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Se giró de nuevo hacia el estropicio y oyó a los soldados dando órdenes a lo lejos. Bashere había llegado y tomó el mando, encargando a los hombres que vigilaran el perímetro aunque seguramente se limitaba a mandarles hacer algo para tenerlos ocupados. Esto no era el inicio de un ataque; sólo era otra de las consecuencias del contacto del Oscuro con el mundo, como que la carne se pudriera, que escarabajos y ratas aparecieran de la nada y que los hombres se desplomaran muertos por dolencias extrañas.

—Sí, ocurre a menudo —contestó Aviendha a la pregunta del hombre—. Al menos, con más frecuencia en el entorno del Car’a’carn que en otros sitios. ¿Habéis tenido sucesos parecidos entre vuestros hombres?

—He oído algunas cosas, sólo que las descarté.

—No todo lo que se cuenta son exageraciones —argumentó ella, sin apartar la vista de los restos calcinados del soldado—. La prisión del Oscuro se debilita.

—Qué puñetas —masculló el joven mientras se daba la vuelta—. ¿En qué nos has metido, Rodel? —El noble se alejó al tiempo que movía la cabeza.

Los oficiales de Bashere impartieron órdenes para organizar a los hombres y limpiar el desbarajuste. ¿Se trasladaría Rand de casa ahora? Cuando surgían burbujas malignas era frecuente que la gente quisiera irse. Y, sin embargo, a través del vínculo con Rand, la joven no percibía urgencia. ¡De hecho parecía que había vuelto a su cuarto a descansar! Los cambios de humor de ese hombre empezaban a ser tan impredecibles como los de Elayne con el embarazo.

Aviendha sacudió la cabeza y empezó a recoger trozos de madera quemada para ayudar a limpiar. Mientras trabajaba, varias Aes Sedai salieron del edificio y se pusieron a inspeccionar los daños. Toda la fachada de la casona estaba surcada de marcas negras, y el agujero que había donde antes se encontraba la entrada tenía al menos quince pies de ancho. Una de las mujeres, Merise, dirigió una mirada apreciativa a Aviendha.

—Lástima —dijo.

La joven, todavía con las ropas empapadas —con esas nubes que cubrían el sol tardarían en secarse— se irguió levantando un trozo de madera quemada.

—¿Lástima? —preguntó—. ¿Por lo de la casona?

El corpulento lord Tellaen, propietario de la finca, gimió para sí y se sentó en una banqueta dentro del vestíbulo para enjugarse el sudor al tiempo que movía la cabeza con desaliento.

—Oh, no. Lástima por ti, pequeña —contestó Merise—. Tu destreza con los tejidos es impresionante. De haber estado en la Torre Blanca serías Aes Sedai a estas alturas. Hay cierta tosquedad en tu forma de tejer, pero aprenderías enseguida a pulir tu estilo si te enseñaran las hermanas.

Sonó un claro resoplido desdeñoso y Aviendha giró sobre sus talones con rapidez; Melaine se encontraba detrás de ella. La Sabia de cabello dorado estaba cruzada de brazos, y el vientre abultado por el embarazo empezaba a notársele. No era divertida la expresión del rostro de la Sabia. ¿Cómo habría dejado Aviendha que se acercara tanto a ella sin darse cuenta? El cansancio la estaba volviendo descuidada.

Melaine y Merise trabaron las miradas durante varios segundos; después, la alta Aes Sedai se volvió en medio de un remolino verde de faldas y se alejó para hablar con los criados que se habían quedado atrapados por las llamas para preguntarles si alguno necesitaba la Curación. Melaine la siguió con la mirada y después meneó la cabeza.

—Qué mujer tan insufrible —masculló—. ¡Y pensar lo mucho que las respetábamos antaño!

—¿Perdón, Sabia?

—Soy más fuerte que la mayoría de las Aes Sedai, Aviendha, y tú eres mucho más fuerte que yo. Posees un control y una comprensión de los tejidos que nos pone en vergüenza a casi todas nosotras. Otras tienen que esforzarse para aprender lo que a ti te sale de forma innata. ¡Así que «cierta tosquedad en tu forma de tejer», dice! Dudo que alguna Aes Sedai, salvo Cadsuane Sedai tal vez, hubiera sido capaz de realizar lo que hiciste con esa columna de agua. Para desplazar agua a esa distancia hay que hacer uso del flujo y la presión del propio río.

—¿Es eso lo que hice? —preguntó Aviendha, que parpadeó.

Melaine la miró y volvió a resoplar, esta vez con suavidad, casi para sí misma.

—Sí, eso es lo que hiciste. Tienes tanto talento, pequeña…

Aviendha se hinchó de orgullo; los elogios de las Sabias eran contados, pero siempre sinceros.

—Sin embargo, te niegas a aprender —continuó Melaine—. ¡No queda tiempo apenas! Y eso me lleva a hacerte otra pregunta: ¿qué opinas del plan de Rand al’Thor para raptar a esos jefes de mercaderes domani?

Aviendha parpadeó otra vez, tan cansada que le costaba trabajo pensar. Era irracional que los domani tuvieran mercaderes como líderes, para empezar. ¿Cómo podía dirigir al pueblo un mercader? ¿No eran sus productos el principal interés de un comerciante? Qué ridículo. ¿Alguna vez dejarían de sorprenderla las extrañas costumbres de los habitantes de las tierras húmedas?

¿Y por qué Melaine le hacía esa pregunta en aquel momento, precisamente?

—Su plan parece bueno, Sabia —contestó—. Aun así, a las lanzas no les gusta que se las utilice para secuestrar. Creo que el Car’a’carn debería haber hablado de ofrecer protección para los mercaderes, aunque fuera una protección forzada. Los jefes habrían respondido mejor a la idea de ser protectores, en vez de secuestradores.

—A la postre estarían haciendo lo mismo, lo llames como lo llames.

—Pero el nombre que se da a las cosas es importante —argumentó la joven—. No hay engaño si ambas definiciones son ciertas.

Los ojos de Melaine chispearon, y Aviendha creyó ver un asomo de sonrisa en los labios de la mujer.

—¿Qué más piensas sobre la reunión?

—Que Rand al’Thor todavía parece creer que el Car’a’carn puede exigir como un rey de las tierras húmedas. Y eso redunda en mi vergüenza, porque no supe hacerle entender las cosas como es debido.

Melaine agitó la mano.

—No has incurrido en vergüenza por eso. Todos sabemos lo obcecado que es el Car’a’carn. Las Sabias también lo han intentado y ninguna ha sido capaz de educarlo correctamente.

Vaya. Así que no era ésa la razón de incurrir en deshonor con las Sabias. Pues, entonces, ¿cuál era? Aviendha rechinó los dientes por la frustración y después hizo un esfuerzo para continuar:

—No obstante, hay que recordárselo una vez y otra, las que hagan falta. Rhuarc es un hombre sabio y paciente, pero no ocurre lo mismo con todos los jefes de clan. Sé que algunos de los otros se preguntan si fue un error la decisión de seguir a Rand al’Thor.

—Cierto. Pero mira lo que les pasó a los Shaido.

—No he dicho que esos jefes tengan razón, Sabia. —Aviendha vio que un grupo de soldados, con muchas vacilaciones, intentaba apalancar el brillante bulto negro, que parecía haberse fundido con el suelo—. Se equivocan al cuestionar las órdenes del Car’a’carn, pero hablan entre ellos. Rand al’Thor tiene que comprender que no admitirán una ofensa tras otra indefinidamente. Puede que no se vuelvan contra él, como los Shaido, pero no descartaría que Timolan, por ejemplo, emprendiera regreso a la Tierra de los Tres Pliegues y dejara al Car’a’carn con su arrogancia.

—No te preocupes —dijo Melaine, que asentía con la cabeza—. Estamos enteradas de esa… posibilidad.

Lo cual significaba que se había enviado a las Sabias para apaciguar a Timolan, jefe del clan Miagoma Aiel. No sería la primera vez. ¿Sabría Rand al’Thor el duro trabajo que hacían las Sabias para mantener la lealtad de los Aiel? Probablemente no. Los veía a todos como un grupo homogéneo, comprometido por un juramento, para que él lo utilizara. Ése era uno de los peores defectos de Rand. No se daba cuenta de que a los Aiel, como a cualquier otro pueblo, no les gustaba que los utilizaran como herramientas. Los clanes estaban mucho menos unidos de lo que él pensaba; se habían dejado a un lado las luchas intestinas entre clanes por él. ¿Es que no entendía lo increíble que era algo así? ¿No se daba cuenta de lo débil que esa alianza seguía siendo?