El sol —un punto brillante detrás de la capa de nubes— iniciaba el declive hacia el horizonte. Luz, qué desastre con el caos de organizar a refugiados y separar campamentos del ejército. ¡Se suponía que emprender la marcha era la parte fácil!
El campamento Shaido era un desastre. Los suyos habían apañado y empaquetado muchas de las tiendas abandonadas. Despejado ahora, el entorno de la ciudad era una extensión de barro y hierbajos pisoteados sembrada de desperdicios. Los Shaido, siendo Aiel, habían preferido acampar fuera de las murallas de la población, en vez de dentro. No se podía negar que eran raros; ¿quién habría desdeñado una buena cama —y no digamos ya una mejor posición militar— por estar fuera, en unas tiendas?
Pero es que los Aiel despreciaban las ciudades. Gran parte de los edificios o habían ardido durante el ataque inicial Shaido o se los había despojado de cualquier cosa valiosa. Las puertas se habían echado abajo, las ventanas estaban despedazadas, las pertenencias abandonadas en las calles y pisoteadas por gai’shain en sus idas y venidas por agua.
Todavía había gente que bullía de aquí para allá como insectos, ya fuera saliendo por las puertas o recorriendo el antiguo campamento Shaido para apoderarse de cualquier cosa que se pudiera transportar. Tendrían que dejar atrás las carretas una vez que decidieran Viajar —Grady no era capaz de abrir un acceso lo bastante grande para que lo cruzara una carreta—, pero de momento los vehículos serían una gran ayuda. También disponían de un número considerable de bueyes; había otro encargado de comprobar el estado de los animales para asegurarse de que estuvieran en condiciones de tirar de las carretas. Los Shaido habían dejado escapar a muchos caballos de la ciudad. Una lástima. Pero uno se arreglaba con lo que tenía.
Perrin llegó a la siguiente carreta e inició la inspección por la larga lanza a la que uncirían los bueyes.
—¡Siguiente!
—Milord, creo que soy el siguiente —dijo una voz chirriante.
Perrin echó una ojeada al que hablaba: Sebban Balwer, su secretario. El hombrecillo tenía un rostro enjuto y demacrado y una postura encorvada permanente que le daba aspecto de buitre posado en la percha. Aunque la chaqueta y los calzones que vestía estaban limpios, a Perrin le daba la impresión de que soltarían nubecillas de polvo a cada paso que diera Balwer. El hombre olía a añejo, como un libro antiguo.
—Balwer, creía que estabas hablando con los cautivos —comentó Perrin mientras pasaba los dedos por la lanza y después comprobaba las correas de los arreos.
—Sí, de hecho he estado muy atareado allí haciendo mi trabajo —dijo Balwer—. Pero hay algo que despierta mi curiosidad. ¿Por qué tuvisteis que dejar que los seanchan se quedaran con todas las cautivas Shaido que eran encauzadoras?
Perrin dirigió una mirada al añejo secretario. Las Sabias con capacidad para encauzar habían perdido el conocimiento merced a la horcaria, y se las había entregado a los seanchan mientras seguían inconscientes para que hicieran con ellas lo que les placiera. Con esa decisión Perrin no se había ganado la estima de sus aliados Aiel, pero no estaba dispuesto a que las encauzadoras anduvieran libres por ahí para vengarse de él.
—No había razón para quedárnoslas nosotros —le contestó a Balwer.
—Bueno, milord, hay muchas cosas interesantes que podríamos haber descubierto. Por ejemplo, que al parecer muchos de los Shaido se avergüenzan del comportamiento de su clan. O que había desacuerdo entre las propias Sabias. Asimismo, que tuvieron tratos con individuos muy extraños que les facilitaron objetos de Poder de la Era de Leyenda. Quienesquiera que fuesen sabían crear accesos.
—Renegados —dijo Perrin, que se encogió de hombros y se agachó junto a la primera rueda, apoyado en una rodilla, para examinarla—. Dudo que descubramos cuáles de ellos eran. Lo más seguro es que estuvieran disfrazados.
Por el rabillo del ojo vio que su comentario hacía que Balwer frunciera los labios.
—¿No estás de acuerdo? —le preguntó.
—Sí, milord. Los «objetos» que les dieron a los Shaido son muy sospechosos, a mi juicio. Sí, a los Aiel los embaucaron, pero a saber con qué propósito. Sin embargo, si tuviéramos más tiempo para registrar la ciudad…
¡Luz! ¿Es que todo el mundo del campamento iba a pedirle algo que no podía ser? Se tendió en el suelo para comprobar la parte posterior del cubo de la rueda. Tenía algo que no acababa de gustarle.
—Ya sabemos que los Renegados están contra nosotros, Balwer, y que con razón no recibirán a Rand con los brazos abiertos para que vuelva a encerrarlos o lo que quiera que vaya a hacer.
¡Malditos colores que le proyectaban imágenes de Rand en la mente! Las apartó, como hacía siempre. Surgían cada vez que pensaba en Rand o en Mat, y se concretaban en visiones de los dos.
—Sea como sea —continuó Perrin—, no sé qué esperas que haga. Nos llevaremos a los gai’shain Shaido. Las Doncellas han capturado a un buen número de ellos. Puedes interrogarlos, pero nos vamos de aquí.
—Sí, milord —dijo Balwer—, aunque es una pena que perdiéramos a las Sabias. Según mi experiencia, se cuentan entre los Aiel con mayor… entendimiento.
—Los seanchan las querían, así que se las quedaron. No iba a dejar que Edarra me hostigara por ese asunto; además, lo hecho, hecho está. ¿Qué esperas de mí, Balwer?
—Quizá se podría enviar un mensaje para que hagan algunas preguntas a las Sabias cuando vuelvan en sí —sugirió el secretario—. Yo… —Se calló y se inclinó para ver a Perrin—. Milord, todo esto distrae mucho y no deja pensar. ¿Por qué no buscamos a otro que se encargue de inspeccionar las carretas?
—Todos los demás están demasiado cansados o demasiado ocupados. Quiero que gran parte de los refugiados estén esperando en los campamentos para ponerse en marcha en cuanto dé la orden. Y casi todos nuestros soldados están rebuscando comida en la ciudad… Vamos a necesitar cada puñado de grano que encuentren, porque la mitad de las cosas están podridas. No puedo ayudar en esa tarea, ya que he de estar donde la gente pueda encontrarme. —Había aceptado que tenía que ser así, por mucho que lo pusiera de mal humor.
—Sí, milord, pero seguro que podéis estar accesible en cualquier otro sitio que no sea debajo de las carretas.
—Es un trabajo que puedo hacer mientras la gente habla conmigo. Para responder sólo necesito la lengua, no las manos. Y esa lengua te repite que olvides a las Aiel.
—Pero…
—No puedo hacer nada más, Balwer —lo interrumpió Perrin con firmeza al tiempo que le echaba una mirada entre los radios de la rueda—. Nos dirigimos al norte. No quiero saber nada más de los Shaido. Por mí, como si la Luz los ciega.
Balwer apretó los finos labios otra vez e irradió un leve olor a contrariedad.
—Desde luego, milord —dijo el hombrecillo, haciendo una rápida reverencia, y acto seguido se retiró.
Perrin se retorció para salir de debajo del vehículo y se puso de pie; llamó con un gesto de la cabeza a una joven que llevaba un vestido sucio y zapatos gastados, y que se encontraba al lado de la fila de carretas.
—Ve a buscar a Lyncon —le ordenó—. Dile que eche un vistazo al cubo de esta rueda. Me parece que le falta el cojinete y que está a punto de salirse en cualquier momento.
La muchacha asintió con un cabeceo y echó a correr. Lyncon era un maestro carpintero que había tenido la mala suerte de estar de visita en casa de unos parientes en Cairhien cuando atacaron los Shaido. Casi le habían arrancado todo rastro de voluntad a fuerza de golpes. Quizás habría tenido que ser él quien inspeccionara la carretas; pero, con aquella mirada atormentada en los ojos, Perrin no estaba seguro de hasta qué punto podía fiarse de que el hombre realizara el trabajo como era debido. No obstante, parecía estar preparado para ocuparse de problemas cuando se los señalaban.
Y lo cierto era que, mientras siguiera moviéndose, Perrin tenía la sensación de estar haciendo algo útil para acelerar la marcha. Y sin pensar en otros asuntos. Las carretas se arreglaban con facilidad, cosa que no pasaba con las personas, ni mucho menos.