nada durante semanas. En fin, dentro de poco los hombres agradecerían esas semanas extras de entrenamiento—. El ejército está preparado —continuó Darlin, indeciso—. Estamos listos para partir hacia Arad Doman.

Rand asintió. Al principio tenía la intención de enviar a Darlin a Arad Doman para así disponer de los Aiel y los Asha’man y situarlos en otra parte. Rand se volvió hacia la muchedumbre y se dio cuenta de por qué había tantos forasteros entre ellos. Se había reclutado a la mayoría de los ciudadanos, que ahora permanecían en hileras en el interior de la Ciudadela.

Quizá la gente que se había arremolinado en la plaza y las calles no estaba ahí para vitorear a Rand. Tal vez esas personas creían que aclamaban la marcha de sus ejércitos hacia la victoria.

—Bien hecho, rey Darlin —dijo Rand—. Ya era hora de que alguien en Tear aprendiera a acatar órdenes. Sé que vuestros hombres están impacientes, pero tendrán que esperar un poco más. Preparad habitaciones para mí en la Ciudadela y haced arreglos para albergar al ejército de Bashere y a los Aiel.

—De acuerdo. —La confusión de Darlin se hizo más patente—. ¿No se nos necesita en Arad Doman, pues?

—Lo que Arad Doman necesita no está al alcance de nadie —respondió Rand—. Tus ejércitos vendrán conmigo.

—Por supuesto, mi señor. Y… ¿Hacia dónde marcharemos?

—A Shayol Ghul.

43

Sellado para la llama

Egwene se encontraba sentada en su tienda, callada y con las manos en el regazo. Controlaba la conmoción, la ardiente cólera y la incredulidad.

La regordeta y bonita Chesa también estaba sentada en un cojín que había en un rincón, en silencio, y bordaba el repulgo de uno de los vestidos de Egwene. La tienda se hallaba aislada, instalada entre un grupo de árboles situado dentro del campamento de las Aes Sedai. Esa mañana no había permitido que entrara ninguna ayudante aparte de Chesa. Incluso había rehusado ver a Siuan, que sin duda había acudido para darle algún tipo de disculpa. Egwene necesitaba tiempo para pensar, para prepararse, para afrontar su fracaso.

Porque era un fracaso. Sí, lo habían forzado otros, pero esos otros eran sus seguidores y sus amigos. Sabrían de su cólera por su parte en el fiasco, pero antes tenía que reflexionar, juzgar qué tendría que haber hecho mejor.

Ocupaba el sillón de madera de respaldo alto y ornamentado con dibujos de volutas en los reposabrazos. La tienda seguía tal como estaba a su partida: el escritorio bien ordenado, las mantas dobladas, los cojines y almohadas apilados en un rincón. Y todo limpio, sin duda gracias a Chesa. Igual que un museo que se utilizaba para instruir a niños de antaño.

Egwene se había mostrado todo lo categórica que pudo con Siuan durante sus encuentros en el Tel’aran’rhiod y, sin embargo, aun así, habían ido a buscarla en contra de sus deseos. Quizás ella había sido muy reservada. El secretismo era peligroso; de hecho, era lo que había derrocado a Siuan. El tiempo que esa mujer había estado como cabeza de los informadores del Ajah Azul le había enseñado a ser mezquina con la información, que repartía poquito a poco, como un patrón cicatero el día de pago. Y así, de haber sabido las otras la importancia del trabajo de Siuan, tal vez no habrían decidido ponerse en su contra.

Egwene pasó los dedos por la bolsita suave, de un tejido muy tupido, que ahora llevaba atada al cinturón. Dentro guardaba un objeto fino y alargado, retirado en secreto de la Torre Blanca esa mañana temprano.

¿Había caído en la misma trampa que Siuan? El peligro existía. Al fin y a la postre, era Siuan quien la había instruido. Si ella hubiese explicado con más detalle lo bien que iba su trabajo en la Torre Blanca, ¿se habrían quedado al margen los otros?

Era como andar por la cuerda floja. Había muchos secretos que una Amyrlin debía guardar, porque actuar con transparencia debilitaría su autoridad. Sin embargo, con Siuan tendría que haber sido más abierta, ya que esa mujer estaba demasiado acostumbrada a actuar por su cuenta. El hecho de que se hubiera guardado el ter’angreal del sueño sin conocimiento ni permiso de la Antecámara era una muestra de ello. No obstante, ella había aprobado que lo hiciera y, de forma inconsciente, había animado a Siuan a desafiar la autoridad de las Asentadas.

Sí, ella también había cometido errores; no podía echarles toda la culpa a Siuan, Bryne y Gawyn. Era my probable que también hubiera cometido otros fallos, de modo que más adelante tendría que examinar sus propios actos con más detenimiento.

De momento, se centró en el problema más grave: había ocurrido un desastre. La habían sacado de la Torre Blanca cuando se disponía a alcanzar el éxito. ¿Qué se podía hacer al respecto? No se levantó de la silla para pasear por la tienda mientras pensaba. Pasear era indicio de nerviosismo o frustración y tenía que aprender a ser circunspecta en todo momento, no fuera a adquirir malas costumbres sin darse cuenta. Así pues, siguió sentada, apoyadas las manos en los reposabrazos.

Ese día llevaba un vestido de seda en color verde, con dibujos amarillos en el corpiño. Qué rara se sentía con esa falda. Qué… fuera de lugar. Los vestidos blancos se habían convertido en un símbolo de desafío, aunque la obligaran a ponérselos. Cambiar ahora significaba poner fin a su oposición. Estaba cansada —tanto física como emocionalmente— tras la batalla de la noche anterior, pero no debía dejarse vencer por la fatiga. Esa no sería la primera noche que pasaba casi en vela, previa a un día muy importante en cuanto a decisiones y problemas.

Se sorprendió tamborileando con los dedos en los reposabrazos e hizo un esfuerzo para relajar las manos.

Ahora era imposible regresar a la Torre Blanca como novicia. Su desafío sólo había funcionado porque era una Amyrlin cautiva. Si regresaba de forma voluntaria su actitud se entendería servil o arrogante. Además, esta vez Elaida no dudaría en ejecutarla.

Así que se encontraba metida en un atolladero, tan atrapada en la situación actual como cuando la habían prendido las vigilantes de la Torre Blanca. Apretó los dientes. Hubo un tiempo en que creía —erróneamente— que los giros imprevistos del Entramado no podían zarandear así como así a una Amyrlin, porque se suponía que ella controlaba las cosas. Todos los demás tardaban días en reaccionar, pero la Amyrlin era una mujer de acción.