Выбрать главу

Daigian enrojeció. Se consideraba de mala educación referirse a la fuerza en el Poder de otra mujer, en cualquier circunstancia. Claro que ella nunca había sido muy buena en cuanto a amoldarse a las expectativas de otras personas, sobre todo cuando tales expectativas eran estupideces.

—Ahí estás, sabiendo tanto como cualquier otra Aes Sedai —dijo—, apostaría que más preparada que muchas, y en el momento en que cualquier Aceptada que acaba de quitarse el delantal alcanza el chal, tienes que hacer lo que diga ella.

—Deberíamos seguir con la clase —dijo Daigian, más sonrojada aún.

Es que no era justo. Sin embargo, Nynaeve dejó a un lado el asunto. Ya se había metido en esa misma trampa cuando había enseñado a las Allegadas a plantarse y mantenerse firmes con las Aes Sedai. Poco después le plantaban cara a ella también, algo con lo que Nynaeve no había contado. No estaba segura si deseaba repetir una revolución similar entre las propias Aes Sedai.

Intentó centrarse de nuevo en la clase, pero la sensación de una tormenta inminente hacía que los ojos se le desviaran a la ventana. La habitación se encontraba en el segundo piso y tenía una buena vista del campamento. Fue pura casualidad que captara una vislumbre de Cadsuane; ese moño gris adornado con ter’angreal de aspecto inocente llamaba la atención incluso desde lejos. La mujer cruzaba el patio a paso vivo en compañía de Corele.

«¿Qué se trae entre manos?», se preguntó Nynaeve. El paso rápido de Cadsuane despertó sus sospechas. ¿Qué habría pasado? ¿Algo que ver con Rand? Si ese hombre conseguía de nuevo que lo hirieran…

—Disculpa, Daigian, acabo de recordar que debo ocuparme de una cosa —dijo mientras se ponía de pie.

—Oh, bueno —empezó la otra mujer—. De acuerdo, Nynaeve, supongo que podemos continuar en otro momento.

Nynaeve ya había salido por la puerta con prisa y bajaba la escalera, cuando cayó en la cuenta de que Daigian la había llamado por su nombre. Sonreía cuando salió al prado.

En el campamento había Aiel, algo de por sí nada insólito; a menudo Rand tenía un grupo de Doncellas que actuaban como su guardia personal, pero esos Aiel eran hombres que vestían el polvoriento cadin’sor pardo y llevaban lanzas al costado. Un buen número de ellos llevaba ceñida a la frente la cinta marcada con el emblema de Rand.

¿Sería por eso por lo que Cadsuane tenía tanta prisa? Si los jefes de clan habían llegado, entonces Rand tendría que reunirse con ellos. Nynaeve caminó a través del prado —que de hecho no tenía ni una brizna verde— echando pestes. Rand no había mandado llamarla, y no porque no quisiera incluirla en la reunión, probablemente, sino porque era demasiado atolondrado para que se le ocurriera. Ni que fuera el Dragón Renacido ni que no, a ese hombre rara vez se le pasaba por la cabeza compartir sus planes con otros. Nynaeve habría pensado que, después de tanto tiempo, Rand se habría dado cuenta de la importancia de contar con alguien con más experiencia que él para que le aconsejara. ¿Cuántas veces lo habían raptado, herido o apresado por su imprudencia?

Puede que todos los demás del campamento le hicieran reverencias y se arrastraran ante él, pero Nynaeve sabía que no era más que un pastor de ovejas de Campo de Emond. Seguía metiéndose en líos igual que cuando Matrim y él hacían travesuras de muchachos. Sólo que, ahora, en lugar de aturullar a las chicas del pueblo podía sumir en el caos a naciones enteras.

Al extremo opuesto del prado —justo enfrente de la casa de campo y cerca del parapeto— los Aiel recién llegados empezaban a montar su propio campamento, incluidas las tiendas de color pardo. Las situaban de forma distinta de como los hacían los saldaeninos; en lugar de hacerlo en hileras rectas, los Aiel preferían juntarlas en pequeños grupos organizados por asociaciones. Algunos hombres de Bashere saludaban a los Aiel que pasaban cerca, pero ninguno hizo intención de prestarles ayuda. Los Aiel podían ser muy picajosos, y aunque Nynaeve consideraba a los saldaeninos mucho menos irracionales que la mayoría de la gente, eran hombres de las Tierras Fronterizas, al fin y al cabo. Las escaramuzas con los Aiel habían sido el pan de cada día para ellos en otras épocas, y la guerra de Aiel tampoco estaba tan distante en el tiempo. De momento, todos luchaban en el mismo bando, pero eso no era óbice para que los saldaeninos se movieran con más cuidado ahora que los Aiel habían llegado en gran número.

Nynaeve recorrió con la vista los alrededores buscando una señal de Rand o de cualquier Aiel que conociera. Dudaba que Aviendha se encontrara con el grupo; debía de seguir en Caemlyn, con Elayne, ayudándola a afianzarse en el trono de Andor. Nynaeve aún se sentía culpable por haberlas dejado solas, pero alguien tenía que ayudar a Rand a limpiar el saidin. Bien, ¿y dónde se había metido ese hombre?

La antigua Zahorí se detuvo en la línea divisoria entre los saldaeninos y el campamento recién montado de los Aiel. Soldados armados con lanzas la saludaron con un cabeceo respetuoso. Aiel vestidos con ropas marrones y verdes deambulaban por la hierba con movimientos suaves como el discurrir del agua. Mujeres con ropas azules y verdes cargaban con coladas desde el arroyo que había junto a la gran casa. Las anchas agujas de los pinos temblaban con el aire. En el campamento había tanto bullicio como en el Prado del pueblo durante la fiesta de Bel Tine. ¿En qué dirección había ido Cadsuane?

Notó que encauzaban hacia el nordeste y Nynaeve sonrió mientras echaba a andar con paso decidido, entre el frufrú de la falda amarilla; tenía que ser una Aes Sedai o una Sabia la que encauzaba. En efecto, enseguida vio una tienda Aiel más grande que se alzaba en una esquina del prado. Se dirigió directamente hacia allí consiguiendo que los soldados saldaeninos —ya fuera por las miradas que les lanzó o por su reputación— se apartaran de su camino. Las Doncellas que guardaban la entrada ni siquiera intentaron detenerla.

Rand se encontraba dentro, vestido con traje negro y rojo, y hojeaba mapas que había encima de una sólida mesa de madera, con el brazo izquierdo detrás de la espalda. Bashere estaba a su lado asintiendo con la cabeza y estudiando el pequeño mapa que sostenía ante sí.

Al entrar Nynaeve, Rand alzó la vista. ¿Cuándo había empezado a tener un aspecto tan semejante a un Guardián, con esa mirada instantánea de valoración? ¿Esos ojos que captaban cualquier amenaza, tenso el cuerpo, como si esperara un ataque en cualquier momento?

«Nunca debiste dejar que esa mujer se lo llevara de Dos Ríos —se reprochó para sus adentros—. Fíjate en lo que se ha convertido».

De inmediato frunció el entrecejo ante su propia estupidez. Si Rand se hubiese quedado en Dos Ríos se habría vuelto loco y quizá los hubiera destruido a todos… siempre y cuando los trollocs, los Fados o los propios Renegados no se hubieran encargado antes de la tarea. Si Moraine no hubiese ido a buscar a Rand ahora estaría muerto. Con él habría desaparecido la luz y la esperanza del mundo. Lo que pasaba es que costaba mucho desprenderse de sus viejos prejuicios.

—Ah, Nynaeve —dijo Rand, que se relajó y se centró de nuevo en los mapas. Hizo una seña a Bashere para que inspeccionara uno y después se volvió hacia ella—. Estaba a punto de mandar a buscarte. Rhuarc y Bael han llegado.

—¿Sí? —preguntó impasible, con una ceja enarcada y cruzada de brazos—. Y yo que, al ver a todos esos Aiel en el campamento, pensé que nos atacaban los Shaido.

El semblante de Rand se endureció ante el tono de la antigua Zahorí, y aquellos ojos se tornaron… peligrosos. Pero enseguida cambió de expresión y meneó la cabeza casi como para aclararse las ideas. Algo del antiguo Rand —el Rand que había sido un pastor inocente— pareció retornar a él.

—Sí, claro, te diste cuenta de su llegada —dijo—. Me alegro de que estés aquí. Empezaremos tan pronto como los jefes de clan regresen. He insistido en que se ocupen de que su gente se instale antes de empezar con la reunión.