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Como era habitual, la tienda de Bryne sólo estaba alumbrada por una débil luz. Mientras que la gente del cerco exterior derrochaba el combustible, él lo escatimaba. Muchos de sus hombres vivían mejor que él. Pedazo de tonto. Siuan se abrió paso al interior de la tienda, sin llamar. Si ese hombre era tan idiota de cambiarse sin meterse detrás del biombo, entonces es que merecía que vieran lo tonto que era.

Él se encontraba sentado ante el escritorio trabajando a la luz de una única vela. Parecía enfrascado en la lectura de los informes de exploradores.

Siuan resopló y dejó que los paños de la entrada de la tienda se cerraran tras ella. ¡Ni siquiera una lámpara! ¡Qué hombre!

—Os estropearéis la vista leyendo con tan poca luz, Gareth Bryne.

—Llevo casi toda la vida leyendo a la luz de una vela, Siuan —repuso él y, sin alzar la vista, pasó la página—. Y, si queréis saberlo, mi vista sigue siendo igual que cuando era un muchacho.

—¿De veras? ¿Queréis decir, pues, que nunca habéis tenido buena vista?

Bryne esbozó una sonrisa, pero no dejó de leer, y Siuan volvió a resoplar, esta vez con más fuerza para asegurarse de que él la oyera. Después tejió una esfera de luz y la dirigió flotando por el aire hasta el escritorio. Pedazo de tonto. No quería que se quedara tan ciego que cayera en combate por un ataque que no viera venir. Después de situar la esfera luminosa cerca de la cabeza del hombre —quizá demasiado para que se sintiera cómodo con ella sin apartarse un poco— se dirigió hacia la cuerda que había extendida en el centro de la tienda para recoger la ropa tendida que estuviera seca. Bryne no había protestado porque Siuan utilizara el interior de su tienda para tender ropa a secar ni había quitado la cuerda, por lo que Siuan se llevó un buen chasco, ya que esperaba poder echarle una bronca por quejicoso.

—Una mujer del campamento exterior se me acercó hoy y se ofreció para hacerme la colada —dijo Bryne mientras corría la silla hacia un extremo del escritorio, tras lo cual recogió otro montón de páginas—. Al parecer está organizando un grupo de lavanderas en el campamento, y asegura que me tendría hecha la colada más deprisa y mejor que una única criada distraída.

Siuan se quedó paralizada y miró de soslayo a Bryne, que repasaba sus papeles. La fuerte mandíbula quedaba iluminada a la izquierda por la blanca luz inmóvil de su esfera y a la derecha por la titilante luz anaranjada de la vela. Algunos hombres se debilitaban con la edad; a otros los hacía parecer cansados o astrosos. A Bryne la edad simplemente lo había vuelto distinguido, como una columna trabajada por un maestro albañil para después dejarla al azote de los elementos. Los años no habían mermado su eficacia ni su fuerza; sólo le habían otorgado carácter al cubrirle las sienes con plata y marcarle el firme semblante con arrugas de sabiduría.

—¿Y qué le dijisteis a esa mujer? —le preguntó.

Bryne pasó una página antes de responder:

—Le dije que estaba satisfecho con el lavado de mi ropa. —Entonces alzó la vista hacia ella—. He de admitir, Siuan, que estoy sorprendido. Di por sentado que una Aes Sedai no sabría mucho de un trabajo como éste, pero rara vez mis uniformes han conocido tan perfecta combinación de rigidez y comodidad. Sois digna de elogio.

Siuan le dio la espalda para ocultar el rubor. ¡Pedazo de tonto! ¡Había hecho que reyes se arrodillaran ante ella! ¡Manipulaba a las Aes Sedai y hacía planes para la salvación de la humanidad! ¿Y él la felicitaba por su habilidad para lavar la ropa?

El asunto era que, viniendo de Bryne, era una felicitación sincera y significativa. No miraba con superioridad a las lavanderas ni a los recaderos. Trataba a todo el mundo con equidad. Una persona no ganaba categoría a los ojos de Gareth Bryne porque fuera un rey o una reina; la ganaba cumpliendo sus promesas y sus obligaciones. Para él, una felicitación por lavar bien la ropa era tan significativa como una medalla entregada a un soldado que ha aguantado firme en su puesto ante el ataque del enemigo.

Le echó otra ojeada y se encontró con que él seguía mirándola. ¡Pedazo de tonto! Siuan se apresuró a recoger otra de sus camisas y después se puso a doblarla.

—Nunca me disteis una explicación satisfactoria de por qué rompisteis el juramento —dijo él.

Siuan se quedó paralizada y con la mirada prendida en el fondo de la tienda donde se proyectaban sombras de las prendas que seguían tendidas.

—Creía que lo habíais entendido —contestó mientras reanudaba la tarea de doblar la camisa—. Tenía información importante para las Aes Sedai de Salidar. Además, tampoco podía permitir que Logain anduviera libre por ahí, ¿verdad? Tenía que dar con él y llevarlo a Salidar.

—Ésas son excusas —dijo Bryne—. Oh, sé que lo que decís es cierto, pero sois Aes Sedai. Podéis citar cuatro datos ciertos y utilizarlos para ocultar la auténtica verdad con la misma eficacia con que otra persona se valdría de mentiras.

—¿Así que decís que soy una mentirosa? —demandó Siuan.

—No. Sólo una transgresora de juramentos.

Se quedó mirándolo con los ojos abiertos como platos. Vaya, le iba a enseñar lo que…

Vaciló. La estaba observando, bañada en el brillo de las dos luces, con gesto pensativo. Reservado, pero no acusador.

—Ese interrogante es lo que me condujo aquí, ¿sabéis? —continuó Bryne—. Es por lo que os perseguí hasta alcanzaros. Es por lo que al final me comprometí con las Aes Sedai rebeldes, aunque no me apetecía nada verme arrastrado a otra guerra en Tar Valon. Todo lo hice porque necesitaba comprender. Tenía que saber. ¿Por qué? ¿Por qué la mujer con esos ojos… apasionados, esos ojos atormentados, había roto su promesa?

—Os dije que volvería para cumplir mi juramento —repuso Siuan, que se dio la vuelta y sacudió con fuerza una camisa para desarrugarla.

—Otra excusa —apuntó él con suavidad—. Otra respuesta de Aes Sedai. ¿Tendré alguna vez toda la verdad sobre vos, Siuan Sanche? ¿Hay alguien que la haya sabido nunca?

Suspiró, y Siuan oyó el ruido de papeles y la luz de la vela titiló con los movimientos del hombre, que reanudó el examen de los informes.

—Siendo todavía una Aceptada en la Torre Blanca fui una de las cuatro personas que estaban presentes cuando se produjo la Predicción que anunciaba el nacimiento del Dragón Renacido en la ladera del Monte del Dragón.

El ruido de papeles cesó.

—Una de las otras tres personas presentes murió en el acto. Otra murió poco después. Estoy convencida de que ella, la mismísima Sede Amyrlin, fue asesinada por el Ajah Negro. Si le decís a alguien que he admitido tal hecho, os arrancaré la lengua.

»Bien, pues, antes de morir, la Amyrlin envió Aes Sedai en busca del Dragón. Una por una esas mujeres desaparecieron. Las Negras debieron de torturar a Tamra para sacarle los nombres antes de asesinarla. No debió de serles fácil conseguir que se los revelara. A veces aún me estremezco al pensar por lo que habría pasado.

»Poco después sólo quedaban dos que sabían lo ocurrido: Moraine y yo. No tendríamos que haber oído la Predicción, sólo éramos Aceptadas que nos encontrábamos allí por pura casualidad. Creo que Tamra logró, de algún modo, no revelar nuestros nombres a las Negras, porque de haberlo hecho no cabe duda que nos habrían matado como a las demás.

»Así pues, sólo quedábamos dos, las únicas en todo el mundo que sabíamos lo que se avecinaba. O, mejor dicho, las únicas dos personas enteradas de ello que servíamos a la Luz. Y así hice lo que tenía que hacer, Gareth Bryne. Dediqué mi vida a preparar las cosas para la llegada del Dragón. Juré que nos prepararíamos para la Última Batalla, que haría lo que fuera preciso, todo lo que fuera necesario, para llevar la carga que se me había entregado. Sólo había una persona en la que sabía que podía confiar, y ahora ha muerto.