Siuan se volvió de nuevo hacia él y le sostuvo la mirada desde el fondo de la tienda. Una brisa movió las paredes de lona e hizo vacilar la llama de la vela, pero Bryne permaneció inmóvil, en silencio, atento a sus palabras.
—Veréis, Gareth Bryne, tenía que retrasar el cumplimiento del juramento que os hice a vos para no romper otros juramentos. Juré que me ocuparía de todo esto hasta el final, y el Dragón aún no ha afrontado su destino en Shayol Ghul. Los juramentos de una persona deben seguir un orden de importancia. Cuando os hice el juramento, no prometí serviros de inmediato. Tuve mucho cuidado con ese punto. Vos lo llamaréis un juego de palabras Aes Sedai, pero yo le doy otro nombre.
—¿Y es? —preguntó él.
—Hacer lo que sea para proteger a su propio pueblo, su tierra y a sí mismo, Gareth Bryne. Me culpáis por la pérdida de un establo y unas cuantas vacas. Bien, pues, sugiero que consideréis el coste para vuestra gente si el Dragón Renacido fracasara. A veces hay que pagar un precio para prestar un servicio de más importancia. Imaginaba que un soldado sabría entenderlo.
—Debisteis decírmelo. Debisteis explicarme quién erais.
—¿Para qué? ¿Me habríais creído?
Él pareció vacilar.
—Además —prosiguió Siuan con franqueza—, no confiaba en vos. Nuestros encuentros previos no habían sido muy… amistosos, que yo recuerde. ¿Cómo iba a correr ese riesgo, Gareth Bryne, con un hombre al que no conocía? ¿Cómo iba a confiarle secretos que sólo yo conocía, secretos que había que transmitir a la nueva Sede Amyrlin? ¿Cómo iba a perder un solo instante cuando el mundo entero tenía puesto al cuello el nudo corredizo del verdugo?
Siuan sostuvo la mirada del hombre, exigiéndole una respuesta.
—No podíais —reconoció él por fin—. Así me abrase, Siuan, no podíais perder tiempo. ¡Ni siquiera deberíais haber prestado ese juramento, para empezar!
—Y vos deberíais haber escuchado con más atención —replicó Siuan mientras apartaba los ojos y soltaba un resoplido—. Sugiero que si en el futuro volvéis a pedir a alguien que os dé su palabra para hacer algo, tengáis cuidado y estipuléis un margen de tiempo para ese servicio.
Bryne asintió con un gruñido, y Siuan descolgó de un tirón la última camisa que quedaba colgada en la cuerda; ésta se sacudió y proyectó una sombra borrosa en la parte trasera de la tienda.
—Bien, pues, me dije que sólo os retendría en este trabajo mientras no obtuviera esa respuesta. Ahora ya sé la razón, de modo que…
—¡Callad! —espetó Siuan mientras giraba sobre sí misma con rapidez y lo señalaba con el índice.
—Pero…
—No lo digáis —amenazó—. Os amordazaré y os dejaré colgado en el aire hasta mañana al anochecer. No penséis que no lo haré.
Bryne siguió sentado, sin decir palabra.
—Aún no he terminado con vos, Gareth Bryne. —Sacudió la camisa con brío y después la dobló—. Os avisaré cuando llegue el momento.
—Luz, mujer —masculló él, casi entre dientes—. Si hubiera sabido que erais Aes Sedai antes de perseguiros hasta Salidar… Si hubiese sabido en lo que me estaba metiendo…
—¿Qué? —demandó Siuan—. ¿No me habríais perseguido?
—Por supuesto que sí —exclamó el hombre, indignado—. Pero habría tenido más cuidado y, tal vez, habría ido mejor preparado. ¡Salí a cazar jabalíes con un cuchillo para conejos, en lugar de una lanza!
Siuan dejó la camisa doblada encima de las otras y después recogió todo el montón. Dirigió a Bryne una mirada dolida.
—Haré todo lo posible para fingir que no acabáis de compararme con un jabalí, Bryne. Sed tan amable de tener más cuidado con lo que decís o, de otro modo, vais a encontraros sin criada y tendréis que dejar que esas damas del campamento se ocupen de vuestra colada.
Él la miró con estupefacción, pero después se echó a reír. Por su parte, Siuan no logró disimular la sonrisa. En fin, después de ese último intercambio, Bryne sabría quién tenía el control de la asociación existente entre los dos.
Pero… ¡Luz! ¿Por qué tuvo que contarle lo de la Predicción? ¡Era algo que rara vez compartía con alguien! Mientras guardaba las camisas en el baúl, echó una ojeada a Bryne, que seguía moviendo la cabeza y riéndose.
«Cuando deje de estar sujeta a otros juramentos, cuando esté convencida de que el Dragón Renacido está haciendo lo que se supone que debe hacer, quizás habrá tiempo. Por primera vez empiezo a tener ganas de acabar de una vez con esta misión», pensó. Realmente asombroso.
—Deberíais acostaros, Siuan —dijo Bryne.
—Todavía es pronto.
—Sí, pero el ocaso llega a su fin, y cada tres días os acostáis inusualmente temprano y con ese extraño anillo puesto, ese que tenéis escondido debajo de la almohada de vuestro catre. —Pasó una de las páginas que tenía en el escritorio—. Sed tan amable de transmitirle mis respetuosos saludos a la Amyrlin.
Siuan se giró bruscamente hacia él, boquiabierta. No podía saber nada del Tel’aran’rhiod, ¿verdad? Lo pilló sonriendo con satisfacción. Bien, quizá no supiera nada sobre el Mundo de los Sueños, pero era evidente que había deducido que el anillo y su horario de acostarse tenía algo que ver con comunicarse con Egwene. Qué zorro. La miró por encima de los papeles mientras pasaba delante de él y Siuan captó un brillo malicioso en los ojos de Bryne.
—Qué hombre tan insufrible —masculló mientras se sentaba en el catre y apagaba la esfera de luz.
Luego, con cortedad, sacó el anillo ter’angreal y se lo colgó al cuello; seguidamente se giró para darle la espalda a Bryne y se tumbó procurando dormirse. Cada tres días se aseguraba de levantarse muy pronto para estar cansada por la noche; ojalá le resultara tan fácil pillar el sueño como a Egwene.
¡Que hombre tan, tan insufrible! Tendría que hacer algo para desquitarse. Ratones entre las sábanas, quizá. Sí, ésa sería una buena forma de devolvérsela.
Permaneció despierta largo rato, pero por fin logró conciliar el sueño, todavía sonriendo para sí ante la perspectiva de una revancha apropiada. Despertó en el Tel’aran’rhiod sin llevar puesto encima más que una enagua escandalosa que apenas la cubría. Soltó un chillido y reemplazó de inmediato la prenda —recurriendo a la concentración— por un vestido verde. ¿Verde? ¿Por qué de ese color? Lo cambió a un tono azul. ¡Luz! ¿Cómo conseguía Egwene dominar tan bien las cosas en el Mundo de los Sueños, siempre, mientras que ella sólo lograba a duras penas que la ropa que llevaba puesta no cambiara cada vez que le pasaba alguna idea peregrina por la cabeza? Debía de ser porque ella tenía que utilizar esa copia inferior del ter’angreal que no funcionaba igual de bien que el original. La hacía parecer insustancial a quienes la veían.
Se encontraba en el centro del campamento Aes Sedai, rodeada de tiendas; los paños de entrada de cualquiera de ellas estaban abiertos en un momento y cerrados al siguiente. El cielo aparecía agitado por una tormenta violenta, aunque extrañamente silenciosa. Curioso, pero a menudo las cosas en el Mundo de los Sueños eran raras. Siuan cerró los ojos con el deseo de aparecer en el estudio de la Maestra de las Novicias, en la Torre Blanca. Abrió los ojos y se encontró allí, en un cuarto pequeño revestido con paneles de madera en el que había un escritorio macizo y una mesa para recibir los azotes.
Le habría gustado disponer del anillo original, pero ése se lo había llevado Elayne. Como solía decir su padre, debería estar agradecida por tener una captura, aunque fuera pequeña. Podría haberse quedado sin ninguno de los anillos; las Asentadas creían que el que estaba ahora en su poder lo llevaba Leane consigo cuando la habían capturado.
¿Se encontraría bien Leane? En cualquier momento la falsa Amyrlin podría optar por dictar su ejecución. Siuan sabía de sobra lo rencorosa que Elaida podía llegar a ser; todavía sentía una punzada de dolor cuando pensaba en el pobre Alric. ¿Se habría sentido culpable Elaida, aunque fuera sólo durante un segundo, por ordenar el asesinato de un Guardián a sangre fría antes de que la mujer a la que estaba derrocando hubiera sido destituida?