Era una ciudad grande si se tenía en cuenta su situación, muy al norte de Altara. Más parecía una plaza fuerte que una población. Hasta el día anterior, el campo alrededor de esa ciudad había servido de hogar a los Shaido, pero ya no estaban allí; muchos habían muerto, otros habían huido, y sus cautivos fueron liberados merced a una alianza entre las tropas de Perrin y los seanchan.
Los Shaido le habían dejado dos cosas: el olor a sangre en el aire y cien mil refugiados de los que ocuparse. Aunque le satisfacía haberlos liberado, su objetivo del ataque a Malden había sido muy distinto: rescatar a Faile.
Otro grupo Aiel estaba en camino hacia su posición, pero por lo visto había aflojado la marcha y después había acampado, sin prisa aparente por seguir el avance hacia Malden. Tal vez los Shaido que habían huido de la batalla los habían puesto sobre aviso de que había un ejército grande más adelante, uno que había derrotado a los Shaido a pesar de sus encauzadoras. Al parecer, el nuevo grupo que tenía Perrin a la espalda tenía tan pocas ganas de enzarzarse en una batalla como él.
Eso le daba un margen de tiempo; al menos un poco.
Arganda seguía observándolo; el capitán llevaba puesto el reluciente peto y sostenía el yelmo acanalado debajo del brazo. El achaparrado militar no era un oficial bisoño, sino un hombre corriente que había ascendido de rango paso a paso. Combatía bien y hacía lo que se le ordenaba. Por lo general.
—No voy a ceder en esto, Arganda —dijo Perrin mientras se impulsaba sobre el suelo húmedo para meterse debajo de la carreta.
—¿Podríamos al menos utilizar accesos? —preguntó el oficial, que se arrodilló para asomarse debajo de la carreta y casi barrió el suelo con el pelo canoso.
—Los Asha’man están medio muertos de cansancio —replicó Perrin con brusquedad—. Vos lo sabéis.
—Están demasiado cansados para abrir un acceso grande, pero quizá podrían trasladar a un grupo pequeño —sugirió Arganda—. ¡Mi señora está exhausta debido a la cautividad! ¡A buen seguro no estaréis pensando que vaya a pie!
—Los refugiados también están agotados —repuso Perrin—. Alliandre dispondrá de un caballo para ir montada, pero partirá cuando lo hagamos todos los demás. Quiera la Luz que sea pronto.
Arganda suspiró, pero asintió con la cabeza y se puso de pie mientras Perrin pasaba los dedos por el eje. Con sólo mirar la madera, Perrin veía cualquier punto de tensión que hubiera, pero prefería asegurarse con el tacto, que era más de fiar. Allí donde la madera se debilitaba siempre había una grieta o hendedura, y con el tacto se notaba si estaba a punto de romperse. La madera era así de fiable.
A diferencia de los hombres. ¡A diferencia de él mismo!
Apretó los dientes. No quería pensar en eso; tenía que seguir trabajando, tenía que seguir haciendo algo que lo distrajera. Le gustaba trabajar y últimamente no se le habían presentado muchas ocasiones de hacerlo.
—¡Siguiente! —llamó, de forma que la voz resonó contra el fondo de la caja de la carreta.
—¡Milord, deberíamos atacar! —declaró una voz tonante junto al vehículo.
Perrin descansó la cabeza en la hierba pisoteada del suelo y cerró los ojos. Bertain Gallenne, mayor de la Guardia Alada, era a Mayene lo que Arganda era a Ghealdan. Aparte de esa única similitud, los dos capitanes eran todo lo diferentes que podían ser unos hombres. Desde su posición debajo de la carreta, Perrin veía las altas y excelentes botas de Bertain con hebillas trabajadas a semejanza de halcones.
—Milord —prosiguió Bertain—, una buena carga de la Guardia Alada dispersaría a esa chusma Aiel, estoy convencido. ¡Ved, si no, con qué facilidad nos ocupamos de los Aiel de la ciudad!
—Entonces teníamos a los seanchan —le recordó Perrin, que terminó de revisar el eje y se desplazó hacia la parte delantera de la carreta para comprobar el otro; llevaba puesta una vieja chaqueta sucia. Seguro que Faile lo reprendería por ello, ya que esperaba que actuara y vistiera como un noble. Sin embargo, ¿de verdad querría que se pusiera una buena chaqueta si pensaba pasarse una hora tendido en la hierba embarrada mientras comprobaba los fondos de las carretas?
Faile no querría que estuviera tirado en el suelo embarrado, para empezar. Perrin, puesta la mano en el eje delantero, vaciló al pensar en el cabello negro como ala de cuervo y la característica nariz saldaenina de su esposa. Ella era la suma entera de su amor; lo era todo para él.
Había tenido éxito, la había salvado. Entonces ¿por qué esa sensación, como si las cosas estuvieran casi tan mal como antes? Debería regocijarse, debería estar eufórico, debería sentirse aliviado. Había estado tan preocupado por ella durante el tiempo que había pasado cautiva… No obstante ahora, con su mujer a salvo, parecía que todo siguiera mal. De algún modo. De formas que era incapaz de explicarse.
¡Luz! ¿Es que nada marchaba como se suponía que debía ser? Bajó la mano al bolsillo impulsado por el deseo de tocar el cordón anudado que hasta hacía poco llevaba en él, pero lo había tirado.
«¡Basta ya! Ella ha vuelto. Podemos reanudar nuestra vida donde la dejamos antes de esto, ¿no es así?», pensó.
—Sí, claro —continuó Bertain—. Supongo que la marcha de los seanchan podría representar un problema en el ataque, pero ese grupo Aiel acampado a corta distancia es más pequeño que el que hemos derrotado. Y, si eso os preocupa, podríamos mandar aviso a ese general seanchan para que volviera. ¡Sin duda querría combatir de nuevo a nuestro lado!
Perrin se obligó a salir de su introspección. Sus absurdos problemas personales carecían de importancia; en aquel momento lo que había que hacer era poner en marcha esas carretas. El eje delantero estaba en buenas condiciones. Se empujó hacia atrás para salir de debajo del vehículo.
Bertain era de estatura media, aunque las tres plumas que lucía en su yelmo lo hacían parecer más alto. Llevaba puesto el parche encarnado —Perrin ignoraba dónde había perdido el ojo— y la armadura resplandecía. Parecía eufórico, como si creyera que el silencio de Perrin significaba que el ataque se llevaría a cabo.
Perrin se puso de pie y se sacudió el polvo de los pantalones de color marrón.
—Nos vamos —anunció, y alzó la mano de inmediato para acotar una posible discusión—. Vencimos a los septiares que estaban aquí, pero drogamos a sus Sabias con horcaria y nosotros teníamos a las damane. Estamos cansados, heridos y hemos recobrado a Faile. No hay razón para seguir luchando. Nos largamos.
Bertain no parecía satisfecho, pero asintió con un cabeceo, giró sobre sus talones y se alejó pisando fuerte el embarrado suelo hacia donde esperaban sus hombres a caballo. Perrin miró al pequeño grupo de gente que aguardaba cerca de la carreta para hablar con él. Hubo un tiempo en que los asuntos de ese tipo lo frustraban; le parecía un trabajo inútil, puesto que muchos de los peticionarios conocían de antemano cuál sería su respuesta.
Sin embargo, necesitaban oír esa respuesta de sus labios, y Perrin había llegado a comprender la importancia que eso tenía. Además, las preguntas lo ayudaban a distraerse de la extraña tensión que sentía tras haber rescatado a Faile.
Se encaminó hacia la siguiente carreta de la fila, seguido por su reducido acompañamiento. Había sus buenas cincuenta carretas colocadas en una larga caravana. Las primeras estaban cargadas de objetos rescatados de Malden; las del centro se encontraban en el proceso de seguir el mismo camino, y sólo le quedaban dos para inspeccionar. Quería dejar Malden muy atrás antes del ocaso; haciéndolo así seguramente se encontrarían lo bastante lejos para estar a salvo.
A menos que esos otros Shaido decidieran darles caza para vengarse. Con el número de gente que Perrin tenía que desplazar, hasta un ciego sería capaz de seguirles el rastro.