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Era una buena suposición.

Lelaine debía de haberse sentido frustrada por el cambio de carácter de Romanda. Unos pocos metros más adelante, la Amarilla esperaba a un lado del camino como si hubiera buscado hacer su entrada en el momento justo. Lucía un vestido del color de su Ajah y llevaba el pelo recogido en un majestuoso moño. Cuando Egwene llegó a su altura, Romanda le hizo una reverencia y se situó a su derecha, lejos de Lelaine, a la que apenas dedicó una ojeada.

—Madre, he llevado a cabo la investigación que me encomendasteis. No hemos tenido contacto con las enviadas a la Torre Negra. Ni el más mínimo.

—¿Te parece extraño? —preguntó Egwene.

—Sí, madre —contestó Romanda—. Hoy día, con el Viaje, han tenido tiempo de sobra para llegar allí, gestionar el asunto que se les encargó y volver. O al menos, deberían haber avisado. El silencio es inquietante.

Lo era, en efecto. Y aún más habida cuenta de que Nisao, Myrelle, Faolain y Theodrin iban en esa delegación. Todas ellas le habían jurado lealtad a Egwene; una coincidencia preocupante. Sobre todo, la marcha de Faolain y Theodrin resultaba sospechosa. Se suponía que habían ido porque no tenían Guardianes, pero las hermanas del campamento no consideraban Aes Sedai de pleno derecho a ninguna de las dos, aunque, por supuesto, nadie lo mencionaría delante de Egwene.

¿Por qué se había escogido para la delegación a esas cuatro mujeres de entre los centenares de Aes Sedai que había en el campamento? ¿Sería una mera coincidencia? Tal cosa rayaba en los límites de la verosimilitud. Entonces, ¿cuál era el motivo? ¿Acaso alguien había alejado de forma intencional a las partidarias de Egwene? Y, si era así, ¿por qué no lo habían hecho con Siuan? ¿Era obra de Sheriam? La mujer había confesado varias cosas antes de la ejecución, pero ésa no había sido una de ellas. De cualquier modo, algo pasaba con esos Asha’man. Tendrían que ocuparse de la Torre Negra más adelante.

—Madre —dijo Lelaine, llamando la atención de Egwene; la Azul no miró a su rival—, tengo más noticias.

Romanda sorbió por la nariz en un gesto de desdén.

—Cuéntame —respondió Egwene.

—Sheriam no mentía. Los ter’angreal utilizados para Soñar han desaparecido. Todos y cada uno de ellos.

—¿Cómo es eso posible? —inquirió Egwene dejando entrever un atisbo de ira.

—Sheriam era la Guardiana, madre —se apresuró a responder Lelaine—. Guardábamos todos los ter’angreal juntos, como es costumbre en la Torre Blanca, y con vigilancia. Pero ¿por qué iban los guardias a impedir a Sheriam que entrara?

—¿Qué crees que nos habría dicho al respecto? Ese robo no habría podido ocultarse durante mucho tiempo.

—No lo sé, madre —contestó Lelaine negando con la cabeza—. Los guardias dijeron que Sheriam parecía… nerviosa, cuando se llevó los ter’angreal. Esto sucedió anoche.

Egwene apretó los dientes mientras pensaba en lo que Sheriam había confesado en su hora final. El robo de los ter’angreal estaba lejos de ser lo más espeluznante que había mencionado. Elayne se pondría furiosa. Ella había hecho las copias robadas y, a pesar de que ninguna de ellas tenía tan buenos resultados como el anillo original, hacían su función. No le haría ninguna gracia que esos ter’angreal estuvieran en manos de una Renegada.

—Madre —continuó Lelaine en voz baja—, ¿y sobre las otras… confesiones de Sheriam?

—¿La de que hay una Renegada en la Torre Blanca personificando a una Aes Sedai? —preguntó Egwene.

Sheriam les había dicho que había entregado los ter’angreal a esa… persona.

Lelaine y Romanda caminaban en silencio, con la mirada al frente, como si no quisieran plantearse siquiera tan desalentadora hipótesis.

—Sí, sospecho que decía la verdad —respondió al fin Egwene—. No sólo se infiltraron en nuestro campamento, sino también en la aristocracia de Andor, de Illian y de Tear. ¿Por qué no en la Torre Blanca? —Egwene no añadió que Verin confirmaba en su libro la presencia de una Renegada. Creía que lo mejor era mantener algunas de las revelaciones de Verin en secreto.

»Yo no me preocuparía mucho sobre eso. Con la incursión a la Torre y nuestro regreso, sea quien sea esa Renegada seguro que habrá considerado prudente escabullirse y buscar un objetivo más fácil para sus maquinaciones.

El comentario no pareció reconfortar a Lelaine ni a Romanda. Las tres mujeres llegaron a los límites del campamento de las Aes Sedai, donde las esperaban las monturas así como un gran número de soldados y una Asentada de cada Ajah, sin contar el Azul ni el Rojo. No había ninguna Azul porque Lelaine era la única Asentada de su Ajah que quedaba en el campamento, y la razón por la que no había del Rojo era obvia. Egwene había escogido, en parte, vestir de rojo por ese motivo; una sutil insinuación de que todos los Ajahs deberían estar representados en la acción que se disponían a llevar a cabo. Sería por el bien de todos.

Cuando Egwene montó, reparó en que Gawyn, que la había seguido a una distancia respetuosa, también montaba. ¿De dónde había salido? No habían vuelto a hablar desde primera hora de la mañana. Egwene picó el caballo para abandonar el campamento con Lelaine, Romanda, las Asentadas y los soldados, y vio que Gawyn la seguía a una distancia segura. Aún no había pensado qué iba a hacer con él.

El campamento se encontraba casi desierto. No había nadie en las tiendas y el suelo aparecía pisoteado por hombres y caballos; atrás quedaban muy pocos. Egwene abrazó la Fuente al poco rato de salir del campamento de las Aes Sedai, preparada para crear ciertos tejidos en caso de que alguien quisiera atentar contra ella en el camino. Aún no descartaba que Elaida utilizara un acceso para obstaculizar el asalto. Era probable que la falsa Amyrlin estuviera aún muy ocupada con las secuelas de la incursión seanchan, pero ese tipo de suposiciones, como la de confiar en estar a salvo, habían sido las que habían conducido a Egwene a acabar capturada, para empezar. Como Sede Amyrlin no podía ponerse en peligro. Era frustrante, pero sabía que los días de actuar por su cuenta —de acometer una iniciativa como ella tuviera a bien— habían llegado a su fin. Podría haber muerto en lugar de haber sido capturada semanas atrás, con lo que la rebelión de Salidar habría fracasado y Elaida seguiría como Amyrlin.

Por eso Egwene conducía a su ejército desde la villa de Darein hacia la batalla. Aún quedaban rescoldos en los incendios de la Torre Blanca, ya que una densa y amplia espiral de humo se elevaba desde el centro de la isla y envolvía la alta construcción. Incluso desde la distancia, se apreciaban las brechas y los destrozos causados en el edificio por la incursión seanchan. Esos agujeros negros semejaban manchas de putrefacción en lo que, de otra manera, sería una manzana sana. Daba la impresión de que la Torre gemía, si una se quedaba mirándola. Llevaba en pie tanto tiempo, resistiendo… Había sido testigo de tantas cosas… Pero la habían herido de gravedad, tanto que aún sangraba al día siguiente.

Y, aun así, aguantaba a pie firme. ¡Aguantaba, alabada fuera la Luz! Se erguía imponente, altísima, herida pero a salvo, apuntando al sol oculto detrás de las nubes, desafiando a aquellos que querrían verla rota, por dentro y por fuera.

Bryne y Siuan esperaban a Egwene en la retaguardia del ejército. Qué pareja tan dispar hacían esos dos. El general curtido en mil batallas, con el cabello canoso en las sienes y el rostro como una armadura inflexible, firme, de rasgos angulosos; y, junto a él, la menuda mujer de rostro agradable, ataviada con vestido azul cielo; parecía tan joven que podría haber sido la nieta de Bryne a pesar de que, en realidad, tenían casi la misma edad.