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—Tiene razón —admitió Suana. Torció el gesto y apuró de un trago lo que quedaba en la taza—. Luz, sí que tiene razón, Serancha. Debemos hacerlo.

La Gris las fue mirando de una en una.

—Imagino que no seréis tan necias para creer que a esa mujer la podréis llevar por donde queráis, ¿verdad? No pienso acceder a esto si nos estamos limitando a crear otra marioneta. Ese plan fracasó. Fracasó estrepitosamente.

—Dudo que volvamos a encontrarnos en tal situación —adujo Ferane con un atisbo de sonrisa—. Ésta no es de las que se dejan intimidar. No tenéis más que ver cómo afrontó las medidas coercitivas de Elaida.

—Sí —asintió Jesse, que de nuevo se sorprendió a sí misma—. Hermanas, si aceptamos esta propuesta, habremos puesto fin a nuestro sueño de gobernar en la sombra. Para bien o para mal, estaremos eligiendo una Amyrlin de carácter firme.

—Yo, por mi parte, creo que es una idea espléndida —manifestó Adelorna—. Esto ya ha durado más de la cuenta.

Una a una, las demás dieron su consentimiento.

Siuan se encontraba de pie, inmóvil, bajo las ramas de un pequeño roble. El árbol estaba rodeado por el campamento y su sombra se había convertido en un espacio frecuentado por Aceptadas y novicias para tomar la comida. En aquel momento no había ninguna dedicada a esa actividad; las hermanas, demostrando un buen juicio extraordinario en esta ocasión, les habían encargado tareas para tenerlas ocupadas y que no se congregaran alrededor de la tienda donde se reunía la Antecámara.

Por ende, Siuan se encontraba sola y vio a Sheriam cerrar las lonas de la entrada al gran pabellón; ahora que Egwene había vuelto, la Guardiana tenía de nuevo autorización para asistir a las asambleas. Fue fácil percibir el tejido de una salvaguardia para evitar que alguien escuchara a escondidas, de forma que la reunión quedaba sellada para la Llama y excluía a gente curiosa con ganas de fisgar.

Una mano se posó en el hombro de Siuan, pero ella no se sobresaltó; el vínculo la había apercibido de la cercana presencia de Bryne. El general caminaba con sigilo, aunque no fuera necesario; iba a ser un excelente Guardián.

El hombre se situó a su lado, sin quitarle la mano del hombro, y ella se permitió el lujo de dar un paso que la acercó un poco más a él. La estatura y la fuerza de Bryne hacían que se sintiera cómoda. Era como saber que, aunque en el cielo atronara la tormenta o el mar se embraveciera, el casco de tu barco estaba calafateado y las velas fabricadas con la tela más fuerte.

—¿Qué creéis que les dirá? —preguntó Bryne con voz contenida.

—Para ser sincera, no tengo ni idea. Podría exigir mi neutralización, supongo.

—Dudo que lo haga. No es una persona vengativa. Además, sabe que actuasteis convencida de que hacíais lo que debíais hacer. Por su propio bien.

—A nadie le gusta que se desobedezcan sus órdenes —argumentó Siuan con una mueca—. Y a la Amyrlin menos que a nadie. Pagaré un precio por lo de anoche, Bryne. Tienes razón en que probablemente no sea de forma pública, pero me preocupa haber perdido la confianza de la chica.

—¿Y mereció la pena ese precio?

—Sí. No se daba cuenta de lo poco que faltaba para que esta pandilla se le escabullera de las manos. Tampoco sabíamos con seguridad que estuviera a salvo en la Torre durante el ataque. Si hay algo que mi pertenencia a la Torre Blanca me ha enseñado, es que hay que hacer cada cosa a su tiempo: hay momentos para reunirse y hacer planes, pero también los hay para actuar. Y no se puede esperar siempre a tener la certeza de saber cuál de ellos es.

A través del vínculo percibió que Bryne sonreía. Luz, qué bueno era tener de nuevo un Guardián. No se había dado cuenta de lo mucho que había echado de menos ese reconfortante núcleo de emociones en el fondo de la mente. Esa estabilidad. Los varones no pensaban igual que las mujeres, y las cosas que a ella le parecían complicadas y confusas, para Bryne eran sencillas y evidentes. Tomar una decisión y adelante. Había una claridad útil en la forma de razonar del hombre. Lo cual no significaba que no fuera complicado, sino menos inclinado a lamentar las decisiones que ya había tomado.

—¿Y qué hay de lo demás por lo que habéis pagado? —preguntó Bryne.

Siuan notó la incertidumbre, la preocupación del hombre. Se volvió hacia él, divertida.

—Qué tonto eres, Gareth Bryne.

El general frunció el entrecejo.

—Vincularte nunca fue un precio que tuviera que pagar. Pase lo que pase por este fiasco, ese aspecto de los acontecimientos de anoche fue en mi provecho, pura y simplemente.

Él soltó una risita.

—Bueno, en tal caso habré de asegurarme muy bien de que mi segunda condición sea un desatino mayor.

«Tripas de pescado», pensó Siuan. Casi se le había olvidado esa otra parte. Aunque no era probable que Bryne se lo planteara, sin embargo.

—¿Y cuándo piensas pedirme esa otra condición?

Él no contestó de inmediato, sino que se quedó mirándola mientras se frotaba el mentón.

—¿Sabéis? Creo que, de hecho, ahora os entiendo, Siuan Sanche —dijo después—. Sois una mujer de honor. Lo que pasa es que las exigencias que os hagan otros nunca serán más duras o más rigurosas que las que vos misma os hacéis. Con vuestro sentido del deber, tenéis con vos misma una deuda autoimpuesta de tal magnitud que dudo que haya ser humano capaz de saldarla.

—Cualquiera que oyera eso pensaría que estoy centrada en mí misma.

—Por lo menos no os he comparado otra vez con un jabalí.

—¡De modo que crees que soy egocéntrica! —exclamó.

Maldito hombre. Seguro que estaba notando que su comentario le había molestado y que no discutía porque sí. ¡Maldito otra vez!

—Sois una mujer obstinada, Siuan Sanche, empeñada en salvar al mundo de sí mismo. Y por ello os resulta tan sencillo restar importancia a este o aquel juramento.

Siuan hizo una profunda inhalación.

—Esta conversación se vuelve tediosa a marchas forzadas, Gareth Bryne —manifestó ella—. ¿Vas a decirme cuál es tu otra petición o me harás esperar más?

El hombre la miró a la cara durante unos segundos, pensativo, y entonces soltó:

—Bueno, francamente, estoy pensando pediros que os caséis conmigo.

Siuan parpadeó, estupefacta. ¡Luz! El vínculo revelaba que era sincero.

—Pero sólo después de que os hayáis convencido de que el mundo puede cuidar de sí mismo. No estaré dispuesto hasta entonces, Siuan. Habéis dedicado la vida a un propósito. Me ocuparé de que sobreviváis a esa empresa y espero que, cuando haya acabado, estéis dispuesta a dedicar la vida a otra cosa.

Siuan se sobrepuso a la estupefacción. No iba a permitir que un estúpido hombre la dejara sin habla.

—Bien —empezó merced a un esfuerzo—, después de todo veo que tienes sentido común. Veremos si accedo o no a esa «petición». Lo pensaré.

Bryne rió entre dientes mientras Siuan se volvía para mirar el pabellón y esperar que Egwene reapareciera. Ese hombre percibía la sinceridad en ella, igual que ella la sentía en él. ¡Luz! Ahora entendía la razón de que fuera tan frecuente el matrimonio entre las Verdes y sus Guardianes. Sentir el cariño del hombre por ella mientras ella sentía lo mismo por él le provocaba vértigo.

Era un pedazo de tonto. Y ella no lo era menos. Movió la cabeza con pesar, pero se dejó llevar y se echó hacia atrás para apoyarse un poco en él, y Bryne volvió a ponerle la mano en el hombro. Con suavidad, no con fuerza. Dispuesto a esperar. Él sí la entendía.

Egwene se encontraba delante de un grupo de rostros inexpresivos que disimulaban muy bien la ansiedad. Por costumbre, había ordenado a Kwamesa que tejiera una salvaguardia contra escuchas a escondidas, ya que la Gris de nariz afilada era la más joven de las Asentadas que había en la gran tienda. El pabellón casi parecía desierto al haber tan pocos sitios ocupados. Eran doce, dos de cada Ajah; tendría que haber habido tres de cada uno, pero todos los Ajahs habían mandado una Asentada en la representación diplomática a la Torre Negra. Las Grises ya habían reemplazado a Delana con Naorisa Cambral.