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—¿Sabes lo de las visiones de esa mujer, Min? —preguntó.

Amys asintió con la cabeza.

—Una de esas visiones asocia a Rand al’Thor con las tres mujeres que amará. Otra asocia mis hijos con el Car’a’carn.

No dijo nada más y Amys no insistió. Era suficiente. Las dos sabían que sería más fácil encontrar a un Soldado de Piedra batiéndose en retirada a que una visión de Min no se cumpliera.

Por un lado, era positivo saber que Rand al’Thor sería suyo, aunque tuviera que compartirlo. No le importaba en cuanto a Elayne, por supuesto, pero Min… En fin, la verdad era que no la conocía. Sin embargo, la visión constituía un consuelo; aunque también resultaba irritante. Ella amaba a Rand al’Thor porque así lo quería, no porque estuviera destinada a amarlo. Claro que la visión de Min no garantizaba que Aviendha pudiera casarse con Rand, de modo que quizás lo que le había dicho a Amys estaba equivocado. Sí, él amaría a tres mujeres y tres mujeres lo amarían a él, pero ¿encontraría ella el modo de casarse con Rand?

No, el futuro no era seguro y, por alguna razón, eso la reconfortó. Quizá tendría que preocuparse, pero no lo hizo. Recobraría su honor y entonces se casaría con Rand al’Thor; tal vez él muriera poco después, pero también podía ocurrir que ese día les tendieran una emboscada y ella cayera abatida por una flecha. Preocuparse no resolvería nada.

El toh, sin embargo, era otra cosa muy distinta.

—He errado al hablar, Sabia —dijo—. Di por hecho que la visión indicaba que me casaría con Rand al’Thor, y eso no es verdad. Las tres lo amaremos, y aunque ese sentimiento suele ir parejo con el matrimonio, no lo sé con seguridad.

Amys asintió con la cabeza. No había toh; Aviendha había rectificado enseguida lo dicho. Eso estaba bien, porque no añadía más vergüenza a la que ya acumulaba.

—Bien, pues, discutamos el castigo de hoy —dijo Amys con la vista fija en el camino que tenía ante sí.

Aviendha se relajó un poco; así que aún disponía de tiempo para descubrir lo que había hecho mal. Los habitantes de las tierras húmedas parecían desconcertados por cómo enfocaban los castigos los Aiel, pero ellos entendían poco de honor. El honor no se ganaba por el hecho de que te castigaran, sino porque aceptando y soportando el castigo se recobraba el honor. Esa era el alma del toh: la voluntad de rebajarse uno mismo a fin de recuperar lo perdido. Le extrañaba que las gentes de aquí no lo entendieran; de hecho, era extraño que no siguieran el ji’e’toh de forma espontánea, por instinto. ¿Qué era la vida sin honor?

Amys, como debía ser, no le diría lo que había hecho mal. Sin embargo, Aviendha no estaba teniendo éxito en discurrir la respuesta por sí misma, y sería causa de menos vergüenza para ella si la descubría a través de una conversación.

—Sí, debería ser castigada—tanteó con cautela la joven—. El tiempo pasado en Caemlyn amenazaba con volverme endeble.

—No eres más blanda que cuando llevabas las lanzas, muchacha —repuso Amys con un resoplido—. Yo diría que eres un poco más fuerte. El tiempo que has pasado con tu primera hermana era importante para ti.

De modo que no se trataba de eso. Cuando Dorindha y Nadere habían ido a buscarla habían dicho que tenía que seguir con el entrenamiento como aprendiza. No obstante, desde que los Aiel habían salido hacia Arad Doman, Aviendha no había recibido lecciones. Le habían asignado la tarea de acarrear agua, de arreglar chales y de servir el té. Le habían aplicado todo tipo de castigos sin apenas explicaciones de lo que había hecho mal, y cuando hacía algo obvio —como ir a explorar cuando no debería hacerlo— la severidad del castigo siempre era mayor de lo que merecía la infracción cometida.

Casi daba la impresión de que fuera el castigo lo que las Sabias quisieran enseñarle, pero eso no podía ser. No era una habitante de las tierras húmedas a la que se tenía que enseñar los conceptos del honor. ¿De qué servía un castigo continuo e inexplicable, aparte de advertir de un grave error que hubiera cometido?

Amys se acercó a ella mientras desataba algo que llevaba en la cintura. Era una bolsa de paño que tenía el tamaño de un puño.

—Hemos llegado a la conclusión de que somos demasiado permisivas con tu enseñanza —dijo—. El tiempo es muy valioso y no hay lugar para las delicadezas.

Aviendha disimuló la sorpresa. ¿Que los castigos anteriores habían sido delicados?

—En consecuencia —continuó Amys al tiempo que le tendía la bolsa pequeña—, toma esto. Dentro hay semillas. Algunas son negras, otras son marrones y otras son verdes. Esta noche, antes de dormirte, separarás los colores y después contarás cuántas hay de cada uno. Si te equivocas, las mezclaremos y volverás a empezar.

Aviendha se quedó boquiabierta y casi se paró al trompicar. Acarrear agua era un trabajo necesario; arreglar la ropa era un trabajo necesario; cocinar era un trabajo necesario, sobre todo cuando el pequeño grupo de avanzadilla no se había hecho acompañar por ningún gai’shain.

Pero eso… ¡Eso era algo completamente inútil! No sólo carecía de importancia, sino que era frívolo. Era la clase de castigo reservado exclusivamente para las personas más tozudas, las que acumulaban más vergüenza. Casi… ¡Casi parecía que las Sabias la llamaran da’tsang!

—Por los ojos del Cegador de la Vista —susurró mientras reanudaba la marcha con esfuerzo—, ¿qué he hecho mal?

La Sabia le echó una mirada y Aviendha desvió la vista. Las dos sabían que no quería respuesta a esa pregunta. Tomó la bolsa en silencio. Era el castigo más humillante que había recibido en toda su vida.

Amys se apartó para correr con las otras Sabias. Aviendha se sacudió de encima el estupor, y la determinación volvió a ella; su error debía de haber sido más trascendente de lo que pensaba. El castigo de Amys era una indicación de ello, un indicio.

Abrió la bolsa y echó un vistazo dentro; había tres bolsitas de algode más pequeñas y vacías para facilitar la separación, y miles de minúsculas semillas que casi las sepultaban. Era un castigo pensado para hacerlo evidente, para procurarle más vergüenza. Lo que quiera que hubiese hecho era ofensivo no sólo para las Sabias, sino para todos los que estaban a su alrededor, aunque —como era su caso— no lo supieran.

Aquello sólo consiguió que su determinación cobrara más firmeza.

4

Al caer la noche

Gawyn vio al sol incendiar las nubes mientras moría por el oeste y la última luz del día se desvanecía. Aquella neblina de perpetua penumbra envolvía al propio sol como un sudario; igual que ocultaba las estrellas impidiéndole verlas por la noche. Ese día las nubes se elevaban en el cielo a una altitud anormal. A menudo, la cumbre del Monte del Dragón quedaba oculta en días nublados, pero esa bruma densa y gris flotaba a tal altura que, la mayor parte del tiempo, ni siquiera rozaba la cúspide truncada de bordes aserrados.

—Entablemos batalla con ellos —susurró Jisao, agazapado junto a Gawyn en lo alto de la colina.

Gawyn apartó la vista del ocaso para dirigirla hacia la aldea que había allá abajo. No debería haber nadie en las calles a excepción, tal vez, de algún cabeza de familia que hubiera salido para echar un último vistazo a los animales antes de ir a dormir; tendría que estar casi a oscuras, salvo por la luz de unas pocas velas de sebo tras las ventanas mientras la gente acababa de cenar.

Pero no estaba en penumbra ni las calles se encontraban desiertas; la aldea resplandecía con el intenso brillo de las antorchas enarboladas por una docena de figuras robustas. A la luz de esas antorchas y la tenue del sol a punto de ponerse, Gawyn distinguía que vestían uniformes anodinos, en marrón y negro, si bien no alcanzaba a ver la insignia con tres estrellas aunque sabía que la llevaban puesta.