Ella pertenecía a todos los Ajahs. En ese día, el rojo simbolizaba muchas cosas para ella: la inminente reunificación con el Ajah Rojo, un recordatorio de la división con la que era preciso acabar, y un símbolo de la sangre que se demarraría, la sangre de hombres buenos que luchaban para defender la Torre Blanca.
La sangre de las Aes Sedai que habían sido decapitadas hacía menos de una hora en cumplimiento de sus órdenes.
Siuan había encontrado el anillo de la Gran Serpiente de Egwene; era magnífico volver a lucirlo en el dedo.
El cielo tenía un color gris plomizo, y el olor a suciedad en el aire iba acompañado del movimiento que había en el campamento. Las mujeres hacían la colada a toda prisa, como si llegaran tarde a entregar la ropa antes de una fiesta. Las novicias corrían —literalmente— de una lección a otra, y las Aes Sedai las observaban con los brazos cruzados, como si fueran a fulminar con la mirada a aquellas que no mantuvieran el ritmo.
«Acusan la tensión del día —se dijo Egwene para sus adentros—. Y yo no puedo menos que sentir esa ansiedad». La noche anterior, por el ataque de los seanchan y el subsiguiente regreso de la Amyrlin, que se había pasado la mañana purgando Aes Sedai. Y ahora, a primera hora de la tarde, los tambores de guerra.
Tenía dudas de que el campamento de Bryne se encontrara en tal estado de agitación. Sus hombres estarían preparados para atacar. Era muy probable que el general hubiese estado preparado para asaltar la Torre Blanca en el mismo momento de ordenarle que lo hiciera, sin previo aviso, cualquier día del sitio. Serían sus soldados los que decidirían esa guerra, porque Egwene no llevaría a sus Aes Sedai a la batalla, donde tendrían que buscar la forma de sortear el juramento de no utilizar el Poder para matar. Esperarían allí y se las llamaría para ocuparse de la Curación.
O se las emplazaría a la lucha en el caso en que las hermanas de la Torre Blanca se unieran a la batalla participando de forma activa. La Luz confiriera sabiduría a Elaida para impedirlo. Si las Aes Sedai utilizaban el Poder unas contra otras, sería en verdad un día aciago.
«¿Acaso podría serlo más?», se preguntó. Muchas de las Aes Sedai con las que se cruzaba por el campamento la miraban con respeto, sobrecogimiento y un poco horrorizadas. Tras una larga ausencia, la Amyrlin había regresado y había traído consigo una estela de destrucción y juicios.
Se había neutralizado a más de cincuenta hermanas Negras antes de ejecutarlas. Pensar en esas muertes hacía que se le revolviera el estómago. Sheriam había dado la impresión de sentirse aliviada cuando le había llegado la hora, aunque enseguida había empezado a forcejear y a sollozar con desesperación. Confesó haber cometido crímenes turbulentos, al parecer con la esperanza de que ello sirviera de atenuante y se le concediera la amnistía.
Le hicieron apoyar la cabeza en el tajo y se la cortaron, como a todas las demás. Esa escena perduraría en la memoria de Egwene para siempre: su antigua Guardiana arrodillada, con la cabeza en posición, el vestido azul y el cabello pelirrojo bañados de repente por una luz dorada y cálida al abrirse las nubes un resquicio, justo en la posición del Sol. Y, entonces, el hacha plateada cayendo para segarle la vida. Quizás el Entramado sería más benevolente con ella la próxima vez que se le permitiera ser parte del gran tapiz. O tal vez no. La muerte no conllevaba escapar del Oscuro. El terror que se apoderó de Sheriam al final tal vez fue una señal de que pensaba eso mismo cuando el hacha la decapitó.
Ahora entendía por completo que los Aiel se rieran de una simple paliza. ¡Con gusto habría aceptado ser azotada con la vara unos cuantos días más en lugar de tener que ordenar la ejecución de mujeres con las que había trabajado y que incluso le habían caído bien!
Algunas Asentadas abogaron por el interrogatorio en lugar de la ejecución, pero Egwene se mostró inflexible. Cincuenta mujeres eran demasiadas para mantenerlas escudadas y bajo vigilancia. Además, ahora que sabían que la neutralización se podía Curar, no había otra opción. No, la historia demostraba lo escurridizas y peligrosas que podían llegar a ser las hermanas Negras, y Egwene estaba cansada de preocuparse sobre lo que podría pasar. Había aprendido de Moghedien que la codicia tenía un precio, aunque fuera una apetencia vehemente de información. Tanto ella como las demás se habían mostrado demasiado ansiosas —demasiado orgullosas de los «descubrimientos» que habían hecho— como para plantearse la conveniencia de librar al mundo de una Renegada.
Bien, pues, no iba a consentir que hubiera otro fallo similar. La ley era conocida, la Antecámara había fallado en consecuencia y no se había mantenido en secreto. Verin había muerto para poner freno a esas mujeres, y Egwene se iba a asegurar de que su sacrificio no hubiera sido en vano.
«Lo hiciste bien, Verin. Tan, tan bien…» Había ordenado repetir los Tres Juramentos a todas las Aes Sedai del campamento, y sólo se había descubierto a otras tres hermanas del Ajah Negro que no figuraban en la lista de Verin. Un trabajo concienzudo, el de la antigua Marrón.
Los Guardianes de las Negras se encontraban bajo custodia. Ya se ocuparían de ellos más adelante, cuando dispusieran de tiempo para separar los que eran realmente Amigos Siniestros de los que sólo estaban enfurecidos por la pérdida de su Aes Sedai. La mayoría de ellos buscaría la muerte, incluso los inocentes. Quizás a ésos se los podría convencer de que vivieran lo suficiente para luchar en la Última Batalla.
Cerca de veinte hermanas Negras que había en la lista de Verin habían escapado a pesar de las precauciones tomadas por Egwene. No se le ocurría cómo se habrían enterado. Los guardias de Bryne habían apresado a algunas más débiles en el Poder que intentaban escapar y también habían caído soldados para retrasarlas, pero, aun así, muchas habían escapado.
No servía de nada llorar por ello. Cincuenta Negras habían sido ajusticiadas y eso era una victoria. Espantosa, sí; pero, no obstante, una victoria.
Y así caminaba por el campamento, vestida de rojo y calzada con las botas de montar, el pelo castaño suelto al viento y adornado con cintas de color escarlata que representaban la sangre que había hecho derramar hacía poco menos de una hora. Comprendía muy bien a las hijas que le dirigían miradas furtivas, así como su preocupación encubierta y su miedo. Y su respeto. Si quedaba alguna duda sobre si era la Amyrlin, se había disipado. La habían aceptado, la temían. Y nunca jamás tendría un lugar entre ellas. La Amyrlin era una persona aparte y siempre lo sería.
Una figura vestida de azul avanzaba con aire decidido entre las tiendas y se acercó a Egwene. La altiva mujer le dedicó la reverencia apropiada, aunque como ambas caminaban deprisa Egwene no se detuvo para que le besara el anillo de la Gran Serpiente.
—Madre —empezó Lelaine—, Bryne ha mandado recado de qué todo está listo para el asalto. Dice que los puentes del oeste serían el lugar apropiado para atacar, aunque sugiere que se utilicen accesos para llevar una fuerza de sus hombres detrás de las líneas de la Torre Blanca a fin de flanquearlas. Os pregunta si eso sería posible.
No era utilizar el Poder como arma, pero se le parecía mucho. Una sutil diferencia, si bien ser Aes Sedai tenía mucho que ver con diferencias sutiles.
—Dile que yo misma abriré el acceso —respondió.
—Excelente, madre —dijo Lelaine al tiempo que inclinaba la cabeza; la perfecta y leal subordinada.
Era sorprendente lo rápido que había cambiado su actitud con respecto a ella. Se habría dado cuenta de que su única opción era pegarse por completo a Egwene y desistir de su intento de hacerse con el poder. De esa manera, no parecería una hipócrita y quizás escalaría posiciones gracias a ella… Suponiendo que lograra establecerse como una Amyrlin fuerte y poderosa.