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Con lo cual, el número de Asentadas presentes ascendía a once. Un número insuficiente para escoger una Amyrlin según las antiguas leyes de la Torre, pero Elaida las había enmendado al disolver el Ajah Azul. Al haber menos Asentadas, el número de mujeres requerido para la elección era menor: once. Tendría que valer con ésas. Al menos todas las Asentadas que se encontraban en esos momentos en la Torre sabían lo que había sucedido. No era ningún secreto, como había ocurrido con el nombramiento de Elaida. Y Egwene tendría una certeza razonable de que ninguna de las Asentadas Negras la respaldaría.

Mirando extrañada a Egwene, Saerin se aclaró la voz y repitió:

—¿Quién comparece ante la Antecámara de la Torre?

A su lado, Tesan se inclinó hacia adelante como si tuviera intención de decirle en voz baja lo que debía contestar. Egwene, sin embargo, la atajó levantando la mano.

Le había estado dando vueltas a una cosa; sería algo atrevido, pero justo. Sabía que lo era. Sentía que lo era.

—¿El Ajah Rojo está sin representación? —preguntó Egwene en voz baja a Tesan.

La Blanca asintió con la cabeza y las trenzas que lucía en el pelo le rozaron los lados de la cara.

—No tenéis que preocuparos por las Rojas —respondió con su ligero acento tarabonés—. A raíz de la desaparición de Elaida, se retiraron a sus alojamientos. Las Asentadas aquí presentes estaban preocupadas de que el Ajah Rojo eligiera enseguida nuevas representantes en la Antecámara para que atendieran a este procedimiento. Creo que ciertas misivas bastante… concisas de la Antecámara de la Torre bastaron para acobardarlas.

—¿Qué hay de Silviana Brehon? ¿Sigue encarcelada?

—Por lo que sé, así es, madre —respondió Tesan, que tuvo un desliz al utilizar el título a pesar de que la Antecámara aún no había investido a Egwene—. No os preocupéis por Leane, ya ha sido liberada. La hemos escoltado junto a las otras rebeldes que esperan vuestro perdón.

Egwene asintió en silencio, pensativa.

—Que traigan a Silviana aquí, a la Antecámara de la Torre, ahora mismo —ordenó Egwene. Tesan enarcó una ceja.

—Madre, no creo que sea el momento…

—Hazlo —la interrumpió con un susurro, tras lo cual se volvió hacia la Antecámara—. Alguien que acude obedientemente, en la Luz —pronunció la respuesta con voz firme.

Saerin se relajó.

—¿Quién comparece ante la Antecámara de la Torre?

—Alguien que acude humildemente, en la Luz —respondió Egwene. Fue mirando a todas y cada una de las Asentadas. Mano firme, tendría que mostrar mano firme. Necesitaban liderazgo.

—¿Quién comparece ante la Antecámara de la Torre? —concluyó Saerin.

—Alguien que acude a la citación de la Antecámara —respondió Egwene—, obediente y humildemente en la Luz, pidiendo sólo aceptar la voluntad de la Antecámara.

La ceremonia continuó, y todas las Asentadas se desnudaron hasta la cintura para demostrar que eran mujeres. Egwene hizo lo mismo; le faltó poco para sonrojarse al recordar que Gawyn ya había dado por sentado que iba a acompañarla a la ceremonia.

—¿Quién presenta a esta mujer y se compromete por ella, corazón por corazón, alma por alma, vida por vida? —preguntó Saerin después de que las Asentadas se hubieron cubierto de nuevo el torso.

Por el contrario, Egwene debía seguir con el busto al aire, con lo que sentía la fría brisa que soplaba a través del agujero acariciándole la piel.

Yukiri, Seaine y Suana se pusieron de pie con rapidez.

—Yo me comprometo —respondió cada una de ellas por turno.

La primera vez que Egwene se había sometido a esa ceremonia lo había hecho en un estado de ansiedad. Temía cometer un error a cada paso. Peor aún, temía que al final todo fuera una artimaña o un error.

El miedo había desaparecido. Mientras se hacían las preguntas rituales, mientras Egwene avanzaba tres pasos y se arrodillaba en el suelo pulido —Elaida había ordenado que se volviera a pintar con sólo seis colores la espiral que nacía del símbolo de la Llama de Tar Valon—, Egwene supo mirar más allá de la pompa de la ceremonia y ver lo que realmente sucedía. Esas mujeres estaban aterradas, al igual que lo habían estado las otras mujeres en Salidar. La Sede Amyrlin era una fuerza estabilizadora y ellas tendían las manos para asirse a esa estabilidad.

¿Por qué la habían escogido? La respuesta pareció ser la misma en ambas ocasiones. Porque ella era la única candidata en la que podían estar todas de acuerdo. Había caras sonrientes en el grupo. Eran las sonrisas de mujeres que habían logrado evitar que sus rivales se hicieran con la Sede, aunque bien podrían ser las sonrisas de mujeres que se sentían aliviadas porque alguien tomaba la decisión de asumir el liderazgo. Quizás algunas sonreían por no ser ellas quienes iban a ocupar la Sede. En la historia reciente, ese puesto no era más que una fuente de peligros que había desembocado en disensiones y en dos tragedias calamitosas.

Allí, en Salidar, Egwene había pensado que las mujeres se comportaban como idiotas. Sin embargo, ahora tenía más experiencia y, con suerte, era también más sabia y se daba cuenta de que el comportamiento de esas mujeres no había sido estúpido, sino que habían actuado como Aes Sedai: habían encubierto el temor actuando con demasiada precaución —aunque a la vez con cinismo— al escoger a alguien a quien no les importaría ver caer, y corriendo cierto riesgo, pero sin ponerse en peligro directo ellas mismas. Las mujeres de ahora estaban actuando igual, sólo que encubrían el miedo con caras inexpresivas y gestos de control.

Cuando llegó el momento de que las Asentadas se levantaran para apoyarla, Egwene no se sorprendió al ver que las once lo hacían. Nadie disintió, así que no habría lavatorio de pies en esta ocasión.

No, no estaba sorprendida. Sabían que no tenían otra opción. No con un ejército a las puertas; no con Elaida prácticamente muerta. La manera Aes Sedai de abordar el asunto era actuar como si no hubiera existido jamás la rebelión. Se tenía que alcanzar el consenso.

Saerin, en cambio, sí parecía sorprendida de que nadie permaneciera sentada, aunque sólo fuera para demostrar que no se dejaría mangonear. De hecho, más de una Asentada daba la impresión de estar sorprendida, y Egwene sospechó que varias lamentaban haberse levantado con tanta rapidez. Se podía ganar cierto poder al ser la única persona que permanecía sentada, obligando así a Egwene a lavarle los pies y pedirle permiso para servir. Por supuesto, también podría granjearle la animadversión de la nueva Amyrlin hacia esa Asentada.

Las mujeres volvieron a sentarse poco a poco. Egwene no necesitaba dirección y tampoco se la ofrecieron. Se levantó y avanzó por la estancia a través la piedra pintada con la Llama, sin hacer ruido. Una ráfaga de viento sopló en la habitación, de forma que agitó los chales y acarició el torso desnudo de Egwene. El hecho de elegir esa sala para la ceremonia —a pesar del vacío vertiginoso que se divisaba a través del agujero— hablaba favorablemente de la fuerza de la Antecámara.

Saerin recibió a Egwene en la Sede. La altaranesa de tez olivácea empezó a abrocharle el corpiño con cuidado y luego, con reverencia, recogió de la Sede la estola de Amyrlin en la que estaban representados los siete colores; al parecer, la habían recuperado de donde fuera que Elaida la hubiera desechado. Saerin miró a Egwene por unos instantes como evaluándola mientras sopesaba la estola.

—¿Estás segura de que quieres cargar con este peso, pequeña? —preguntó Saerin con una voz muy suave. Esa pregunta no formaba parte de la ceremonia.

—Ya cargo con él, Saerin. —La respuesta de Egwene fue casi un susurro—. Elaida se lo quitó de encima al intentar hacer y deshacer a su antojo. Yo tomé el relevo y cargo con el peso desde entonces. Cargaré con él hasta mi muerte. Lo haré.

Saerin asintió.

—Creo que ésa puede ser la razón por la que mereces llevarlo. Dudo que haya nada en la historia que sea comparable a los tiempos que se avecinan. Sospecho que, en el futuro, los estudiosos volverán la vista a nuestros días y dirán que fueron tiempos tan difíciles que pusieron a prueba mentes, cuerpos y almas más que la Época de Locura o incluso el propio Desmembramiento.