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Las visiones surgían cada vez que pensaba en Mat o en Perrin, y Rand había dejado de desecharlas. Ignoraba lo que provocaba que aparecieran las imágenes; probablemente se debía a su naturaleza como ta’veren que interactuaba con la de los otros dos ta’veren de su pueblo natal. Fuera lo que fuera, se valía de ello; sólo era una herramienta más. Al parecer Mat seguía con la Compañía, pero ya no estaban acampados en terreno boscoso. Era difícil precisarlo desde ese ángulo, aunque daba la impresión de que Mat se encontrara a las afueras de una ciudad. Al menos se veía una calzada amplia a corta distancia.

Hacía un tiempo que Rand no veía con Mat a la mujer de estatura baja y piel oscura. ¿Dónde estaría? ¿Adónde habría ido?

La visión se desvaneció. Con suerte, Mat no tardaría mucho en reunirse con él. Iba a necesitarlo en Shayol Ghul; a él y a sus conocimientos tácticos.

Uno de los oficiales de intendencia de Bashere —un tipo de bigote poblado, piernas arqueadas y cuerpo achaparrado— vio a Rand y se acercó a paso rápido. Rand hizo un gesto con la mano al saldaenino para que se retirara; en aquel momento no tenía la cabeza para informes de suministros. El oficial de intendencia saludó y retrocedió al punto. En otro tiempo Rand se habría sorprendido de la rapidez con que le obedecían, pero ya no. Lo pertinente era que los soldados acataran las órdenes. Él era un rey, aunque en ese momento no llevara ceñida la Corona de Espadas.

Cruzó todo el prado repleto de tiendas e hileras de caballos estacados, pasó el parapeto defensivo de tierra —aún inconcluso— y dejó atrás el campamento; a partir de allí el pinar seguía extendiéndose por la suave inclinación, ladera abajo. Metida en un pequeño agrupamiento de árboles que se alzaban justo a la derecha, se hallaba la zona de Viaje, un sector cuadrado de tierra que se había cercado con cuerdas como medida de precaución en la zona de apertura de accesos.

En aquel momento se cernía en el aire uno abierto a otro lugar. Un grupo reducido de personas lo cruzaba y entraba en el terreno salpicado de piñas. Rand vislumbraba los tejidos que creaban el acceso, de modo que ése se había realizado con saidin.

La mayoría de la gente del grupo vestía las ropas coloridas del pueblo de los Marinos; los hombres tenían el torso desnudo a pesar del frío airecillo primaveral, y las mujeres iban con blusas amplias de tonos intensos. Todos llevaban pantalones holgados y lucían aros que atravesaban orejas y narices; los complejos adornos eran la forma de señalar el rango de las personas del Pueblo del Mar.

Mientras esperaba a los Marinos, uno de los soldados que estaba de guardia en la zona de Viaje se acercó a Rand y le entregó una carta precintada con un sello. La misiva sería una de las enviadas vía Asha’man desde uno de los lugares de interés para Rand en el este. En efecto, al abrirla vio que la enviaba Darlin, el rey teariano. Rand le había dejado órdenes de reunir un ejército y prepararlo para entrar en Arad Doman. Ya hacía un tiempo que el ejército estaba agrupado, pero Darlin cuestionaba —una vez más— sus órdenes. ¿Es que era tan difícil hacer lo que le mandaban a uno?

—Envía un mensajero —le dijo al soldado mientras se guardaba la carta con gesto impaciente—. Que le comunique a Darlin que siga reclutando soldados. Quiero que llame a filas a todo teariano capaz de sostener una espada y que les den entrenamiento, ya sea para el combate o para trabajar en las forjas. La Última Batalla es inminente. La tenemos en puertas.

—Sí, milord —contestó el soldado al tiempo que saludaba.

—Que le comunique también que enviaré Asha’man cuando se ponga en movimiento —explicó Rand—. Aún tengo intención de utilizarlo en Arad Doman, pero antes he de ver lo que los Aiel han descubierto.

El soldado le hizo una reverencia y se retiró al tiempo que Rand se volvía hacia los Marinos. Una de las mujeres se aproximó a él.

—Coramoor —saludó ella con un cabeceo.

Harine era una mujer atractiva, de mediana edad, con un mechón blanco en el cabello. La blusa Atha’an Miere era de un color azul tan intenso que dejaría pasmado a un gitano, y lucía cinco impresionantes aros de oro en cada oreja, así como una cadenilla hasta la nariz de la que colgaban medallones, asimismo de oro.

—No esperaba veros aquí para recibirnos en persona —añadió Harine.

—Tenía que hacer unas preguntas que no podían esperar.

Harine pareció sorprendida; era la embajadora de su pueblo ante el Coramoor, como llamaban a Rand. Los Marinos estaban enfadados con él por haber dejado pasar semanas sin tener a su lado a una agregada Atha’an Miere —había prometido tenerla junto a él a todas horas— y, sin embargo, Logain había mencionado que dudaban si mandar a Harine de nuevo. ¿Por qué razón? ¿Había alcanzado un rango más alto haciéndose demasiado importante para prestarle asistencia? ¿Es que alguien podía ser demasiado importante para servir con el Coramoor? Claro que, para Rand, pocas cosas de los Marinos tenían sentido.

—Responderé si puedo —dijo Harine con cautela.

Tras ella, los porteadores trasladaban el resto de sus pertenencias a través del acceso. Flinn se encontraba al otro lado, manteniendo abierto el portal.

—Bien —dijo Rand, que se puso a pasear de un lado para otro delante de la mujer mientras le hablaba.

A veces se sentía tan cansado, tan exhausto, que sabía que tenía que mantenerse en movimiento de forma constante. Si se paraba, sus enemigos lo encontrarían. O, si no, su propio agotamiento, tanto mental como físico, lo rendiría.

—Respóndeme una cosa —demandó sin dejar de pasear—, ¿dónde están los barcos prometidos? El pueblo domani se muere de hambre mientras el grano se pudre en el este. Logain dijo que habíais accedido a mis demandas, pero no ha habido ni asomo de vuestros barcos. ¡Han pasado semanas!

—Nuestros barcos son veloces, pero hay una gran distancia que recorrer, además de que hemos de navegar por mares controlados por los seanchan —repuso Harine, malhumorada—. Los invasores han sido diligentes en extremo con sus patrullas, y nuestras naves tuvieron que dar media vuelta y huir en varias ocasiones. ¿Esperabais que pudiéramos traer los víveres en un instante? Quizá la facilidad de viajar que ofrecen esos accesos os han vuelto impaciente, Coramoor. Hemos de afrontar las realidades de la navegación y de la guerra, aunque vos no lo hagáis.

El tono utilizado por la mujer de los Marinos implicaba que Rand tendría que afrontar dichas realidades en este caso.

—Espero resultados —contestó él a la par que sacudía la cabeza—. Y espero que no haya retrasos. Sé que a los Marinos no os agrada veros obligados a cumplir el acuerdo, pero no estoy dispuesto a sufrir retrasos para que alguien deje clara su postura. La gente muere por vuestra lentitud.

—A buen seguro que el Coramoor no quiere decir con eso que no tenemos intención de cumplir nuestro Compromiso. —El gesto de Harine era el de una persona a la que han abofeteado.

Los Marinos eran obstinados y orgullosos, y las Señoras de las Olas, más que la mayoría. Eran como toda una casta de Aes Sedai. Rand vaciló.

«No debería insultarla, y menos si es por sentirme frustrado por otras cosas».

—No —admitió por fin—, no quiero decir eso. Dime, Harine, ¿fuiste castigada con mucha dureza por la parte que tuviste en nuestro acuerdo?

—Me colgaron de los tobillos, desnuda, y me dieron correazos hasta que fui incapaz de gritar más.

No bien había pronunciado esas palabras, la mujer abrió los ojos como platos por la impresión. A menudo, a causa de la influencia de Rand por su condición de ta’veren la gente decía cosas que no tenía intención de reconocer en voz alta.