Pero, si absorbía tanto Poder a través de la llave de acceso, ¿qué daños ocasionaría? ¿A cuántas vidas pondría fin? ¿Y no encendería así una almenara que atraería a los Renegados, como había ocurrido cuando limpió el saidin?
«Pues que vengan». Se puso erguido. Podía derrotarlos.
Era hora de atacar. Hora de borrar del mundo a los seanchan. Dejó a un lado el bastón y soltó la llave de la tira del cinturón, pero fue incapaz de desenvolverla de la mortaja de lino. La miró de hito en hito, durante un tiempo, y luego, dejándose olvidado el bastón, echó a andar de nuevo. Era una sensación muy rara ser sólo un forastero más. El Dragón Renacido caminaba entre esas gentes y no lo conocían. Para ellos, Rand al’Thor estaba muy, muy lejos. La Última Batalla era algo secundario respecto a la conveniencia de llevar o no los pollos al mercado o si el hijo se recuperaría de la tos o si podrían permitirse comprar ya ese nuevo chaleco de seda que deseaban tener.
No conocerían a Rand hasta que los destruyera.
«Será un acto de piedad —susurró Lews Therin—. La muerte siempre es una bendición». El demente no parecía tan ido como antes. De hecho, la voz había empezado a sonar tremendamente parecida a la suya.
Rand se detuvo en la parte alta de otro puente y desde allí contempló el enorme palacio de muros blancos, residencia de la corte seanchan. Tenía cuatro plantas, con círculos dorados en la base de las cuatro cúpulas, y más dorado en las puntas de las numerosas agujas de las torres. La Hija de las Nueve Lunas se encontraría allí. Estaba en su mano otorgar a aquellas paredes una culminación, una pureza jamás conocidas. Eso haría que, en cierto modo, el edificio alcanzara la perfección justo en el instante previo a desvanecerse en la nada.
Desenvolvió la llave de acceso. Sólo un forastero más, de pie en el embarrado puente. Tras destruir el palacio tendría que actuar con rapidez. Lanzaría haces de fuego compacto para destruir los barcos atracados en el puerto y después utilizaría algo más corriente para hacer llover fuego sobre la ciudad propiamente dicha y sumirla en el pánico. El caos retrasaría la reacción de sus enemigos. A continuación, Viajaría a los acuartelamientos en las puertas de la ciudad y los destruiría. Recordaba de forma vaga los informes de los exploradores sobre los campamentos de aprovisionamiento en el norte, bien abastecidos de soldados y vituallas. Sería lo siguiente que destruiría.
Desde allí, tendría que desplazarse a Amador y después a Tanchico y a otros lugares. Viajaría deprisa, sin quedarse en un sitio el tiempo suficiente para que los Renegados lo atraparan. Sería una parpadeante luz letal, como un ascua latente que cobraba vida aquí, después, allá. Morirían muchos, pero casi todos serían seanchan. Invasores.
Bajó la vista a la llave de acceso y asió el saidin.
La náusea lo asaltó con una intensidad desconocida hasta entonces. La contundencia de la embestida lo tiró al suelo como si recibiera un puñetazo. Gritó sin apenas ser consciente de que se desplomaba sobre las piedras. Gimió mientras se aferraba a la llave de acceso, enroscado alrededor de la figurilla. Era como si se le abrasaran las entrañas; volvió la cabeza y giró sobre el hombro para vomitar en el puente.
Pero no soltó el saidin. Necesitaba el Poder. El suculento, maravilloso Poder. Hasta la peste del vómito le parecía más real, más dulce, gracias al Poder que lo henchía.
Abrió los ojos. La gente se había arremolinado a su alrededor, preocupada. Se aproximaba una patrulla seanchan. Era el momento. Tenía que atacar. Pero se sintió incapaz. Los transeúntes que lo rodeaban lo miraban con tanta ansiedad, con tanta zozobra… Preocupados por él.
Gritando de frustración, Rand abrió un acceso, con lo que provocó que la gente se apartara de un salto, espantada. A gatas, se incorporó a trompicones y se lanzó a través del acceso mientras los soldados seanchan desenvainaban las espadas y gritaban palabras extrañas.
Rand aterrizó en una plataforma —un gran disco blanco y negro— en medio de un vacío de oscuridad. El portal se cerró a su espalda dejando atrás Ebou Dar, y el disco empezó a desplazarse. Flotó a través del vacío, alumbrado por una extraña luz envolvente. Rand se tumbó en el disco, hecho un ovillo, y acunó la llave de acceso al tiempo que respiraba hondo varias veces.
«¿Por qué no soy tan insensible como debería? —No sabía si el pensamiento era suyo o de Lews Therin. Los dos eran el mismo—. ¿Por qué no puedo hacer lo que debo?»
La plataforma viajó un corto espacio de tiempo a través de aquel vacío en el que el único sonido era la respiración de Rand. El disco guardaba semejanza con uno de los sellos de la prisión del Oscuro, dividido por una línea sinuosa que separaba la mitad negra de la blanca. Rand yacía justo encima. A la mitad negra la llamaban Colmillo del Dragón, y para la gente simbolizaba el mal. La destrucción.
Pero Rand era una destrucción necesaria. ¿Por qué el Entramado lo había presionado tanto si no tenía que destruir? Al principio él había intentado no matar, pero lo cierto era que la posibilidad de lograrlo era ínfima. Después se impuso no matar mujeres; otra cosa que le resultó imposible de cumplir.
Él era destrucción. Tenía que aceptarlo. Alguien tenía que ser lo bastante duro para hacer lo que debía hacerse, ¿o no?
Se abrió un acceso y Rand se puso a pie a trompicones, aferrado a la estatuilla. Un acceso abierto al lugar en que tiempo atrás había luchado contra los seanchan con Callandor. Y había fracasado.
Estuvo contemplando aquel sitio durante mucho tiempo, inhalando y exhalando, y después tejió otro acceso. Éste se abrió a un espacio nevado y el viento helado arremetió contra él. Salió y la nieve crujió bajo las botas; dejó que el acceso se cerrara.
Allí, el mundo se extendía ante él.
«¿Por qué he venido aquí?», se preguntó Rand.
«Porque creamos esto—respondió Rand—. Aquí fue donde morimos».
Se encontraba en la mismísima cúspide del Monte del Dragón, el solitario pico que había surgido violentamente cuando Lews Therin se había inmolado tres mil años atrás. A un lado, veía cientos de pies en declive hasta donde la ladera de la montaña había estallado abriéndose a una sima.
La abertura era enorme, más grande de lo que parecía de perfil. Una ancha perforación oval de roca roja, agitada, incandescente. Era como si faltara un trozo de montaña, arrancado de cuajo, dejando que el pico se alzara en el aire, pero con toda la ladera desaparecida.
Rand contempló desde lo alto aquel abismo hirviente. Semejaba las fauces de una bestia. El calor irradiaba de abajo y las cenizas ascendían, revoloteando, hacia el cielo.
Arriba, el pardusco firmamento estaba encapotado. Abajo, el suelo parecía igualmente distante, apenas visible, como una colcha de parches de tela. Allí, un trozo verde que era un bosque; allá, un pespunte que era un río. Al este divisó un pequeño punto en el río, como una hoja que flotara en la diminuta corriente. Tar Valon.
Rand se sentó y la nieve crujió bajo su peso. Dejó la llave de acceso en un montón de nieve que había delante de él y tejió Aire y Fuego para mantener caliente el cuerpo.
A continuación, acodado en las rodillas y con la cabeza apoyada en la mano, clavó los ojos en la estatuilla del hombre con la esfera.
Para pensar.
50
Vetas de oro
El viento soplaba alrededor de Rand, que estaba sentado en la cima del mundo. El tejido de Aire y Fuego había derretido la nieve en torno a él y había dejado al descubierto un pico de bordes irregulares y del color de la pizarra, de unos tres pasos de ancho. La cima era como una uña rota apuntando al cielo, y Rand se encontraba en la punta. Que Rand viera, se hallaba en la mismísima cúspide del Monte del Dragón, puede que en el punto más alto del mundo.
Seguía sentado en el pequeño afloramiento, con la llave de acceso apoyada en la roca, delante de él. A esa altitud el aire estaba enrarecido y le había costado trabajo respirar hasta que descubrió el modo de tejer Aire para que se comprimiera un poco más a su alrededor. Al igual que el tejido que lo mantenía caliente, tampoco sabía muy bien cómo había realizado este otro. Tenía un vago recuerdo de Asmodean tratando de enseñarle un tejido similar, y que él había sido incapaz de hacerlo bien. Sin embargo, ahora lo había ejecutado como sin nada. ¿Sería por la influencia de Lews Therin o tal vez se debía a su creciente familiaridad con el Poder Único?