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Si ahora tomaba el camino fácil para salir del apuro, ¿qué pensaría Bryne de ella? Creería haber ganado y que ella había demostrado ser incapaz de cumplir su palabra. Ni hablar; no iba a permitir que pasara eso.

Además, no pensaba dejar que fuera Lelaine la que la liberara del compromiso. Sólo serviría para traspasarle a ella su deuda con Bryne. La Aes Sedai se la cobraría de forma mucho más sutil, pero acabaría pagando hasta la última moneda de un modo u otro, aunque fuera mediante exigencias de lealtad.

—Lelaine, no albergo ninguna sospecha hacia el buen general. Aun así, controla nuestro ejército y, en consecuencia, ¿se puede confiar en que haga lo que se requiere sin ninguna supervisión?

—Dudo que se pueda confiar en ningún hombre sin la debida guía —fue la respuesta de la otra Azul, que aspiró con fuerza por la nariz.

—Detesto hacerle la colada —dijo Siuan, y era cierto; aunque no renunciaría a cumplir con su parte ni por todo el oro de Tar Valon—. Pero esa tarea me mantiene cerca, atenta a lo que pueda oír…

—Sí, sí, veo que tienes razón —admitió Lelaine al tiempo que asentía con un lento cabeceo—. No olvidaré tu sacrificio, Siuan. De acuerdo, puedes irte.

Dicho esto, Lelaine se dio la vuelta y se miró la mano, como deseosa de ver algo en ella. A buen seguro, ansiosa de que llegara el día en que, como Amyrlin, pudiera ofrecer el anillo de la Gran Serpiente para que lo besaran cuando se separara de otra hermana. Luz, Egwene tenía que regresar pronto. ¡Por todos los lucios untados con mantequilla! ¡Puñeteros lucios resbaladizos!

Siuan se encaminó hacia el límite del campamento Aes Sedai. El ejército de Bryne lo rodeaba en un gran círculo, pero ella se hallaba justo al extremo opuesto de donde se encontraba Bryne. Le llevaría media hora larga ir a pie hasta su puesto de mando; por suerte se topó con un conductor que llevaba una carreta llegada a través de un acceso, con comida para el ejército. El hombre bajo, de pelo canoso, accedió de inmediato a transportarla junto con el cargamento de nabos, aunque le desconcertó que no fuera a pedir un caballo, como correspondía a su condición de Aes Sedai. Bueno, pues, tampoco estaba tan lejos, e ir montada junto a unos vegetales era mucho menos indigno que verse obligada a ir de aquí para allá dando brincos encima de un caballo. Si Gareth Bryne quería protestar por su tardanza, entonces le iba a decir unas cuantas cosas. ¡Vaya que sí!

Se recostó en un saco en el que se marcaban multitud de bultos, con las piernas colgando por la parte trasera de la carreta. A medida que el vehículo ascendía una pequeña cuesta, Siuan divisó el campamento Aes Sedai de tiendas blancas organizado a semejanza de una ciudad y circunvalado por las tiendas más pequeñas del ejército, éstas colocadas en hileras rectas; a su vez, esas tiendas estaban rodeadas por un creciente anillo de seguidores de campamento.

Y más allá del conjunto, acabado el deshielo de las nieves invernales, el color predominante en el paisaje era un marrón pardusco, sin apenas brotes de primavera. El campo aparecía salpicado de agrupamientos de robles; las sombras en los valles y las sinuosas volutas del humo de chimeneas apuntaban la presencia de pueblos distantes. Era sorprendente la sensación familiar y acogedora que transmitían esas praderas. Cuando había pisado Tar Valon por primera vez, estaba convencida de que jamás sentiría cariño por esa campiña sin acceso al mar.

Ahora llevaba viviendo en Tar Valon mucho más tiempo que en Tear; a veces le costaba trabajo recordar a la chica que había remendado redes y había salido de madrugada para pescar al arrastre en el barco de su padre. Se había convertido en una persona distinta, una mujer que mercadeaba con secretos, en vez de hacerlo con pescado.

Secretos; esos secretos poderosos, dominadores… Secretos que eran su vida ahora. Sin amor, excepto algún coqueteo de juventud, sin tiempo para enredos ni apenas hueco para amistades. Se había centrado de manera exclusiva en una cosa: encontrar al Dragón Renacido, ayudarlo, guiarlo y, con suerte, controlarlo.

Moraine había muerto en pos de esa misma misión, pero al menos había salido y había visto mundo. Siuan había envejecido —en espíritu, ya que no en lo físico— encerrada en la Torre, tirando de los hilos y espoleando al mundo. Algo bueno había hecho. El tiempo diría si habían bastado esos esfuerzos.

No lamentaba la vida que había llevado; en ese momento, sin embargo, mientras pasaba entre las tiendas del ejército —zarandeada en la carreta como espinas secas de pescado dentro de una olla por los baches y las rodadas del camino—, envidió a Moraine. ¿Cuántas veces se había molestado ella en asomarse a la ventana para contemplar el maravilloso verdor del paisaje antes de que todo empezara a salir mal? Moraine y ella habían luchado con todas sus fuerzas para salvar al mundo, pero se habían quedado sin nada con lo que disfrutar de él.

Quizás había cometido un error al elegir de nuevo el Azul, a diferencia de Leane, que había aprovechado la oportunidad a raíz de ser neutralizadas y posteriormente Curadas para elegir el Ajah Verde.

«No, no. Aún estoy volcada en salvar a este condenado mundo», pensó, sacudida por los brincos de la carreta y envuelta en el olor de los nabos agrios. No habría cambio al Verde para ella. Con todo, al pensar en Bryne habría querido que el Azul se pareciera un poco al Verde en ciertos aspectos.

Siuan la Amyrlin no había tenido tiempo para enredos amorosos, pero ¿y Siuan la ayudante? Guiar a la gente manipulándola de forma solapada requería mucha más habilidad que intimidarla con el poder de la Sede Amyrlin, y le estaba resultando mucho más gratificante. Además, también la libraba del peso aplastante de la responsabilidad que había tenido durante los años pasados al frente de la Torre Blanca. ¿Habría sitio en su vida para unos cuantos cambios más?

La carreta llegó a la otra punta del campamento del ejército y Siuan, sacudiendo la cabeza en un gesto de reproche por su estupidez, se bajó de un salto y le dio las gracias al carretero. ¿Acaso era una muchachita raspando la edad para pasar su primer día a jornada completa pescando pez negro con redes de arrastre? No tenía sentido pensar en Bryne así; al menos, de momento. Había mucho que hacer.

Caminó a lo largo del perímetro del campamento, con las tiendas del ejército a su izquierda. Empezaba a oscurecer, y las lámparas que quemaban el valioso combustible alumbraban grupos desorganizados de chabolas y tiendas a su derecha. Al frente había una empalizada circular, no muy alta pero lo bastante amplia para acoger varias docenas de tiendas para oficiales y algunas tiendas de mando más grandes. Se suponía que haría las veces de una fortificación en caso de emergencia, pero era un centro de operaciones en todo momento; a Bryne le agradaba tener una barrera física que separara el campamento grande del lugar en que conferenciaba con sus oficiales. De otro modo, con la confusión reinante en un campamento civil y con una linde tan grande que patrullar, sería fácil para los espías acercarse a esas tiendas.

Sólo estaban hechas tres cuartas partes de la empalizada, pero el trabajo avanzaba con rapidez. A lo mejor Bryne decidía al final rodear todo el ejército si el sitio se prolongaba bastante tiempo. De momento, la pequeña fortificación del puesto de mando serviría para dar seguridad a los soldados, además de transmitir la idea de autoridad.

Los postes de ocho pies de altura se alzaban un poco más adelante cual una línea de centinelas, con las puntas enfilando al cielo. Teniendo puesto un asedio, por lo general había que disponer de un montón de mano de obra para trabajar así. Los guardias de la empalizada —que conocían a Siuan— la dejaron pasar, y ella se dirigió con rapidez a la tienda de Bryne. Tenía que lavar ropa, pero era probable que no hiciera gran parte de la colada hasta el día siguiente por la mañana. Se suponía que debía reunirse con Egwene en el Tel’aran’rhiod tan pronto como oscureciera, y la luz del ocaso empezaba a menguar.