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El último resto de tabaco

Rodel Ituralde fumaba tranquilamente su pipa, y el humo salía de la cazoleta como los movimientos sinuosos de una serpiente al desenroscarse. Los zarcillos de humo se retorcían sobre sí mismos y se acumulaban en el techo, por encima de él, para después filtrarse a través de las grietas en el tejado del desvencijado cobertizo. El paso del tiempo había combado las tablas de las paredes, de forma que se abrían rendijas al exterior, y la grisácea madera estaba agrietada y astillada. Un brasero ardía en el rincón, y el viento silbaba al colarse por los resquicios de las paredes. A Ituralde le preocupaba un poco que todo el edificio saliera volando con las fuertes ráfagas.

Se encontraba sentado en una banqueta, con varios mapas encima de la mesa que tenía delante. En una esquina de la mesa, la bolsa de tabaco sujetaba una hoja plegada en cuatro. El pequeño trozo de papel estaba deteriorado y marcado con dobleces de llevarlo en el bolsillo interior de la chaqueta.

—¿Y bien? —preguntó Rajabi.

De grueso cuello y actitud resuelta, tenía los ojos castaños, ancha la nariz y la barbilla bulbosa. Se había quedado completamente calvo y en cierto modo recordaba un enorme canto rodado. Además tenía tendencia a actuar como taclass="underline" podía costar mucho hacerlo rodar; pero, una vez que se conseguía, resultaba condenadamente difícil detenerlo. Había sido uno de los primeros en unirse a la causa de Ituralde a pesar del hecho de haber estado dispuesto a rebelarse contra el rey poco antes.

Hacía casi dos semanas de la victoria de Ituralde en Darluna. Para lograr esa victoria había forzado mucho las cosas; tal vez demasiado.

«Ay, Alsalam. Espero que todo esto mereciera la pena, viejo amigo. Que no haya sido porque te has vuelto loco. Puede que Rajabi sea un gigantesco canto rodado, pero los seanchan son una avalancha y hemos provocado que se nos venga encima con fuerza arrolladora».

—Y ahora, ¿qué? —apremió Rajabi.

—Ahora esperamos —contestó Ituralde. ¡Luz, cómo detestaba esperar!—. Y, después, luchamos. O quizás huyamos otra vez. Todavía no lo he decidido.

—Los taraboneses…

—No vendrán —lo atajó Ituralde.

—¡Prometieron que vendrían!

—Sí, lo prometieron.

Él había ido a hablar personalmente con ellos, los había animado, les había pedido que combatieran contra los seanchan una vez más. Todos jalearon y vitorearon, pero no se darían prisa; irían arrastrando los pies. Ya los había animado a luchar «una última vez» media docena de veces en diferentes ocasiones. Se daban cuenta hacia dónde llevaba esta guerra y ya no podía contar con su ayuda. Si es que había podido hacerlo alguna vez, para empezar.

—¡Jodidos cobardes! —rezongó Rajabi—. ¡Así los ciegue la Luz! Pues lo afrontaremos solos, no sería la primera ocasión.

Ituralde dio una larga chupada a la pipa en actitud contemplativa. Al final había decidido utilizar tabaco de Dos Ríos. Esa pipa era la última porque no le quedaba más tabaco; llevaba meses reservándolo. Buen sabor. El mejor que había. Estudió de nuevo los mapas sosteniendo ante sí uno más pequeño; la verdad es que no le vendría mal contar con mejores mapas.

—Este nuevo general seanchan dirige más de trescientos mil soldados, con nada menos que doscientas damane.

—Tampoco sería la primera ocasión que derrotamos a fuerzas más numerosas. ¡Fíjate lo que hicimos en Darluna! ¡Los aplastaste, Rodel!

Y hacerlo había requerido utilizar toda la astucia, la destreza y la suerte de que Ituralde pudo hacer acopio. Incluso así, había perdido más de la mitad de sus hombres y ahora corría renqueando delante de la segunda y más numerosa fuerza seanchan.

Esta vez no iban a cometer ningún error; los seanchan ya no fiaban la tarea de explorar sólo a los raken. Sus hombres habían interceptado a varios exploradores a pie, lo que significaba que había docenas que no se habían detectado. Esta vez los seanchan sabían el número exacto de efectivos con que contaba Ituralde y su localización exacta.

Sus enemigos ya no se dejaban llevar espoleados hacia una trampa; por el contrario, lo perseguían sin descanso y eludían sus tretas. Ituralde había planeado retirarse más hacia el interior de Arad Doman; eso jugaría en favor de sus tropas y forzaría a extender las líneas de suministro seanchan. Había pensado que aguantaría otros cuatro o cinco meses, pero esos planes ya no eran válidos; se habían hecho antes de que Ituralde descubriera que había todo un jodido ejército Aiel recorriendo Arad Doman. Si se daba crédito a lo que decían los informes —y los informes sobre los Aiel a menudo eran exageraciones, por lo que no sabía bien hasta qué punto podía creer lo que contaban— había más de cien mil controlando amplios sectores del norte, incluida la propia capital, Bandar Eban.

Cien mil Aiel. Era tanto como decir doscientos mil soldados domani, tal vez más. Ituralde recordaba la Batalla de la Nieve Sangrienta sostenida veinte años atrás, en la que parecía que perdían diez hombres por cada Aiel que caía.

Estaba atrapado, como una nuez aplastada entre dos piedras. Así las cosas, la mejor opción que tuvo fue retirarse allí, a ese stedding abandonado. Eso le daba cierta ventaja con los seanchan, aunque pequeña. Los seanchan tenían una fuerza diez veces más numerosa que la suya, y hasta el comandante más bisoño sabía que combatir con semejante desventaja era suicida.

—¿Has visto alguna vez a un maestro malabarista, Rajabi? —preguntó Ituralde, sin apartar la vista del mapa que estudiaba. Por el rabillo del ojo captó que el otro hombre fruncía el entrecejo, desconcertado.

—He visto juglares que…

—No, un juglar no. Un maestro del malabarismo —lo interrumpió.

Rajabi negó con la cabeza.

Pensativo, Ituralde dio otra calada a la pipa antes de hablar.

—Yo sí, una vez. Era el bardo de la corte de Caemlyn. Un tipo ágil, con ingenio, que habría encajado mejor en un salón público por cómo iba vestido. Los bardos casi nunca hacen malabarismos, pero a ese tipo no le importaba hacerlos si se lo pedían. Le gustaba hacer malabares para complacer a la joven heredera del trono, tengo entendido.

Se quitó la pipa de la boca y apretó el tabaco en la cazoleta.

—Rodel, los seanchan… —lo intentó de nuevo Rajabi.

Ituralde alzó un dedo y se colocó la pipa entre los dientes antes de continuar:

—El bardo empezó a lanzar tres bolas y después nos preguntó si creíamos que podría usar una más. Lo aplaudimos y utilizó cuatro, después cinco, después seis… Con cada bola que añadía los aplausos eran más entusiastas, y él siempre preguntaba si creíamos que conseguiría jugar con una más. Contestábamos que sí, por supuesto.

»Siete, ocho, nueve… Poco después tenía diez bolas en el aire en evoluciones tan complejas que yo no lograba seguir. El bardo tenía que esforzarse para que siguieran moviéndose; tenía que agacharse de forma constante para pillar bolas que casi se le escapaban. Estaba tan centrado en lo que hacía que no nos preguntó si debería añadir otra, pero la multitud se lo pidió: «¡Once! ¡Que sean once!» Y así, su ayudante le echó otra bola en medio del complejo ir y venir de las otras.

Ituralde chupó la pipa.

—¿Se le cayeron? —quiso saber Rajabi.

Rodel sacudió la cabeza.

—Esa última «bola» no era una bola en absoluto —continuó—. Era algún tipo de truco de los Iluminadores y, estando a mitad de camino del bardo, detonó en medio de un repentino estallido de luz y humo. Cuando se nos aclaró la vista, el bardo había desaparecido y había diez bolas en el suelo, puestas en línea. Miré alrededor y lo encontré sentado en una de las mesas junto al resto de los comensales, bebiendo una copa de vino y coqueteando con la esposa de lord Finndal.

El pobre Rajabi estaba completamente atónito. Le gustaba que le dieran respuestas claras y directas; a Ituralde le pasaba igual por regla general, pero esos días —con el cielo encapotado de aquel modo anormal y la sensación de una penumbra constante— le daba por filosofar.