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Recorrió con la mirada a las Aes Sedai que estaban al pie de la escalinata. Si su decisión de ordenarles que formaran en filas —para después dejarlas esperando hasta que tuvo a bien salir— no había conseguido que se dieran cuenta de su postura en lo ocurrido, puede que entonces lo hicieran sus palabras.

—No habéis llegado aquí cubiertas de gloria —prosiguió—. No habéis entrado aquí victoriosas, porque no hay victoria ni puede haberla cuando la hermana lucha contra la hermana y el Guardián contra el Guardián. —Localizó a Siuan en las primeras filas y le sostuvo la mirada a través de la distancia. También se encontraba allí Leane, desaliñada tras el largo encarcelamiento.

—Se han cometido errores en ambos bandos —continuó—. Y todas tendremos que trabajar de firme para remediar lo que hemos hecho. Los herreros dicen que cuando una espada se ha partido no volverá a ser una pieza íntegra. Tiene que forjarse de nuevo, fundir el metal para sacar la escoria y después trabajarlo y volver a darle forma.

En los próximos meses se producirá nuestra reparación renovadora. Nos hendimos y casi acabamos rotas de forma definitiva. ¡Se aproxima la Última Batalla, y antes de que llegue me propongo conseguir que seamos de nuevo una espada forjada con solidez, una espada íntegra y sin fisuras! Voy a exigiros mucho. A todas. Y lo que os pediré no será fácil ni agradable. El esfuerzo os llevará al límite de la resistencia y creeréis que no vais a soportarlo. ¡Esos agujeros abrasados se cubrirán! Habrá que hacer ajustes entre nosotras, porque hay demasiadas Asentadas para la Antecámara, y no digamos ya cabezas de Ajah. Algunas tendréis que bajar de nivel e inclinaros con humildad ante aquellas que os desagradan.

¡Serán días que nos pondrán a prueba a todas! Os obligaré a trabajar con aquellas que considerabais enemigas hace apenas unas horas. Marcharéis al lado de quienes os despreciaban u os ofendían u os odiaban.

»Pero nosotros somos más fuertes que nuestras debilidades. ¡La Torre Blanca aguanta a pie firme y nosotras aguantaremos con ella! Volveremos a ser un todo. ¡Volveremos a ser una congregación de la que se hablará en los relatos! Cuando haya acabado con vosotras, no se escribirá que la Torre blanca estaba debilitada. Nuestras discordias se olvidarán a la vista de nuestras victorias. No se nos recordará como la Torre Blanca que se volvió contra sí misma, sino como la Torre Blanca que resistió firme e inamovible contra la Sombra. ¡Serán días legendarios!

Estalló un clamor de vítores, sobre todo entre las novicias y los soldados, ya que las Aes Sedai eran demasiado reservadas para hacer ese tipo de demostraciones. Por lo general. Algunas de las más jóvenes gritaron, contagiadas por el entusiasmo. Menos mal que las aclamaciones sonaban en ambas facciones; Egwene los dejó que jalearan un poco más y después alzó los brazos, acallándolos.

—¡Que se sepa en todo el mundo! —gritó—. Que se hable de ello, que se cuente con ello, que se recuerde: la Torre Blanca es una, íntegra e intacta. ¡Y nadie, ni hombre ni mujer ni creación de la Sombra, volverá a vernos divididos!

El clamor fue casi ensordecedor esta vez y, cosa sorprendente, se sumaron a él más Aes Sedai. Egwene bajó las manos.

Esperaba que siguieran aclamándola en los meses venideros. Había mucho, muchísimo que hacer.

47

El que perdió

Rand no regresó a sus aposentos de inmediato. El fallido encuentro con los fronterizos lo había desestabilizado. No se debía al malintencionado intento de atraerlo a Far Madding, lo cual resultaba frustrante, pero no inesperado. La gente siempre intentaba controlarlo y manipularlo, y los fronterizos no eran diferentes.

No, era otra cosa lo que lo había alterado, algo que no lograba definir del todo. Y, así, deambulaba por la Ciudadela de Tear con dos Doncellas Aiel siguiéndole los pasos, en tanto que su presencia sobresaltaba a criados y ponía nerviosos a los Defensores.

Los corredores giraban y doblaban. Las paredes —allí donde los tapices ornamentales no las cubrían— tenían el color de la arena mojada, pero eran mucho más sólidas que cualquier tipo de roca que Rand conocía, además de extrañas, insólitas, cada tramo uniforme y suave, un recordatorio de que esa construcción no era natural.

Rand se sentía igual. Tenía el aspecto y la hechura de un humano; es más, tenía las peculiaridades y los antecedentes inherentes a uno. Sin embargo, era algo que ningún humano —ni siquiera él mismo— alcanzaba a entender. Una figura de leyenda, una creación del Poder Único, tan anormal como un ter’angreal o un fragmento de cuendillar. Lo vestían como un rey, igual que decoraban aquellos corredores con borlas doradas y alfombras rojas, igual que adornaban las paredes con tapices, en cada uno de los cuales se representaba a un famoso general teariano. Esos ornatos estaban pensados para embellecer, aunque también servían para encubrir. Los tramos de pared desnuda ponían en relieve hasta qué punto era aberrante aquel sitio. Alfombras y tapices conseguían darle un aspecto más… humano. Igual que una corona y una elegante chaqueta en Rand servían para que lo aceptaran. Se suponía que los reyes eran un poco diferentes. Daba igual que la naturaleza de Rand, oculta bajo la corona, fuera mucho más ajena a la de ellos. Daba igual que su corazón fuera el de un hombre muerto largo tiempo atrás, que sus hombros se hubieran creado para cargar con el peso de la profecía, que su alma estuviera aplastada bajo las necesidades, los deseos y las esperanzas de un millón de personas.

Dos manos. Una para destruir, la otra para salvar. ¿Cuál de ellas había perdido?

Era fácil extraviarse en la Ciudadela. Desde mucho antes que el Entramado empezara a destejerse, esos corredores tortuosos de roca marrón ejercían una influencia engañosa que desorientaba. Se habían diseñado para confundir a posibles atacantes. Se llegaba de repente a intersecciones y, además de existir pocos puntos de referencia por los que guiarse, los pasillos interiores de la fortaleza no tenían ventanas. Los Aiel decían que se habían quedado impresionados por lo difícil que les había resultado tomar la Ciudadela. No fueron los Defensores los que les habían impresionado, sino la magnitud de la extensión y el trazado del monstruoso edificio.

Por suerte, la caminata de Rand no tenía un propósito concreto; sólo quería andar.

Había aceptado lo que tenía que ser. Entonces, ¿por qué lo irritaba tanto esa aquiescencia? Una voz en lo más profundo de su ser —no en la mente, sino en el corazón— había empezado a estar en desacuerdo con lo que hacía. No era estridente ni violenta, como la de Lews Therin. Sólo susurraba, era un apagado runrún, como una desazón arrumbada. Algo no iba bien. Algo no encajaba…

«¡No! —se dijo para sus adentros—. He de ser fuerte. ¡Por fin me he convertido en lo que he de ser!»

Se detuvo en el pasillo, prietos los dientes. En el amplio bolsillo de la chaqueta llevaba la llave de acceso. La toqueteó, siguió con las yemas de los dedos los contornos fríos y suaves. No se atrevía a dejarla al cuidado de un servidor por muy de fiar que éste fuera.

«Hurin —comprendió de pronto—. Eso era lo que me incomodaba. Haber visto a Hurin».

Echó a andar de nuevo y enderezó la espalda. Tenía que ser fuerte en todo momento, o al menos aparentarlo.

Hurin era una reliquia de una vida anterior, de aquellos tiempos en que Mat todavía se burlaba de las chaquetas de Rand. Tiempos en que Rand albergaba la esperanza de casarse con Egwene y, de algún modo, regresar a Dos Ríos. Había viajado con Hurin y Loial, resuelto a detener a Fain y recuperar la daga de Mat para demostrar que era un amigo. Aquéllos eran tiempos mucho más sencillos, aunque él no lo sabía entonces, tiempos en que se habría preguntado si ocurriría algo peor que pensar que sus amigos lo odiaban.