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Se volvió y contempló el campamento vacío sembrado de hoyos para lumbres y harapos desechados. Faile venía de regreso a la ciudad; había estado organizando las cosas para que algunos de sus seguidores exploraran los contornos. Estaba impresionante. Hermosa. Esa belleza no se debía sólo al rostro o a la figura, sino que surgía asimismo de la facilidad con que mandaba a la gente, la rapidez de saber siempre lo que había que hacer. Era inteligente como él no lo había sido nunca.

No es que fuera estúpido; lo que pasaba era que le gustaba pensar bien las cosas. Sin embargo, nunca había tenido mano con la gente, como Mat o Rand. Faile le había enseñado que no tenía que caerle bien a la gente —ni a las mujeres— siempre que hubiera una persona que lo entendiera. No tenía que dársele bien hablar con nadie más, mientras pudiera hablar con ella.

Pero ahora no encontraba palabras para expresarse; le preocupaba lo que le hubiera ocurrido durante su cautiverio, pero las posibilidades tampoco lo agobiaban. Lo encolerizaban, pero nada de lo que hubiera ocurrido era culpa de ella. Uno hacía lo que tuviera que hacer para sobrevivir, y la respetaba por su fortaleza.

«¡Luz! ¡Otra vez dándole vueltas a las cosas! ¡He de seguir trabajando!»

—¡Siguiente! —gritó, y se agachó para seguir revisando la carreta.

—Si hubiera tenido que sacar conclusiones sólo viendo tu cara, muchacho, habría dado por hecho que habíamos perdido la batalla —dijo una voz cordial.

Perrin se dio la vuelta, sorprendido. No se había dado cuenta de que Tam al’Thor era uno de los que esperaban para hablar con él. Ya no había tantos, pero aún quedaban varios mensajeros y ayudantes. Detrás, el corpulento y firme pastor se apoyaba en la vara de combate mientras esperaba. El cabello le había encanecido por completo; Perrin recordaba un tiempo en que lo tenía muy negro, cuando él era un crío, antes de saber lo que era un martillo o una forja.

Los dedos se le fueron hacia la herramienta que llevaba colgada a la cintura. Había sido la decisión correcta, pero había perdido el control de nuevo en la batalla de Malden. ¿Sería eso lo que lo incomodaba?

¿O era lo mucho que había disfrutado matando?

—¿Qué necesitas, Tam? —preguntó.

—Sólo traigo un informe, milord —contestó el hombre—. Los hombres de Dos Ríos están preparados para marchar, cada cual con dos tiendas cargadas a la espalda, por si acaso. No podemos utilizar el agua de la ciudad por culpa de la horcaria, así que envié a unos cuantos muchachos al acueducto, para que llenaran unos barriles allí. Nos vendría bien una carreta para traerlos de vuelta.

—Eso está hecho —dijo Perrin, sonriente. ¡Por fin alguien que hacía las cosas necesarias sin tener que preguntarle!—. Diles a los hombres de Dos Ríos que tengo intención de llevarlos a casa de vuelta lo antes posible. En cuanto Grady y Neald recobren la fuerza para crear un acceso, aunque eso podría tardar un tiempo.

—Es de agradecer, milord —dijo Tam. Qué extraño resultaba que utilizara un título—. No obstante, ¿podemos hablar un momento a solas?

Perrin asintió con la cabeza; vio acercarse a Lyncon —la cojera lo identificaba— para encargarse de la carreta. Tam y Perrin se apartaron del grupo de ayudantes y guardias y caminaron a la sombra de la muralla de Malden. El musgo crecía verde en la base de los enormes bloques de piedra que integraban la fortificación; era extraño que el musgo tuviera un color mucho más intenso que los manojos de hierba pisoteados y embarrados sobre los que caminaban. Aquella primavera parecía que lo único verde era el musgo.

—¿Qué ocurre, Tam? —preguntó Perrin tan pronto como estuvieron a cierta distancia.

Tam se frotó la cara; una crecida barba gris le apuntaba en las mejillas. Perrin había presionado mucho a sus hombres en los últimos días y no habían tenido tiempo para afeitarse. Tam llevaba una sencilla chaqueta azul de paño y a buen seguro que el grueso tejido resultaba un agradable escudo contra el vientecillo de la montaña.

—Los chicos se hacen preguntas, Perrin —dijo el hombre mayor en un tono menos formal, ahora que estaban solos—. ¿Dijiste en serio lo de renunciar a Manetheren?

—Ajá. Esa bandera sólo ha dado problemas desde que apareció. Es mejor que lo sepan los seanchan y todos los demás: yo no soy un rey.

—Pues hay una reina que te ha jurado lealtad como vasalla.

Perrin meditó lo dicho por Tam para formular la mejor respuesta posible. Hubo un tiempo en que ese comportamiento hacía pensar a la gente que era lento y torpe de entendederas. Ahora la gente daba por hecho que su profunda meditación significaba que era astuto y tenía una gran agudeza mental. ¡Lo que cambiaba llevar algunos títulos delante del nombre!

—Creo que hiciste bien —admitió Tam, sorprendentemente—. Llamar Manetheren a Dos Ríos no sólo habría provocado la hostilidad de los seanchan, sino de la propia reina de Andor. Habría implicado que tenías intención de apoderarte de algo más que Dos Ríos, que quizá querías conquistar todo lo que antaño abarcaba Manetheren.

Perrin sacudió la cabeza.

—No tengo intención de conquistar nada, Tam. ¡Luz! De hecho, no tengo intención de quedarme con lo que la gente dice que tengo. Cuanto antes ocupe el trono Elayne y envíe a Dos Ríos un señor como debe ser, mejor. Así se habrá acabado todo ese tema de lord Perrin y las cosas volverán a la normalidad.

—¿Y la reina Alliandre? —inquirió Tam.

—Que le preste juramento a Elayne —repuso Perrin, tozudo—. O que le jure lealtad a Rand directamente. Al parecer le gusta ir ocupando reinos tanto como a un niño jugar con un tentempié.

Tam olía a preocupación, a ansiedad, y Perrin miró a otro lado. Las cosas tendrían que ser más sencillas. Tendrían que serlo.

—¿Qué?

—No, nada, creía que estabas de vuelta respecto a eso.

—Nada ha cambiado desde los días precedentes al secuestro de Faile —dijo Perrin—. Sigue sin gustarme el estandarte de la cabeza de lobo, y creo que va siendo hora de quitar ése también.

—Los hombres creen en esa bandera, muchacho —manifestó el hombre mayor en voz baja. Había algo de suavidad en él, pero eso era lo que hacía que uno lo escuchara cuando hablaba. Por supuesto, por lo general hablaba con sentido común—. Quise que hiciéramos un aparte porque quería advertirte. Si das la oportunidad a los chicos de que vuelvan a Dos Ríos, algunos se irán, pero no muchos. He oído jurar a la mayoría que te seguirán hasta Shayol Ghul. Saben que la Última Batalla se acerca… ¿Y quién no lo sabría, con todas las señales habidas últimamente? No están dispuestos a que los dejen atrás. —Vaciló un instante—. Ni yo tampoco, me parece. —Olía a resolución.

—Ya veremos —contestó Perrin, pensativo—. Ya veremos.

Mandó a Tam con órdenes de requisar una carreta y llevársela para los barriles de agua. Los soldados le harían caso; Tam era el primer capitán de Perrin, aunque al joven le parecía que tendría que haber sido a la inversa. No sabía mucho del pasado de ese hombre, pero Tam había combatido en la Guerra de Aiel, muchos años atrás. Había empuñado una espada antes de que él naciera, y ahora estaba a sus órdenes.

Todos le obedecían. ¡Y querían seguir haciéndolo! ¿Es que no aprendían? Se apoyó en la muralla, quedándose a su sombra, sin dirigirse hacia sus ayudantes.

Ahora que lo había afrontado se daba cuenta de que era parte de lo que lo incomodaba. No todo, pero sí una parte que se unía a lo que le preocupaba, incluso ahora que Faile había vuelto.

No había sido un buen líder últimamente; nunca había sido un cabecilla modelo, por supuesto, ni siquiera cuando tenía a Faile a su lado para guiarlo. Pero durante la ausencia de su mujer había sido peor. Mucho peor. Había hecho caso omiso de las órdenes de Rand, había pasado por alto todo, cualquier cosa con tal de recuperarla.