Выбрать главу

«Lan…»

No, mejor no pensar en él en ese momento. Lan estaría bien; sólo que al final de su viaje de miles de millas se encontraría en peligro. Allí era donde intentaría arrojarse contra la Sombra como una flecha solitaria disparada contra una pared de ladrillos…

«No —se dijo para sus adentros—. No estará solo. Me encargué de que no lo estuviera».

—Bien, pues, continuemos —dijo en voz alta, centrándose con esfuerzo en lo inmediato, sin mostrar deferencia hacia Daigian.

Le estaba haciendo un favor a esa mujer, distrayéndola de su pena. O, al menos, así era como lo había explicado Corele. No se reunían en beneficio de Nynaeve; ella no tenía nada que demostrar. Era Aes Sedai, y las otras podían pensar e insinuar lo que quisieran.

Aquello no era más que una estratagema para ayudar a Daigian, punto. Nada más.

—Éste es el tejido octogésimo primero —dijo la Blanca.

El brillo del saidar la envolvió, y Daigian encauzó para crear un tejido muy complejo de Fuego, Aire y Energía. Complejo, pero inútil. El tejido configuraba tres anillos de fuego en el aire que resplandecían con fuerza inusual, pero ¿de qué servía todo eso? Nynaeve ya sabía cómo crear bolas de fuego y esferas de luz; ¿por qué perder tiempo aprendiendo tejidos que repetían lo que ya sabía, sólo que de una forma mucho más complicada? ¿Y por qué cada anillo tenía que ser de una tonalidad ligeramente distinta?

Nynaeve movió una mano con aire indiferente y repitió el tejido con exactitud.

—¡Éste parece el más inútil de todo el grupo, en serio! ¿Para qué sirven todos ellos?

Daigian frunció los labios y no dijo nada, pero Nynaeve sabía que la otra mujer pensaba que todo aquello tendría que resultarle mucho más difícil.

—No puedo hablarte mucho sobre la prueba —dijo por fin Daigian—. Lo único que puedo decirte es que necesitarás repetir estos tejidos con exactitud, y hacerlos mientras estás sometida a una gran distracción. Cuando llegue el momento, lo comprenderás.

—Lo dudo —replicó de forma rotunda mientras repetía el tejido tres veces sin dejar de hablar—. Porque, como creo que ya te he dicho una docena de veces, no voy a pasar la prueba. Ya soy Aes Sedai.

—Por supuesto que sí, querida.

Nynaeve apretó los dientes. Esa no había sido una buena idea. Cuando había abordado a Corele —que se suponía que era miembro del mismo Ajah que Nynaeve— la mujer se había negado a aceptarla como a una igual. Lo hizo con afabilidad, como solía ser su modo de actuar, pero la implicación quedó muy clara; incluso se mostró compasiva. ¡Compasiva! Como si Nynaeve necesitara su conmiseración. Y le sugirió que saber y dominar los cien tejidos que cualquier Aceptada aprendía para la prueba de aspirantes a Aes Sedai, podría ayudarla a reforzar su credibilidad.

El problema era que hacerlo colocaba a Nynaeve en una situación en la que se la trataba de nuevo como a una estudiante. Claro que entendía la utilidad de saberse los cien tejidos —había dedicado muy poco tiempo a estudiarlos— y prácticamente todas las hermanas lo sabían. ¡No obstante, el hecho de aceptar recibir lecciones no implicaba que se viera a sí misma como una estudiante!

Alargó la mano hacia la trenza, pero se contuvo a tiempo. Denotar emociones era otro factor para que las demás Aes Sedai la trataran como lo hacían. ¡Si tuviera como ellas un rostro intemporal! ¡Bah!

El siguiente tejido de Daigian sonó como un taponazo en el aire y, una vez más, el tejido en sí era de una complejidad innecesaria. Nynaeve lo copió sin apenas pensarlo, al tiempo que lo aprendía de memoria.

Daigian se quedó mirando el tejido un instante, como abstraída.

—¿Qué pasa? —inquirió Nynaeve, malhumorada.

—¿Eh? Oh, nada, nada, es sólo que… La última vez que realicé este tejido sobresalté a… Bueno, no importa.

A Eben. Su Guardián era joven, tal vez quince o dieciséis años, y ella le tenía mucho cariño. Eben y Daigian solían compartir juegos como un niño y su hermana mayor, en vez de una Aes Sedai y su Guardián.

«Un muchacho de sólo dieciséis años, muerto —pensó Nynaeve—. ¿Es que Rand tenía que reclutarlos tan jóvenes?»

El semblante de Daigian adoptó un gesto severo, y la mujer controló sus emociones mucho mejor de lo que Nynaeve habría sido capaz de hacer en su caso.

«Quiera la Luz que nunca me encuentre en la misma situación —pensó—. Al menos hasta dentro de muchos, muchísimos años». Lan no era aún su Guardián, pero ella se proponía que lo fuera cuanto antes. Después de todo, ya era su esposo. Todavía le encolerizaba que Myrelle conservara el vínculo con él.

—Tal vez podría ayudarte, Daigian —se ofreció Nynaeve mientras se echaba hacia adelante y ponía la mano en la rodilla de la otra mujer—. Si lo intentara con la Curación, a lo mejor…

—No —fue la seca respuesta de la Aes Sedai.

—Pero…

—Dudo que puedas ayudarme.

—Todo es susceptible de ser Curado, aunque todavía no sepamos cómo —insistió Nynaeve con obstinación—. Todo excepto la muerte.

—¿Y qué harías, querida? —preguntó Daigian.

Nynaeve se preguntó si evitaba llamarla por su nombre a propósito o si era un efecto inconsciente por su relación. No podía utilizar la palabra «pequeña» como habría hecho con una verdadera Aceptada, pero llamarla por su nombre podría implicar igualdad.

—Haría algo —contestó—. Ese dolor que sientes tiene que ser resultado del vínculo y, en consecuencia, relacionado con el Poder Único. Si el Poder te causa el dolor, entonces el Poder puede quitarlo.

—¿Y por qué iba yo a querer eso? —le preguntó Daigian, de nuevo dueña de sí.

—Bueno… En fin, porque es dolor. Hace daño.

—Como debe ser —dijo Daigian—. Eben ha muerto. ¿Querrías tú olvidar tu dolor si perdieras a ese desmañado gigante tuyo? ¿Es que has amputado tus sentimientos hacia él como si fueran un trozo de carne podrida en un asado, por lo demás, excelente?

Nynaeve abrió la boca, pero no dijo nada. ¿Debería? No era tan sencillo… Sus sentimientos por Lan eran genuinos, y no debido a un vínculo. Era su esposo y lo amaba. Daigian había sido posesiva con su Guardián, pero lo suyo había sido el afecto de una tía por su sobrino preferido. No era lo mismo.

No obstante, ¿querría ella que le quitaran el dolor? Cerró la boca al ver de repente la dignidad que había en las palabras de Daigian.

—Lo entiendo, y te pido disculpas.

—No importa, querida. La lógica que guarda esto a veces me parece sencilla, pero me temo que otras no lo aceptan. De hecho, algunas argumentarían que la lógica del tema depende del momento y de cada persona. ¿Quieres que te enseñe el siguiente tejido?

—Sí, por favor —asintió Nynaeve, fruncido el entrecejo.

Ella misma era tan fuerte en el Poder (una de las más fuertes entre las Aes Sedai vivas), que a menudo no pensaba siquiera en su capacidad. Se parecía mucho al caso de un hombre muy alto que rara vez se fija en la talla de otras personas; todos los demás son más bajos que él, por lo cual la diferencia de tallas no tenía mayor importancia.

¿Qué sentiría alguien como Daigian, que había sido la mujer que había pasado más tiempo como Aceptada que se recordara? ¿Una mujer que había alcanzado el chal por muy poco o, como muchas decían, por los pelos y en el último suspiro? Daigian tenía que mostrar deferencia a todas las demás Aes Sedai. Estando con cualquier otra hermana, ella siempre era la inferior, y si era con otras dos, Daigian les serviría el té. En presencia de hermanas más poderosas se esperaba que fuera servil. Bueno, no tanto. Al fin y al cabo era Aes Sedai, pero aun así…

—Algo falla en este sistema, Daigian —comentó, absorta.

—¿Con la prueba? Es correcto que exista alguna clase de prueba que determine la valía de la aspirante, y la ejecución de tejidos difíciles sometida a una fuerte tensión nerviosa me parece que cumple con esa necesidad.

—No me refería a eso, sino al sistema que determina el trato que hemos de darnos las unas a las otras.