Выбрать главу

—Narishma, tú eres fronterizo —inició la conversación Nynaeve—. ¿Se te ocurre alguna razón para que tus coterráneos hayan abandonado sus puestos?

Narishma negó con la cabeza sin dejar de escrutar los alrededores.

—Yo era el hijo de un zapatero, Nynaeve Sedai. Nada sé sobre la nobleza. —Vaciló antes de añadir—: Además, ya no soy fronterizo.

Lo que quería dar a entender estaba claro. Protegería a Rand, sin importar lo mucho que pudieran tirar de él otras lealtades. Una manera de pensar muy propia de los Guardianes. Nynaeve asintió con la cabeza, despacio.

—¿Tienes alguna idea de con qué nos encontraremos?

—Mantendrán su palabra —respondió Narishma—. Un fronterizo moriría antes que romperla. Prometieron enviar una delegación para reunirse con el lord Dragón, y eso es lo que harán. Sin embargo, ojalá se nos hubiera permitido traer a nuestras Aes Sedai.

Los informes decían que el ejército fronterizo contaba con trece Aes Sedai. Un número peligroso. Justo el necesario para neutralizar a una mujer o amansar a un hombre. Un círculo de trece mujeres podía escudar a los encauzadores más poderosos. Rand había insistido en que no hubiera más de cuatro de las trece Aes Sedai en la delegación con la que se reuniría. A cambio, su propia comitiva no tendría más de cuatro encauzadores: dos Asha’man —Narishma y Naeff—, Nynaeve y él mismo.

Merise y las otras habían exhibido el equivalente Aes Sedai de un arrebato —lo que implicaba un buen número de gestos de descontento y de preguntas del tipo «¿Estáis seguro de querer hacer eso?»— cuando Rand les había prohibido que lo acompañaran.

—No parece que confíes en ellos —dijo Nynaeve al advertir la postura tensa del Asha’man.

—El lugar de un fronterizo se encuentra en las Tierras Fronterizas —respondió Narishma—. Yo era el hijo de un zapatero y aun así se me instruyó en el uso de la espada, la lanza, el arco, el hacha y la honda. Incluso antes de entrar a formar parte de los Asha’man, estaba capacitado para derrotar en un duelo a cuatro de cada cinco soldados sureños. Vivimos para defender, pero eso no ha sido óbice para que se marchen. Precisamente ahora, nada menos. Y con trece Aes Sedai. —Miró alrededor con esos ojos oscuros que tenía—. Quiero confiar en ellos. Los tengo por buena gente pero… La buena gente también es capaz de hacer cosas malas. Sobre todo cuando hay de por medio hombres que encauzan.

Nynaeve guardó silencio. Narishma tenía razón, aunque ¿por qué iban a querer hacer daño a Rand los fronterizos? Habían combatido las invasiones de la Llaga y los Engendros de la Sombra durante siglos y tenían la lucha contra el Oscuro grabada en el alma. No se volverían en contra del Dragón Renacido.

Había en los fronterizos un sentido especial del honor que podía llegar a ser frustrante, cierto, pero eso los hacía lo que eran. La reverencia que Lan sentía por su patria —sobre todo cuando muchos otros de sus compatriotas habían abandonado la identidad de su origen— era una de las razones por las que Nynaeve lo amaba.

«Oh, Lan. Encontraré a alguien que te ayude. No dejaré que cabalgues solo a las fauces de la Sombra».

Mientras se aproximaban a una pequeña loma verde, aparecieron varios Aiel que regresaban de explorar. Rand hizo que el grupo se detuviera y esperó que los exploradores vestidos con cadin’sor se acercaran a él. Varios de ellos llevaban ceñida a la frente la cinta roja con el antiguo símbolo de los Aes Sedai. A pesar de haber ido y vuelto corriendo al lugar de la reunión, ninguno estaba falto de aliento. Rand se inclinó sobre su montura.

—¿Han hecho lo que les dije? ¿No más de doscientos hombres y no más de cuatro Aes Sedai?

—Sí, Rand al’Thor, sí —respondió uno de los exploradores—. Se han ceñido admirablemente a tus condiciones. Tienen gran honor.

Nynaeve identificó el extraño sentido del humor Aiel en el tono de voz del explorador.

—¿Qué sucede? —preguntó Rand.

—Un hombre, Rand al’Thor —dijo el Aiel—. Su delegación se compone de un solo hombre. Un hombre bajo y escuálido, aunque da la impresión de saber bailar las lanzas. El cruce de calzadas está detrás de ese repecho.

Nynaeve miró hacia adelante. En efecto, ahora que sabía lo que buscaba, localizó otra calzada que se acercaba desde el sur; era de suponer que se juntaría con la suya al otro lado de la loma.

—¿Qué clase de trampa es ésta? —preguntó Naeff al tiempo que acercaba el caballo a Rand. Un gesto de preocupación apareció en el delgado rostro del Asha’man—. ¿Una emboscada?

Rand levantó la mano para pedir silencio. Taloneó su caballo castrado, y los exploradores fueron tras él sin protestar. Faltó poco para que Nynaeve se quedara atrás; Luz de luna era una yegua mucho más tranquila de lo que ella habría querido. Mantendría una pequeña conversación con el caballerizo mayor de Tear al regresar a la ciudad.

Rodearon el repecho y se encontraron con un cuadrado y polvoriento descampado de tierra lleno de antiguos agujeros para lumbres abiertos allí donde las caravanas se habían detenido a hacer noche. Una calzada más pequeña que la que ellos habían utilizado para llegar allí serpenteaba de norte a sur. Un solitario shienariano los esperaba en el lugar donde se cruzaban las calzadas. La melena grisácea le colgaba hasta los hombros y le enmarcaba un rostro enjuto —acorde con su complexión— surcado de huellas dejadas por el paso del tiempo. Tenía entrecerrados los ojos pequeños para escudriñar a la comitiva que se acercaba.

«¿Hurin?» se preguntó Nynaeve, sorprendida. No había visto al husmeador desde que la había acompañado de vuelta a la Torre Blanca tras los sucesos de Falme.

Rand sofrenó su caballo, con lo que Nynaeve y los Asha’man pudieron ponerse a su altura. Los Aiel se desplegaron como hojas impulsadas por una ráfaga de viento y tomaron posiciones para vigilar los alrededores de la encrucijada. Nynaeve estaba bastante segura de que los dos Asha’man habían asido la Fuente, y lo más probable es que Rand hubiera hecho otro tanto.

Hurin rebulló, nervioso. Seguía siendo tal como lo recordaba Nynaeve; tenía el pelo un poco más canoso, pero aún vestía las mismas ropas sencillas de color marrón y llevaba una espada corta y una quiebraespadas colgadas del cinto. Había atado su caballo a un tronco caído. Los Aiel miraban al animal con desconfianza, como otros mirarían una jauría de perros guardianes.

—¡Vaya, lord Rand! —llamó Hurin, nervioso—. ¡Sois vos! Bueno, con toda certeza habéis llegado alto, sí señor. Me alegro de…

Hurin se calló de golpe al sentir que algo lo levantaba en vilo. Se le escapó una exclamación de sorpresa cuando unos flujos invisibles de Aire lo pusieron cabeza abajo. Un escalofrío estremeció a Nynaeve. ¿Llegaría el día en que no la alteraría ver encauzar a hombres?

—¿Quién nos persiguió, Hurin, cuando nos quedamos atrapados en aquella lejana tierra sombría? ¿De qué nación eran los hombres a los que abatí con mi arco?

—¿Hombres? —preguntó Hurin, la voz semejante a un graznido—. ¡Lord Rand, en aquel lugar no había hombres! O al menos no vimos a ningún ser humano, si no contamos a lady Selene, claro. ¡Sólo recuerdo a aquellas bestias con apariencia de rana, las mismas que cabalgan los seanchan, por lo que cuenta la gente!

Rand hizo girar al hombre en el aire, y lo miró con ojos gélidos. Luego acercó su montura a él. Nynaeve y los Asha’man hicieron lo propio.

—¿No creéis que soy yo, lord Rand? —preguntó el husmeador, todavía colgado en el aire.

—Hoy día me cuestiono todo lo que tengo delante de los ojos —respondió Rand—. Supongo que los fronterizos te han enviado porque nos conocemos, ¿no?