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Meidani estaba sentada en una curiosa silla hecha con varas de mimbre tejidas y trabajadas de manera que daba la impresión de ser un grupo de ramas que, por capricho, crecieran en forma de silla. Habría estado fuera de lugar en cualquier otra habitación de la Torre, pero encajaba en esos aposentos, donde todos los objetos eran diferentes, sin relación entre sí, aunque de algún modo conectados con la temática general de obsequios recibidos durante los viajes.

El aspecto de la Gris era distinto por completo del que tenía durante la cena con Elaida. En lugar del vestido de escote bajo y color llamativo, llevaba un atuendo de cuello alto, en color blanco, y un corte pensado para que no resaltara el busto. El cabello, rubio intenso, estaba recogido en un moño; no llevaba ni una sola joya de adorno. ¿Había buscado a propósito ese contraste?

—Has tardado en llamarme —dijo Egwene.

—No quería despertar sospechas en la Amyrlin —contestó Meidani mientras Egwene cruzaba la exótica alfombra sharaní—. Además, aún no estoy segura de qué opinión me mereces.

—No me quita el sueño lo que opines de mí —respondió la joven con sosiego mientras se sentaba en una enorme silla de roble; una placa la identificaba como regalo de un prestamista de Tear—. Una Amyrlin no necesita el aprecio de quienes la siguen, siempre y cuando obedezcan.

—Fuiste capturada y derrocada.

Egwene enarcó una ceja y le sostuvo la mirada a Meidani.

—Capturada, sí, es cierto.

—La Antecámara de las rebeldes habrá elegido una Amyrlin nueva a estas alturas.

—Resulta que sé que no lo han hecho.

Meidani vaciló. Revelar que tenía contacto con las Aes Sedai rebeldes era un riesgo, pero si no conseguía obtener la lealtad de Meidani y las espías, entonces sí que estaría pisando terreno muy, muy inseguro. Teniendo en cuenta lo asustada que había visto a Meidani en la cena, había dado por sentado que sería fácil ganarse su respaldo. Pero, por lo visto, esa mujer no se acobardaba con tanta facilidad como parecía.

—Bien, pues, aunque eso sea cierto, debes saber que te escogieron como figura decorativa, una marioneta a la que manipular —dijo Meidani.

Egwene siguió mirando con fijeza a la Gris.

—No tienes verdadera autoridad —añadió Meidani con un leve temblor en la voz.

Egwene no apartó los ojos. Meidani la observó, frunció el entrecejo poco a poco, y en el terso semblante intemporal de la Aes Sedai empezaron a aparecer arrugas. Examinó los ojos de la joven como un maestro albañil examinaría un bloque de piedra en busca de grietas o imperfecciones antes de colocarlo en su sitio. Lo que encontró pareció desconcertarla más aún.

—Bien, ahora dime exactamente por qué no huiste de la Torre —exigió Egwene como si no acabara de ser cuestionada su autoridad—. Aunque considero que tu labor de espiar a Elaida es importante, por fuerza has de saber que corres un gran peligro ahora que Elaida ha descubierto a qué bando eres leal. ¿Por qué no te fuiste?

—Yo… No puedo decirlo —contestó Meidani, que eludió los ojos.

—Te estoy dando una orden como tu Amyrlin que soy.

—Aun así, no puedo decirlo. —Meidani bajó la vista al suelo, sonrojada.

«Qué curioso», pensó Egwene, que disimuló la frustración que sentía.

—Es evidente que no entiendes la gravedad de tu situación —le dijo a la Gris—. O aceptas mi autoridad o la de Elaida. No hay término medio, Meidani. Y te prometo una cosa: si Elaida retiene la Sede Amyrlin, descubrirás que el trato que da a quienes ve como traidoras es sumamente desagradable.

Meidani siguió con la vista baja; a pesar de la resistencia inicial, daba la impresión de que le quedaba muy poca fuerza de voluntad.

—Entiendo. —Egwene se puso de pie—. Nos has traicionado, ¿verdad? ¿Te pusiste de parte de Elaida antes de ser descubierta o después de la confesión de Beonin?

Melaine alzó la cabeza con brusquedad.

—¿Qué? ¡No! ¡Jamás traicioné nuestra causa! —Se había quedado pálida y apretaba la boca en un gesto asqueado—. ¿Cómo puedes pensar que apoyaría a esa horrible mujer? Odio lo que le ha hecho a la Torre.

Bueno, pues era una respuesta más que directa; en esas afirmaciones no había resquicios por los que escabullirse sin quebrantar los Tres Juramentos. O Meidani decía la verdad o era una Negra, aunque a Egwene le costaba trabajo creer que una hermana Negra corriera el riesgo de ponerse en evidencia con un embuste tan fácil de desmentir.

—¿Por qué no huiste, entonces? —preguntó de nuevo Egwene—. ¿Por qué te quedaste?

—No puedo decirlo —reiteró la Gris a la par que negaba con la cabeza.

Egwene hizo una profunda inhalación. Había algo en aquella conversación que la irritaba.

—¿Querrás al menos decirme por qué cenas con Elaida tan a menudo? No será por lo bien que te trata.

—Elaida y yo fuimos compañeras de almohada en los años de novicias. —La Gris enrojeció—. Las otras decidieron que, si reanudaba esa relación, quizá se me presentaría la ocasión de obtener información valiosa.

—A mi entender, era imprudente suponer que confiaría en ti. —Egwene se cruzó de brazos—. No obstante, el ansia de poder de Elaida la lleva a hacer sus propias jugadas arriesgadas, de modo que quizás el plan no fuera tan temerario. Aun así, ahora que sabe que no cuenta con tu lealtad, no te hará partícipe de secretos ni te ganarás su confianza.

—Lo sé, pero se decidió que no diera a entender que estaba al tanto de que ella me había descubierto. Si me retirara ahora, sería evidente que alguien nos ha puesto sobre aviso, y ésa es una de las pocas ventajas que aún tenemos.

Demasiado pocas para que no hubiera salido huyendo de la Torre a esas alturas. No ganaría nada con quedarse, así pues ¿por qué? Al parecer la mujer todavía se reservaba alguna información. Algo con mucho peso. ¿Una promesa?

—Meidani, necesito saber qué es lo que no me cuentas.

La Gris sacudió la cabeza; parecía asustada.

«¡Luz! No voy a hacer lo mismo que hace Elaida en esas veladas durante la cena», pensó Egwene.

—Ponte derecha, Meidani —pidió mientras se apoyaba en el respaldo—. No eres una novicia aturullada, sino una Aes Sedai, así que empieza a comportarte como tal.

La Gris alzó los ojos, relampagueantes por la pulla, y Egwene asintió en un gesto aprobador.

—Repararemos el daño que Elaida ha causado y yo ocuparé el lugar que legítimamente me corresponde, como Amyrlin. Pero tenemos que trabajar.

—No puedo…

—Sí, claro que puedes decirme qué pasa. Sospecho que tiene que ver con los Tres Juramentos, aunque la Luz sabe cómo. Abordaremos el problema dando un rodeo. Bien, no puedes decirme por qué sigues en la Torre, pero ¿puedes mostrármelo?

—No estoy segura. —Meidani ladeó la cabeza—. Podría llevarte hasta…—Enmudeció de golpe. Sí, uno de los Juramentos le impedía a la fuerza que siguiera hablando—. Tal vez pueda enseñártelo —acabó la Gris en un tono poco convencido—. No estoy segura.

—Comprobémoslo, entonces. ¿Habría peligro si esas Rojas que me controlan nos siguieran?

—Mucho. —Melaine palideció.

—Habrá que dejarlas atrás, pues —concluyó Egwene, que daba golpecitos con una uña en el reposabrazos del enorme sillón, pensativa—.

Podríamos salir del sector Gris de la Torre por otro camino, pero si nos ven quizá despertemos sus sospechas.

—Ha habido muchas Rojas al acecho cerca de las entradas y salidas de nuestro sector —informó Meidani—. Sospecho que todos los Ajahs se vigilan entre sí, y será muy difícil escabullimos sin que se den cuentan. A mí no me seguirían si fuera sola, pero si te ven…

¿Espías vigilando los alojamientos de otros Ajahs? ¡Por la Luz! ¿A ese extremo se había llegado? Era lo mismo que mandar exploradores a vigilar campamentos enemigos. No debía arriesgarse a que la vieran salir con Meidani, pero ir sola también llamaría la atención porque todas las Rojas sabían que estaba bajo vigilancia.