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Hurin, sudando a mares, asintió. Nynaeve sintió pena por él. El hombre era un ferviente admirador de Rand. Habían pasado juntos mucho tiempo persiguiendo a Fain y el Cuerno de Valere. En el viaje de vuelta a Tar Valon, Nynaeve se había librado pocas veces de que Hurin le contara las grandes hazañas realizadas por Rand. Verse tratado de esa manera por el hombre que idolatraba debía de ser muy duro para el enjuto husmeador.

—¿Por qué has venido solo? —preguntó Rand con calma.

—Bueno —suspiró Hurin—, os dijeron que… —Hurin dejó la frase a medias, al parecer distraído por algo. Husmeó sonoramente—. ¡Vaya, qué extraño! Nunca había olido algo así.

—¿Qué? —inquirió Rand.

—No lo sé —dijo Hurin—. El aire huele como… a mucha muerte, a mucha violencia, pero no es eso. Es algo más oscuro, más terrible.

El hombre se estremeció visiblemente. La habilidad de Hurin de husmear la violencia era una de esas rarezas que escapaban a la comprensión de la Torre. No era nada relacionado con el Poder pero, sin lugar a dudas, tampoco era algo natural. A Rand no parecía importarle lo que Hurin oliese.

—Dime por qué te han enviado sólo a ti, Hurin.

—Os lo estaba explicando, lord Rand. Bien, estamos aquí para discutir las condiciones.

—Condiciones relacionadas con el regreso de vuestros ejércitos donde deben estar —dijo Rand.

—No, lord Rand —respondió Hurin, incómodo—. Condiciones para concertar un encuentro de verdad con ellos. Supongo que esa parte de su misiva era algo ambigua. Dijeron que os podíais enfadar al llegar aquí y ver que sólo estaba yo.

—Se equivocaban —respondió Rand en un tono de voz tan quedo que Nynaeve tuvo que echarse hacia adelante para oír lo que decía—. Ya no me encolerizo, Hurin. No me es útil para nada. ¿Por qué tendría que haber condiciones para una reunión? Supuse que mi oferta de venir acompañado sólo por una pequeña fuerza sería aceptable.

—Bueno, lord Rand, veréis, de verdad desean reunirse con vos. En fin, que viajamos hasta aquí, incluso marchamos durante el puñetero invierno. Mis disculpas, Aes Sedai, pero fue un invierno en verdad muy puñetero. Y muy malo, aunque tardó mucho tiempo en llegarnos. Sea como sea, vinimos por vos, lord Rand. Así que, como veis, quieren reunirse con vos. Lo desean muchísimo.

—¿Pero…?

—Pero… Bien, la última vez que estuvisteis en Far Madding hubo…

Rand levantó un dedo y Hurin se calló. Todo a su alrededor se quedó en silencio; incluso los caballos daban la impresión de aguantar la respiración.

—¿Los fronterizos se encuentran en Far Madding?

—Sí, lord Rand. Tendréis que entrar dentro del ámbito de protección del Guardián, ¿comprendéis? Y…

Rand hizo un brusco gesto con la mano para hacer callar a Hurin. Un acceso apareció al momento. No obstante, no parecía llevar a Far Madding. Estaba abierto a la calzada por la que el grupo había transitado hacía unos momentos.

Rand liberó a Hurin y con un ademán indicó a los Aiel que dejaran que el hombre montara en su caballo. Acto seguido, entró con Tai’daishar en el acceso. ¿A qué venía eso? Todo el mundo lo siguió y, una vez que hubieron pasado, Rand creó un nuevo acceso, esta vez hacia una pequeña hondonada boscosa. Nynaeve creyó reconocerla. Era el lugar donde se habían detenido después de la visita a Far Madding con Cadsuane.

«¿Por qué el primer acceso?» se preguntó Nynaeve, desconcertada. De pronto, la respuesta le vino a la mente. No se necesitaba conocer el punto de partida si se Viajaba a un lugar no muy alejado, y Viajar a un sitio hacía que se conociera ese lugar lo suficiente como para abrir otro acceso desde allí.

Así pues, al Viajar primero un poco hacia atrás, Rand había memorizado el lugar tanto como para poder abrir un acceso a dondequiera que quisiera ir sin tener que esperar el tiempo necesario para aprender el lugar. Era una maniobra muy inteligente. Nynaeve se sonrojó por no haber caído antes en usar el tejido de esa manera. ¿Desde cuándo sabía Rand ese truco? ¿Acaso se lo había recordado esa… voz en su cabeza?

Rand dirigió a Tai’daishar hacia la hondonada, y los cascos del caballo levantaron las hojas caídas mientras se abría paso entre los matorrales.

Nynaeve lo siguió, procurando que su dócil yegua no se quedara rezagada. Ese jefe de establos la iba a escuchar, de eso no cabía duda. ¡Le arderían las orejas cuando acabara de hablar con él!

Hurin puso su caballo al trote, y los Aiel se situaron a su altura —y sutilmente a su alrededor— dando grandes zancadas. Llevaban los rostros velados, con las lanzas o los arcos en la mano. En cuanto dejaron atrás los árboles y matorrales de la hondonada, Rand detuvo a Tai’daishar en un lugar desde el que se divisaba la vetusta ciudad de Far Madding a través de la pradera que llevaba hasta ella.

No era enorme en comparación con las grandes urbes, ni tampoco bonita si se la comparaba con las maravillas construidas por los Ogier que Nynaeve había visto; pero, dentro de todo, era grande y albergaba bonitos edificios y antiguas reliquias. Situada en la isla de un lago, recordaba vagamente a Tar Valon y sólo se podía acceder a ella a través de tres puentes que cruzaban las plácidas aguas.

Un enorme ejército había levantado campamento alrededor del lago y tal vez cubría más terreno del que ocupaba la propia ciudad. Nynaeve contó docenas de enseñas, cada una en representación de una casa diferente. Había hilera tras hilera de caballos y las tiendas se extendían como las cosechas estivales, plantadas y organizadas a conciencia, a la espera de la siega. Era el ejército de las Tierras Fronterizas.

—He oído hablar de este lugar —dijo Naeff, que se había acercado a caballo; a pesar de llevar el pelo castaño oscuro bastante corto, el viento se lo alborotaba. Entrecerró los ojos con un gesto de descontento en la cara angulosa—. Es como un stedding, sólo que no tan seguro.

El enorme ter’angreal de Far Madding —al que se conocía como el Guardián— creaba unas burbujas intangibles que protegían a la gente de la ciudad y aislaban a los encauzadores, que no podían tocar el Poder Único. Había maneras de evitarlo mediante el uso de ter’angreal muy especializados… Y, por suerte, Nynaeve llevaba uno de ellos, aunque sólo sería una pequeña ayuda.

El ejército estaba instalado lo bastante cerca para quedar dentro de la burbuja que impedía a los hombres encauzar y que se extendía una milla alrededor de la ciudad.

—Sabrán que he venido —dijo Rand con suavidad, con los ojos entrecerrados—. Es lo que han estado esperando, que cabalgara hacia su arcón.

—¿Arcón? —preguntó dubitativa Nynaeve.

—La ciudad es un arcón. Toda la ciudad y el área que la rodea. Quieren estar en un lugar donde puedan controlarme, pero no lo entienden. Nadie me controla. Ya no. Ya estoy cansado de arcones y prisiones, de cadenas y ataduras. Nunca más me pondré a merced de nadie.

Sin dejar de mirar la ciudad, alargó la mano para coger la estatuilla del hombre que sostenía una esfera en alto y que llevaba colgada en la silla de montar. Nynaeve sintió un frío intenso. ¿Tenía que llevarla con él a todos los sitios que iban?

—Quizá necesitan una lección —comentó Rand—. Un estímulo para que cumplan con su cometido y me obedezcan.

—Rand… —Nynaeve trató de discurrir algo. ¡No podía permitir que sucediera aquello otra vez!

La llave de acceso empezó a irradiar un brillo tenue.

—Quieren capturarme —musitó él—. Tenerme en sus manos. Golpearme. Ya lo hicieron una vez en Far Madding. Ellos…

—¡Rand! —lo interrumpió Nynaeve con brusquedad. Él se calló y la miró, como si la viera por primera vez—. Ésos no son esclavos con la mente consumida por la Compulsión de Graendal. ¡Ahí abajo hay una ciudad llena de gente inocente!

—No haría daño a la gente de la ciudad —respondió Rand, la voz vacía de toda emoción—. Es ese ejército el que necesita una lección, no la ciudad. Una lluvia de fuego sobre ellos, quizás. O un sinfín de rayos.