Los brazos le dolían de acarrear piedras, que eran pesadas y pulidas; le habían ordenado extraerlas del río que había al lado de la mansión. Por suerte, el tiempo pasado con Elayne —cuando había tenido que bañarse en agua por fuerza— le había dado la valentía necesaria para meterse en el río; al menos con eso no se había echado más vergüenza encima. Y menos mal que ese río era pequeño; de hecho, los habitantes de las tierras húmedas lo llamarían, de forma incorrecta, «arroyo». Un arroyo era una minúscula escorrentía de montaña en la que uno podía meter las manos o llenar un odre; cualquier corriente lo bastante grande para no poder cruzarla de un salto era, sin discusión, un río.
El día estaba encapotado, como era habitual ahora, y en el campamento había poca animación. Hombres que trajinaban sin parar unos días antes —cuando los Aiel habían llegado— ahora se mostraban más aletargados. No es que el campamento estuviera descuidado, ni mucho menos; Davram Bashere era un comandante demasiado pendiente de todo para permitir que pasara algo así, a pesar de que fuera un hombre de las tierras húmedas. Sin embargo, los soldados se movían con más lentitud; Aviendha había oído a algunos protestar porque el cielo oscuro abatía el ánimo a cualquiera. ¡Qué raros eran los habitantes de las tierras húmedas! ¿Qué tendría que ver el tiempo con el estado de ánimo de una persona? Era comprensible que uno se desanimara cuando no había incursiones en perspectiva o porque la caza no había ido bien, pero ¿porque había nubes en el cielo? ¿Es que allí no sabían apreciar la sombra?
Movió la cabeza con gesto de incredulidad y siguió con su tarea; había elegido piedras que le tensarían los músculos por el peso. Hacer otra cosa habría sido aligerar el castigo y ella nunca caería en algo así, aunque cada paso atormentara su honor. ¡Tenía que cruzar el campamento de punta a punta, a plena vista de todos, llevando a cabo una labor inútil! Habría preferido que la dejaran desnuda fuera de la tienda de vapor, delante de todo el mundo. O correr mil vueltas al campamento; o que la azotaran tan fuerte que no pudiera andar.
Llegó al costado de la mansión y soltó la piedra con un suspiro de alivio contenido. Dos soldados de las tierras húmedas del ejército de Bashere estaban de guardia en la puerta de la casa, desempeñando la misma función que las dos Doncellas situadas en la otra punta del recorrido de Aviendha. Mientras recogía otra piedra grande del segundo montón que había junto a la pared, oyó hablar a los hombres sin querer.
—Maldita sea, qué calor hace —protestó uno de los hombres.
—¿Calor? —dijo el otro, echando una ojeada al cielo encapotado—. Estás de broma.
El primer guardia se abanicó con una mano, sudoroso.
—No me digas que no lo notas —resopló, sorprendido.
—Debes de tener fiebre o algo así.
—No —replicó el primer guardia—, lo que pasa es que no me gusta el calor, eso es todo.
Aviendha recogió la piedra y empezó a desandar el camino a través del prado. Tras reflexionar sobre el asunto, había llegado a la conclusión de que ser habitante de las tierras húmedas llevaba implícita una peculiaridad generalizada: la predisposición a protestar. Durante los primeros meses que había pasado en las tierras húmedas consideraba esa inclinación una vergüenza. ¿A ese guardia no le importaba perder prestigio al poner en evidencia su flaqueza delante de un compañero?
Todos eran así, incluso Elayne; ¡oyendo sus quejas por las molestias, los trastornos y las frustraciones achacables al embarazo, cualquiera diría que estaba a punto de morirse! No obstante, si quejarse era algo que Elayne hacía, entonces Aviendha se negaba a considerarlo un indicio de debilidad. Su primera hermana no actuaría de un modo tan vergonzoso.
En consecuencia, tenía que haber en ello algo de honor soterrado. Tal vez los habitantes de las tierras húmedas exponían las debilidades ante sus compañeros como una forma de ofrecer amistad y confianza. Que los amigos conocieran tus flaquezas les daba ventaja en caso de tener que danzar las lanzas con ellos. O, tal vez, quejarse en estas tierras era una forma de mostrar humildad semejante al modo en que los gai’shain mostraban honor siendo sumisos.
Le preguntó a Elayne sobre sus teorías y en respuesta sólo recibió una risa afectuosa. ¿Sería, pues, algún aspecto de la sociedad de las tierras húmedas sobre la que Elayne tenía prohibido hablar con forasteros? ¿Se habría reído Elayne porque ella había descubierto algo que no debía?
En cualquier caso, no cabía duda de que era una forma de demostrar honor y eso satisfizo a Aviendha. ¡Ojalá sus problemas con las Sabias fueran tan sencillos de resolver! De los habitantes de las tierras húmedas era de esperar que actuaran de manera impredecible y anormal, pero ¿qué debía hacer cuando las Sabias se comportaban de una forma tan extraña?
Empezaba a sentirse frustrada, aunque no con las Sabias, sino consigo misma. Era fuerte y valiente; no tan valiente como otras, desde luego; ojalá fuera tan arrojada como Elayne. Aun así, Aviendha sólo recordaba muy pocos problemas a los que no había sabido encontrar solución recurriendo a las lanzas, al Poder Único o a su ingenio. Aun así, había fracasado por completo a la hora de resolver la difícil situación por la que pasaba ahora.
Llegó al otro lado del campamento y soltó la piedra, tras lo cual se sacudió las manos. Las Doncellas permanecían inmóviles, pensativas. Aviendha fue al otro montón y levantó una piedra oblonga que tenía un borde dentado. Medía tres palmos de ancho y la pulida superficie le resbalaba en los dedos. Tuvo que cambiar varias veces la posición de las manos hasta lograr un buen agarre y entonces se encaminó hacia el prado para cruzar por la pisoteada hierba de invierno, dejando atrás las tiendas saldaeninas, en dirección a la casona.
Elayne le habría dicho que no había recapacitado sobre el problema el tiempo suficiente; ella se mostraba siempre sosegada y pensativa en situaciones en las que otros estaban tensos. A veces Aviendha se sentía frustrada por lo mucho que le gustaba hablar a su primera hermana antes de entrar en acción.
«He de seguir su ejemplo. Tengo que recordar que ya no soy una Doncella de la Lanza y no puedo cargar contra lo que sea con un arma enarbolada…»
Debía afrontar los problemas como hacía Elayne; sólo de esa forma conseguiría recobrar el honor, y sólo entonces podría tener a Rand al’Thor y hacerlo suyo, como lo era de Elayne o de Min. Lo sentía a través del vínculo; se encontraba en su dormitorio, aunque no dormía. Ese hombre se exigía demasiado y apenas descansaba.
La piedra se le resbaló y casi se fue de bruces al suelo mientras intentaba equilibrar el peso y sujetar la carga en los cansados brazos. Unos soldados de Bashere que se cruzaron con ella la miraron con estupefacción, y Aviendha notó que se ponía colorada. Aunque no supieran que cumplía un castigo, se sentía avergonzada ante ellos.
¿Cómo razonaría Elayne esta situación? Las Sabias estaban enfadadas porque, según ellas, no aprendía con suficiente rapidez, pero tampoco le enseñaban nada. Sólo le hacían el mismo tipo de preguntas, cosas tales como qué pensaba de la situación de los Aiel, o de Rand al’Thor, o sobre cómo se había desenvuelto Rhuarc en la reunión con el Car’a’carn.
Aviendha tenía la impresión de que esas preguntas eran pruebas; ¿estaría respondiéndolas mal? De ser así, ¿por qué no le enseñaban a dar las respuestas adecuadas?
Las Sabias no la tenían por una mujer con poco aguante. Entonces, ¿qué más quedaba? ¿Qué diría Elayne? Aviendha habría querido tener sus lanzas a mano para ensartarlas en algo. Atacar, ponerse a prueba en la lucha contra un adversario, encauzar la rabia y darle salida.