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—Creo que es hora de admitir que no hay esperanza de sacar adelante nuestros planes —dijo Suana—. ¿Estamos de acuerdo?

—Sí —contestó Adelorna.

Una tras otra, las hermanas asintieron con la cabeza, al igual que hizo la propia Jesse. Hasta en aquel cuarto resultaba difícil aceptar los errores, pero era hora de poner fin a los desatinos y empezar la reconstrucción.

—Esto tiene sus propios problemas en particular —dijo Serancha, ahora más sosegada la voz.

También las otras mujeres parecían más seguras de sí mismas. No es que esas cinco se fiaran entre ellas, pero estaban mucho más cerca de conseguirlo que cualquier otro grupo con autoridad en la Antecámara.

—Hay que ocuparse del asunto —añadió Ferane—. La división ha de subsanarse.

—La rebelión era contra Elaida —dijo Adelorna—. Si ya no es Amyrlin, entonces ¿qué razón hay para rebelarse y contra qué?

—Es decir, ¿que la abandonamos? —preguntó Jesse.

—Se lo merece —sentenció Adelorna—. Repitió una y otra vez que los seanchan no representaban una amenaza. Bien, pues, ahora paga por su irreflexión en sus propias carnes.

—El rescate de Elaida está fuera de nuestro alcance —añadió Ferane—. La Antecámara ya ha discutido este punto. La Amyrlin está perdida en alguna parte entre una masa de cautivas de los seanchan, y no tenemos ni los medios ni la información necesarios para intentar ese rescate.

«Y no digamos ya las pocas ganas de hacerlo», añadió para sus adentros Jesse. Muchas de las Asentadas que habían presentado esos temas a la Antecámara eran las que habían recibido castigos por orden de Elaida. Jesse no se contaba entre ellas, pero sí estaba de acuerdo en que Elaida se lo había buscado, aunque sólo fuera por haber empujado a los Ajahs a enzarzarse unos contra otros.

—En tal caso, hay que buscar alguien que la reemplace, pero ¿quién? —comentó Serancha.

—Ha de ser alguien fuerte —apuntó Suana—. Pero también cauta, a diferencia de Elaida. Una mujer en torno a la cual las hermanas formen una piña.

—¿Qué os parece Saerin Asnobar? —sugirió Jesse—. Últimamente ha demostrado una gran sabiduría y es una persona que cae bien a todas.

—Tenías que elegir a una Marrón, claro —dijo Adelorna.

—¿Y por qué no? —preguntó desconcertada Jesse—. Imagino que todas sabréis lo bien que actuó al asumir el mando durante el ataque de anoche.

—Seaine Herimon encabezó su propia resistencia —intervino Ferane—. Diría que el momento actual pide una mujer que tenga un temperamento desapasionado para dirigirnos. Alguien que nos ofrezca una guía racional.

—Tonterías —argumentó Suana—. Las Blancas son demasiado impasibles, no queremos distanciadas a las hermanas, sino que queremos reunirlas. ¡Sanarlas! Vaya, una Amarilla…

—Estáis olvidando algo —intervino Serancha—. ¿Qué hace falta ahora? Una reconciliación. El Ajah Gris es el que se ha dedicado durante siglos a practicar el arte de la negociación. ¿Quién mejor que una Gris para encargarse de una Torre dividida y del propio Dragón Renacido?

Adelorna apretó con fuerza los antebrazos de la silla e irguió la espalda. Las otras empezaban también a ponerse en tensión y, cuando Adelorna abrió la boca para hablar, Jesse se le adelantó.

—¡Basta! —espetó—. ¿Es que vamos a pelearnos como ha estado haciendo la Antecámara toda la mañana? ¿Empecinarnos en que cada Ajah proponga a sus propios miembros y que los demás los rechacen, sin más?

El cuarto volvió a sumirse en el silencio. Era verdad; la Antecámara había estado en sesión durante horas y acababa de hacer un corto receso. Ningún Ajah se acercaba ni de lejos a obtener el respaldo necesario para una de sus candidatas. Las Asentadas no admitirían a ninguna que perteneciera a otro Ajah; había mucha animosidad entre ellas. ¡Luz, que desastre!

—Lo ideal sería una de nosotros cinco —sugirió Ferane—. Tendría sentido.

Las cinco se miraron y Jesse vio la respuesta a esa propuesta en los ojos de las demás. Eran las cabezas de los Ajahs, las mujeres más poderosas del mundo. En aquel momento estaban equilibradas en poder y, aunque se fiaran entre sí más que la mayoría, no habría forma de que ninguna permitiera el ascenso a la Sede Amyrlin de la cabeza de otro Ajah. Sería otorgarle a esa mujer demasiado poder. Tras el fracaso de su plan, la confianza había menguado más si cabía.

—Si no tomamos pronto una decisión, la Antecámara podría hacerlo por nosotras —apuntó Suana.

—Bah. —Adelorna agitó una mano en un gesto de desdén—. Están tan divididas que ni siquiera son capaces de ponerse de acuerdo en el color que tiene el cielo. Las Asentadas no tienen ni idea de lo que hacen.

—Al menos algunas de nosotras no elegimos Asentadas que eran demasiado jóvenes por muchos años de diferencia para ocupar un puesto en la Antecámara —arguyó Ferane.

—¿De veras? —dijo Adelorna—. ¿Y cómo solventaste tú eso, Ferane? ¿Eligiéndote a ti misma como Asentada?

Los ojos de Ferane se desorbitaron por la ira. No era una buena idea buscarle las vueltas a esa mujer.

—Todas cometimos errores —se apresuró a intervenir Jesse—. Muchas hermanas que elegimos eran peculiares. Queríamos mujeres que hicieran exactamente lo que deseábamos, pero en cambio nos encontramos con un grupo de mocosas pendencieras con una exagerada opinión de sí mismas y demasiado inmaduras para influir en mentes más moderadas.

Adelorna y Ferane pusieron todo su empeño en no mirarse la una a la otra.

—Esto nos sigue dejando con un problema sin resolver —intervino Suana—. Necesitamos una Amyrlin. La labor de sanar las heridas abiertas ha de empezar enseguida, cueste lo que cueste.

—Para ser sincera, no se me ocurre ninguna mujer a la que apoyaría un número suficiente de Asentadas —apuntó Serancha al tiempo que movía la cabeza en un gesto de negación.

—A mí sí —manifestó Adelorna casi en un susurro—. Hoy se la mencionó en la Antecámara varias veces. Sabéis a quién me refiero. Es joven y sus circunstancias son insólitas, pero en el momento actual todo es anómalo.

—No sé —dijo Suana, con el entrecejo fruncido—. Se la mencionó, sí, pero por aquellas que tienen motivos que no son de fiar.

—Saerin parece estar muy impresionada con ella —admitió Jesse.

—Es demasiado joven —argumentó Serancha—. ¿No acabamos de recriminarnos el haber elegido Asentadas sin suficiente experiencia para ese puesto?

—Es joven, sí —convino Ferane—, pero tendrás que admitir que tiene cierto… talento natural. No se me ocurre de nadie en la Torre que le plantara cara a Elaida con tanta energía como ella. ¡Y nada menos que encontrándose en su situación!

—Habéis oído los informes de lo que hizo durante el ataque —agregó Adelorna—. Puedo confirmar que son ciertos. Yo estuve con ella casi todo el tiempo.

Jesse se sorprendió al oír las palabras de la Verde. No había caído en la cuenta de que Adelorna se hallaba en el nivel veintidós durante la batalla.

—Seguro que es una exageración todo lo que se ha contado —dijo la Marrón.

—No, no lo es —Adelorna reforzó la negación con la cabeza—. Parece increíble, pero… En fin, ocurrió. Todo, de principio a fin.

—Las novicias casi la adoran —informó Ferane—. Si las Asentadas no aceptarían a una hermana de otro Ajah, ¿qué me decís de una mujer que nunca ha elegido uno, una mujer que tiene cierta experiencia (por injustificada que sea) en asumir esa posición de la que hablamos?

Jesse se sorprendió a sí misma haciendo un gesto de asentimiento. Mas ¿cómo se había ganado la joven rebelde tanto respeto de Ferane y Adelorna?

—Tengo mis dudas —dijo Suana—. Me parece otra decisión precipitada.

—¿No eras tú la que decía hace un momento que hemos de sanar las heridas de la Torre al precio que sea? —inquirió Adelorna—. ¿De verdad se te ocurre un modo mejor de conseguir que las rebeldes vuelvan con nosotras? —Se volvió hacia Serancha—. ¿Cuál es el mejor método de aplacar a un grupo desairado? ¿No sería contemporizar, ceder un poco ante ellas reconociendo lo que han hecho bien?