Meidani se acobardó al oír las severas palabras… Sí, iba a tener que esforzarse mucho para recobrar la compostura de una Aes Sedai. Egwene entró en el cuarto antes de que el rudo Guardián la empujara. Meidani la siguió y Adsalan cerró de un portazo. Un par de candiles alumbraban la habitación, detalle que parecía complementar la naturaleza conspiradora de la conferencia de las mujeres.
Por el empaque de que hacían gala las cuatro Asentadas cualquiera habría pensado que estaban sentadas en tronos, en lugar de cajas, por lo cual Egwene se sentó también en otra.
—Nadie te ha dado permiso para sentarte, pequeña —dijo fríamente Saerin—. Meidani, ¿qué significa este atropello? ¡Tu juramento era para evitar este tipo de desliz!
—¿Juramento? —preguntó Egwene—. ¿Y qué juramento podría ser?
—Silencio, pequeña —espetó Yukiri, que golpeó a Egwene en la espalda con un azote tejido con Aire.
Era un castigo tan flojo que casi hizo reír a Egwene.
—¡No rompí mi juramento! —se apresuró a negar Meidani, que se acercó a Egwene—. Me ordenasteis no hablar con nadie de estas reuniones. Bien, pues, he obedecido… No le hablé de ello, se lo mostré. —Hubo una chispa de desafío en la Gris, y eso estaba bien.
Egwene no sabía a ciencia cierta lo que pasaba en el cuarto, pero cuatro Asentadas juntas constituían una oportunidad sin igual que se le presentaba. En ningún momento imaginó que tendría ocasión de hablar con tantas a la vez, y, si se mostraban dispuestas a reunirse, era posible que las rupturas que socavaban al resto de la Torre no hubieran hecho mella en ellas.
¿O acaso la reunión apuntaba algo más siniestro? Juramentos de los que Egwene no tenía noticia, reuniones lejos de los pasillos de los pisos altos, un Guardián de centinela en la puerta… ¿Esas mujeres eran de cuatro Ajahs o sólo de uno? ¿Había tropezado sin querer con una célula del Negro?
Con el corazón desbocado, Egwene se obligó a no sacar conclusiones precipitadas. Si eran Negras, estaba atrapada; si no lo eran, entonces debía ocuparse del trabajo que le tocaba hacer.
—Esto es muy inesperado —dijo la sosegada Seaine a la Gris—. Tendremos mucho más cuidado con los términos de futuras órdenes, Meidani.
—Sí —asintió Yukiri—. No creía que fueras tan inmadura como para descubrirnos por despecho. Debimos comprender que tú, como todas nosotras, tienes experiencia en amoldar y esquivar juramentos de acuerdo con las necesidades.
«Eh, un momento —pensó Egwene—. Eso parece…»
—De hecho —continuó Yukiri—, creo que se impone un castigo por esta infracción. Mas ¿qué vamos a hacer con esta pequeña que ha traído? No ha jurado en la Vara de Juramentos y por ello debería…
—Le impusisteis un cuarto juramento, ¿verdad? —interrumpió Egwene—. Por la Luz bendita, ¿en qué estabais pensando?
Yukiri la miró y Egwene sintió otro golpe de Aire.
—No se te ha dado permiso para hablar.
—La Amyrlin no necesita permiso para hacerlo —replicó la joven, que sostuvo la mirada de la otra mujer con firmeza—. ¿Qué habéis hecho aquí, Yukiri? ¡Habéis traicionado todo lo que somos! Los Juramentos no pueden utilizarse como herramientas para la división. ¿Es que toda la Torre se ha vuelto tan loca como Elaida?
—No es locura —intervino de improviso Saerin en la conversación. La Marrón sacudió la cabeza con un gesto más autoritario de lo que Egwene habría esperado de una hermana de su Ajah—. Se hizo por necesidad. En ésta no podíamos confiar, después de haber tomado partido por las rebeldes.
—No creas que ignoramos que tú también estás involucrada con ese grupo, Egwene al’Vere —dijo Yukiri. La arrogante Gris controlaba la ira a duras penas—. Si las cosas se hicieran a nuestro modo, no se te trataría con tanto mimo como hace Elaida.
Egwene hizo un ademán de indiferencia.
—Podéis neutralizarme, matarme o torturarme, Yukiri, pero la Torre seguirá patas arriba. Esas a las que con tanta ligereza llamas rebeldes no son las culpables de este desastre. Reuniones secretas en los sótanos, juramentos impuestos sin autorización… Esos son delitos que, como mínimo, igualan al de la división que está propiciando Elaida.
—No puedes poner en tela de juicio nuestros actos —manifestó Seaine en voz baja; parecía más tímida que las otras—. A veces hay que tomar decisiones difíciles. No podemos permitir que haya Amigas Siniestras entre las Aes Sedai, y se han tomado medidas para descubrirlas. Las que nos encontramos aquí demostramos a Meidani que no estamos con la Sombra, y por ende no hay nada malo en hacerle prestar un juramento. Era una medida razonable para asegurarnos de que todas trabajamos en pro de los mismos objetivos.
Egwene mantuvo sereno el semblante; ¡Seaine casi había admitido la existencia del Ajah Negro! Nunca había creído que oiría algo así de boca de una Asentada, sobre todo delante de tantos testigos. De modo que esas mujeres utilizaban la Vara Juratoria para descubrir a las hermanas Negras. Si se eliminaba la vinculación de los juramentos con una hermana y se la obligaba a prestarlos otra vez, entonces se le podía preguntar si pertenecía al Negro. Un método desesperado, pero —concluyó Egwene— uno que era legítimo si se tenía en cuenta los tiempos que corrían.
—Admito que es un plan razonable —dijo la joven—. ¡Pero hacerle prestar un juramento nuevo a esta mujer no era necesario!
—¿Y si se sabe que esa mujer tiene otras lealtades? —demandó Saerin—. Que una mujer no sea una Amiga Siniestra no significa que no nos traicionará de otra forma.
Y ese juramento de obediencia era probablemente la razón de que Meidani no pudiera huir de la Torre. Egwene sintió compasión por la pobre mujer. Enviada por las Aes Sedai de Salidar de regreso a la Torre para espiar, era de presumir que había descubierto a esas mujeres en su búsqueda de las Negras, y después había visto desenmascarado su verdadero propósito ante Elaida. Tres facciones distintas, todas azuzándola de un modo u otro.
—Sigue siendo improcedente —dijo la joven—. Pero de momento podemos dejar eso a un lado. ¿Qué pasa con Elaida? ¿Habéis determinado si ella pertenece al Negro? ¿Quién os encargó esta tarea y cómo se creó este grupo secreto?
—¡Bah! ¿Por qué habláis con ella? —exclamó Yukiri, que se levantó de la caja, puesta en jarras—. ¡Deberíamos estar decidiendo qué hacer con ella, no contestando sus preguntas!
—Si voy a ayudaros en vuestro trabajo, entonces necesito conocer los hechos —dijo Egwene.
—No estás aquí para ayudar, pequeña —intervino Doesine. La voz de la esbelta cairhienina sonaba firme—. Es evidente que Meidani te trajo para demostrar que no la tenemos dominada del todo. Como una chiquilla que pilla una rabieta.
—¿Y qué hay de las otras? —apuntó Seaine—. Hemos de reunirlas para asegurarnos de que las órdenes que tienen están bien expresadas. Sólo nos faltaba que una de ellas fuera a la Amyrlin antes de que sepamos de parte de quién está.
«¿Otras? ¿Han hecho prestar juramento a todas las espías, entonces?», pensó Egwene. Tenía sentido. Descubierta una, sería fácil conseguir los nombres de las otras.
—Entonces, ¿habéis encontrado hermanas del Negro? —preguntó—. ¿Quiénes son?
—Guarda silencio, pequeña —repitió Yukiri, que le clavó los verdes ojos—. Una palabra más y me encargaré de que se te castigue hasta que te quedes sin lágrimas que derramar.
—Dudo que puedas ordenar que se me castigue más de lo que ya han hecho, Yukiri —respondió con calma Egwene—. A menos que tenga que pasarme el día entero, a diario, en el estudio de la Maestra de las Novicias. Además, si me mandas con ella, ¿qué habré de decirle? ¿Que tú, personalmente, me impones el castigo? Sabría que no debía verte hoy, y eso podría dar pie a que se hiciera preguntas.
—Podemos hacer que Meidani te dé la orden de que se te castigue —argumentó Seaine, la Blanca.