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—No hará tal cosa. Acepta mi autoridad como Amyrlin.

Las otras hermanas miraron a Meidani, y Egwene contuvo la respiración. La Gris se las arregló para hacer un gesto de asentimiento con la cabeza, aunque parecía aterrada por desafiar a las otras. Egwene soltó un suspiro de alivio.

Saerin parecía sorprendida, pero curiosa. Yukiri, todavía de pie y cruzada de brazos, no se dejaba disuadir con tanta facilidad.

—Eso carece de importancia. Sólo tenemos que ordenarle que te mande a recibir un castigo.

—¿De veras? Creía haber oído decir que el cuarto juramento surgió con el propósito de restaurar la unidad, de evitar que acudiera corriendo a Elaida a revelar vuestros secretos. ¿Y ahora usaríais ese juramento como un garrote para obligarla a convertirse en una herramienta a vuestro servicio?

Las palabras de Egwene consiguieron que el silencio se adueñara del cuarto.

—Por eso es una idea terrible el juramento de obediencia —manifestó la joven—. Ninguna mujer debería tener tanto poder sobre otra. Lo que habéis hecho a esas otras hermanas está sólo a un paso de la Compulsión. Todavía no he decidido si hay alguna razón que justifique esta abominación, aunque es muy probable que el trato que deis a Meidani y a las demás a partir de ahora influya en la decisión.

—¿Es que tengo que repetirme? —barbotó Yukiri, que se volvió hacia las otras—. ¿Por qué perdemos tiempo cacareando como gallinas con esta muchacha? ¡Hemos de tomar una decisión!

—Hablamos con ella porque parece decidida a dar la lata —manifestó Saerin con sequedad, fija la mirada en Egwene—. Siéntate, Yukiri. Yo me ocuparé de la pequeña.

Egwene sostuvo la mirada de Saerin sintiendo el latido desbocado del corazón. Yukiri resopló con desdén; después se sentó y adoptó una expresión serena cuando por fin pareció recordar que era una Aes Sedai. El grupo estaba sometido a una gran tensión; si se descubría lo que estaban haciendo…

Egwene no apartó la vista de Saerin; había dado por sentado que era Yukiri la que tenía el mando del grupo —la fuerza de una y otra en el Poder era semejante—, y muchas Marrones solían ser dóciles. Pero había cometido un error; resultaba demasiado fácil prejuzgar a alguien basándose en su Ajah.

Saerin se echó hacia adelante y habló con firmeza:

—Pequeña, hemos de tener tu obediencia. No es posible hacerte jurar en la Vara Juratoria y, de todos modos, dudo que prestaras un juramento de obediencia. Pero no puedes seguir con esta charada de ser la Sede Amyrlin. Todas sabemos que recibes castigos con mucha frecuencia y sabemos que no está sirviendo de nada. De modo que permíteme intentar algo que supongo que nadie más ha intentado contigo: razonar.

—Puedes decir lo que piensas —contestó la joven.

La Marrón hizo un gesto desdeñoso en respuesta.

—Muy bien, pues. Para empezar, no puedes ser Amyrlin. ¡Con toda esa horcaria apenas eres capaz de encauzar!

—¿Quiere eso decir que la autoridad de la Sede Amyrlin se basa en su capacidad de encauzar? —inquirió Egwene—. ¿Es sólo una mujer que se vale de la intimidación y a la que se obedece porque puede obligar a las demás a hacer lo que exige de ellas?

—Bueno, no —contestó Saerin.

—Entonces no veo por qué el hecho de que me hagan tomar horcaria ha de tener relación con mi autoridad.

—Has sido degradada a novicia.

—Sólo Elaida es lo bastante estúpida para dar por sentado que se puede despojar de su rango a una Aes Sedai —arguyó Egwene—. Nunca debió permitírsele que supusiera que tenía el poder de hacer algo así, para empezar.

—Si no lo supusiera, entonces tú estarías muerta, pequeña.

Egwene sostuvo de nuevo la mirada de Saerin.

—A veces creo que estaría mejor muerta que ver lo que Elaida les ha hecho a las mujeres de esta Torre —manifestó.

De nuevo el silencio se apoderó del cuarto.

—He de decir que tus aspiraciones son del todo irracionales. Elaida es la Amyrlin porque fue ascendida a la Sede por la Antecámara siguiendo los cauces debidos, correctamente. Por ende, tú no puedes ser Amyrlin.

Egwene sacudió al cabeza.

—Fue «ascendida» después de deponer con medios vergonzosos y nada ortodoxos a Siuan Sanche. ¿Cómo puedes calificar de «correcta» la posición de Elaida ante eso? —Se le ocurrió algo, una jugada arriesgada, pero sintió que debía intentarlo—. Dime una cosa. ¿Habéis interrogado a alguna de las mujeres que son Asentadas en la actualidad? ¿Habéis encontrado alguna Negra entre ellas?

Aunque la mirada de Saerin siguió siendo sosegada, Seaine apartó los ojos, conturbada. «¡Eso es! —comprendió Egwene—. ¡He acertado!»

—De modo que sí —dijo en voz alta la joven—. Tiene sentido. Si fuera miembro del Negro haría todo lo posible para que se nombrara Asentada a una de mis compañeras Amigas Siniestras. Desde la Antecámara pueden manipular mejor la Torre. Bien, decidme si alguna de esas Asentadas Negras se encontraba entre las que promovieron el ascenso de Elaida a la Sede y si alguna de ellas estaba a favor de deponer a Siuan.

Se hizo el silencio.

—Contestadme —insistió Egwene.

—Encontramos a una Negra entre las Asentadas —admitió Doesine por fin—. Y… sí, era una de las que estaban a favor de deponer a Siuan Sanche. —Habló en un tono muy serio; se había dado cuenta de adonde quería llegar la joven.

—Siuan fue depuesta raspando el número mínimo de votos requerido de Asentadas —apuntó Egwene—. Una de ellas era Negra, lo que convierte en nulo su voto. Neutralizasteis y depusisteis a vuestra Amyrlin, asesinasteis a su Guardián y todo lo hicisteis ilegalmente.

—Por la Luz, tiene razón —susurró Seaine.

—Esto no tiene sentido —intervino Yukiri, que se puso de pie otra vez—. ¡Si empezamos a juzgar a posteriori para intentar confirmar las Amyrlin que podrían haber ascendido a la Sede por votos del Negro, entonces tendríamos motivos para sospechar de todas las que han ocupado el puesto!

—¿De veras? —preguntó Egwene—. ¿Y cuántas de ellas ascendieron al solio por una Antecámara compuesta justo por el número mínimo de sus miembros actuales? Esa es la única razón de por qué fue un error grave destituir a Siuan de esa forma. Cuando ascendí a la Sede nos aseguramos de que todas las Asentadas presentes en la ciudad estuvieran enteradas de lo que iba a hacerse.

—Asentadas falsas —puntualizó Yukiri—. ¡A las que les fueron otorgados sus puestos de forma ilegal!

Egwene se volvió hacia ella, contenta de que no pudieran oír el alocado palpitar de su corazón. Tenía que mantener el control de la situación. Tenía que hacerlo.

—¿Nos llamas ilegítimas a nosotras, Yukiri? ¿A qué Amyrlin preferirías seguir? ¿A la que degrada Aes Sedai al nivel de novicias o Aceptadas, la que ha proscrito a todo un Ajah, la que ha causado divisiones en la Torre más peligrosas que cualquier ejército que la haya atacado? ¿Una mujer que ascendió en parte gracias a la ayuda del Ajah Negro? ¿O preferirías servir a la Amyrlin que intenta deshacer esos entuertos?

—No estarás diciendo que crees que el Negro nos ha utilizado para ascender a Elaida —intervino Doesine.

—Creo que todas estamos sirviendo a los intereses de la Sombra mientras sigamos divididas —replicó con sequedad—. ¿Cómo creéis que reaccionó el Negro al plan casi secreto de deponer a una Sede Amyrlin, seguido de una división de las Aes Sedai? No me sorprendería descubrir, tras realizar algunas investigaciones, que esa hermana Negra sin nombre que habéis descubierto no es la única Amiga Siniestra entre el grupo que promovió derrocar a la legítima Amyrlin.

Esos razonamientos provocaron otro silencio en el cuarto. Saerin se recostó en la pared y suspiró.

—No podemos cambiar el pasado —dijo luego—. A fin de cuentas, por muy esclarecedores que resulten tus argumentos, Egwene al’Vere, son infructuosos.

—Estoy de acuerdo en que no se puede cambiar lo que ha ocurrido —convino la joven, que asintió para sus adentros—. No obstante, sí podemos pensar en el futuro. Por muy digno de admiración que considere vuestro trabajo para descubrir al Ajah Negro, me motiva mucho más vuestra buena disposición para trabajar juntas en ello. En la Torre actual, la cooperación entre Ajahs es algo excepcional. Os desafío a que os pongáis como objetivo principal eso, traer la unidad a la Torre Blanca. Cueste lo que cueste.