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Siuan hizo una reverencia desde el caballo cuando Egwene se acercó a ellos y Bryne le dedicó un saludo militar. Aún parecía preocupado, avergonzado de su papel en el rescate, aunque Egwene no tenía nada que reprocharle. Era un hombre de honor. Si se había visto forzado a participar para proteger a los mentecatos de Siuan y Gawyn, entonces Bryne era digno de elogio por mantenerlos con vida.

Al reunirse con ellos, Egwene se dio cuenta de que ambos cabalgaban muy juntos. ¿Al fin había admitido Siuan que se sentía atraída por ese hombre? Además… Bryne tenía cierto aire que le resultaba familiar, algo tan imperceptible que bien podría estar imaginándoselo, pero si se tenía en cuenta la relación entre ellos dos…

—Así que por fin has tomado otro Guardián, ¿verdad? —le preguntó a Siuan.

—Ajá —respondió la mujer, que estrechó los ojos.

Bryne parecía sorprendido. Y algo avergonzando.

—Haced cuanto podáis para evitar que se meta en líos, general —dijo Egwene mientras miraba a los ojos a Siuan—. Se ha visto envuelta en bastantes últimamente. Estoy tentada de proponeros que la utilicéis como soldado de infantería. Creo que la disciplina militar le vendría bien y le recordaría que a veces la obediencia prevalece sobre la iniciativa.

Siuan desvió la mirada, alicaída.

—Aún no he decidido qué hacer contigo, Siuan —continuó Egwene en tono más suave—. Pero despertaste mi ira y he perdido la confianza en ti. Tendrás que aplacar la primera y avivar la segunda si quieres que vuelva a fiarme de ti.

Dicho esto, Egwene apartó la vista de Siuan para mirar al general, que parecía estar pasándolo mal, quizás por verse obligado a sentir la vergüenza de Siuan.

—Vuestra valentía es digna de elogio, general, al haber dejado que os vinculara. Soy consciente de que mantenerla alejada de los problemas es una tarea que raya en lo imposible, pero confío en vos.

—Lo haré lo mejor que sepa, madre. —El general se relajó. Entonces giró el caballo para echar una ojeada a las filas de soldados—. Hay algo que deberíais ver. Seguidme, si sois tan amable.

Egwene asintió y cabalgó junto al general por la calzada adoquinada de la villa. Se había evacuado a la población y en la principal vía pública se alineaban miles de los soldados de Bryne. Siuan acompañó a Egwene y Gawyn los siguió. Lelaine y Romanda se quedaron con las otras Asentadas acatando la indicación que les hizo Egwene. La nueva obediencia que mostraban esas dos estaba resultando útil, sobre todo si se tenía en cuenta que, al parecer, habían decidido competir entre ellas para ganar su aprobación. Seguro que ambas buscaban ser elegidas como su nueva Guardiana, ahora que Sheriam había muerto.

El general la condujo hasta las líneas de vanguardia del ejército, y Egwene preparó un tejido de Aire en prevención de que alguien le disparara una flecha. Siuan la miró pero no dijo nada respecto a esa medida de precaución. No era necesaria, pues los Guardias de la Torre nunca dispararían contra una Aes Sedai, ni siquiera en medio de un conflicto como aquél. Sin embargo, no podía decirse lo mismo de los Guardianes; a veces ocurrían accidentes. A Elaida le vendría como anillo al dedo que una flecha perdida acabara en el cuello de su rival.

Cruzaron a través del pueblo y por fin se detuvieron cerca del puente de Darein, una majestuosa construcción blanca que salvaba el Erinin hasta Tar Valon. Allí estaba lo que Bryne quería enseñarle. En el puente, al otro lado del río, se encontraba un destacamento de la Guardia de la Torre protegido por un parapeto de piedras y grandes troncos; debían de ser unos trescientos. Detrás, en lo alto de la muralla, se veían más soldados, pero en total no habría más de un millar de hombres.

La fuerza de asalto de Bryne contaba con diez mil soldados.

—Ya sé que nunca fue la diferencia de efectivos lo que hizo que no atacáramos, pero la Guardia de la Torre debería de ser capaz de desplegar una fuerza mayor, sobre todo con la conscripción obligatoria de ciudadanos. Dudo que hayan pasado estos meses tallando ganchos de ropa junto al fuego y recordando los viejos tiempos. Si Chubain tiene dos dedos de frente, habrá entrenado nuevos reclutas.

—¿Y dónde están, pues? —preguntó Egwene.

—Sólo la Luz lo sabe, madre —contestó Bryne moviendo la cabeza—. Sufriremos algunas bajas para cruzar esa barrera, pero no muchas. Será una derrota aplastante.

—¿De verdad pueden haber causado tantas bajas los seanchan?

—No lo sé, madre. Fue una noche mala, con muchos incendios y muchos hombres muertos. Pero yo cifraría esas pérdidas en cientos de hombres, no en miles. Quizá la Guardia de la Torre está ocupada en quitar los escombros y apagar los incendios, pero aun así sigo creyendo que tendrían que haber desplegado una fuerza mayor cuando me vieron tomar posiciones aquí. Los he observado con el visor de lentes y más de uno de esos chicos tiene cara de cansado y los ojos irritados.

Egwene consideró la situación, agradecida por la suave brisa que soplaba río abajo.

—No habéis cuestionado la prudencia de este ataque, general.

—No suelo cuestionar lo que me ordenan, madre.

—¿Y qué opináis del asunto, si se os pregunta?

—¿Si se me pregunta? Bien, el ataque es una decisión táctica juiciosa. Hemos perdido la ventaja del Viaje, de modo que si nuestro enemigo puede reabastecerse y mantener el contacto con el exterior cuando le plazca, entonces ¿de qué sirve el asedio? Es hora de atacar o de recoger y marcharse.

Egwene asintió, pero a pesar de todo seguía indecisa. Ese ominoso humo que subía al cielo, la Torre dañada, los atemorizados soldados sin refuerzos. Todo parecía susurrarle una advertencia de ser precavida.

—¿Cuánto podemos esperar antes de que tengáis que lanzar por fuerza el asalto, general? —preguntó Egwene.

El hombre frunció el entrecejo, pero no le cuestionó el posible retraso. Alzó la vista al cielo.

—Se hace tarde. Una hora, quizá. Pasado ese plazo, habrá oscurecido demasiado y, siendo nuestro número de hombres superior al suyo, no querría que la aleatoriedad de una batalla nocturna se sumara a la incertidumbre de la lucha.

—Entonces, esperaremos una hora —dijo Egwene, acomodándose en la silla. Los demás parecían desconcertados, pero no dijeron nada. La Sede Amyrlin había hablado.

¿A qué esperaba? ¿Qué le dictaba el instinto? Egwene se puso a pensar sobre ello mientras pasaban los minutos y, al final, se dio cuenta de qué era lo que la había hecho esperar. Una vez que se diera ese paso, no habría vuelta atrás. La Torre Blanca había sufrido la noche anterior: era la primera vez que un enemigo la atacaba utilizando el Poder Único contra ella. El asalto de Egwene sería también una primera vez: la de que un grupo de Aes Sedai liderara unas tropas contra otro grupo de hermanas. Antes había habido luchas entre facciones de la Torre, choques de un Ajah contra otro que habían llegado incluso al derramamiento de sangre, como había sucedido cuando se había depuesto a Siuan. En las Crónicas Secretas se mencionaban esos sucesos.

Pero jamás la discordia había cruzado las puertas de la Torre Blanca, jamás unas tropas dirigidas por Aes Sedai habían cruzado los ríos. Y, si lo llevaba a cabo, eso marcaría para siempre su mandato como Amyrlin. Cualesquiera que fueran los logros que alcanzara después, siempre quedarían ensombrecidos por los hechos de este día.

Su deseo había sido conseguir la liberación y la unificación; en cambio, iba a utilizar la fuerza y la subyugación. Si tenía que ser así, daría la orden, pero aguardaría hasta el último momento. Si ello significaba esperar una hora angustiosa bajo el cielo nublado, oyendo los resoplidos de los caballos al notar la tensión de sus jinetes, que así fuera.

La hora de plazo dada por Bryne llegó y pasó. Egwene aún dudó unos cuantos minutos más, tantos como se atrevió a alargar la espera. Nadie acudió a engrosar los efectivos de los pobres soldados apostados en el puente. Seguían ahí, mirándolos desde detrás de su pequeño parapeto, con aire resuelto.