«Bueno, ¿y…?», pensó Gawyn, preguntándose por qué el otro hombre le contaba eso.
Sleete se volvió y lo miró a los ojos.
—Han pasado más de diez años, pero he encontrado a alguien digno. Te vinculará ahora mismo, si tú quieres.
Gawyn parpadeó, sorprendido. El larguirucho Guardián se había cubierto de nuevo con la capa de color cambiante sobre las anodinas prendas de vestir pardas y verdes. Había quienes criticaban que, con el largo cabello y las patillas, Sleete tenía un aspecto más desaliñado del que debería tener un Guardián. Pero «desaliñado» no era el calificativo adecuado para ese hombre. Rudo, tal vez, pero natural. Como una gema en bruto o como un roble nudoso pero recio.
—Me siento honrado, Sleete, pero acudí a la Torre Blanca para prepararme siguiendo las tradiciones andoreñas, no porque pensara ser Guardián. Mi sitio está junto a mi hermana. «Y, si alguien tiene que vincularme —se dijo para sus adentros—, será Egwene».
—Sí, viniste por esas razones, pero ya han quedado atrás —argumentó Sleete—. Has luchado en nuestra guerra, has matado Guardianes y defendido la Torre. Eres uno de nosotros. Tu sitio está aquí.
Gawyn vaciló.
—Buscas —continuó Sleete—. Igual que un halcón, miras aquí y allá, intentando decidir si posarte o cazar. Acabarás cansándote de volar. Únete a nosotros y conviértete en uno de nosotros. Verás que Hattori es una buena Aes Sedai, más sabia que la mayoría, mucho menos propensa a disputas y necedades que muchas de la Torre.
—No puedo, Sleete —repitió Gawyn al tiempo que sacudía la cabeza—. Andor…
—La Torre Blanca no considera influyente a Hattori —prosiguió el Guardián—. A las demás rara vez les importa lo que hace. Para tenerte de Guardián se encargaría de que la destinaran a Andor. Podrías tener las dos cosas, Trakand. Piénsalo.
Tras otra vacilación, Gawyn asintió con la cabeza.
—De acuerdo, lo pensaré —dijo.
—Bien, no es mucho pedir. —Sleete le soltó el brazo.
Gawyn se encaminó hacia la salida, pero se detuvo y se volvió a mirar a Sleete, parado en el polvoriento establo. Después llamó con un gesto a Corbet y le hizo una seña brusca. «Sal y vigila», significaba. El Cachorro asintió en silencio, con ansiedad; era uno de los más jóvenes del grupo, siempre deseoso de hacer algo para probarse a sí mismo. Vigilaría las puertas y daría la alarma si se acercaba alguien.
Sleete observó con curiosidad a Corbet mientras éste se situaba en su puesto, con la mano sobre la espada. Gawyn se adelantó entonces y habló en voz baja, para que Corbet no lo oyera.
—¿Qué piensas tú de lo que pasó en la Torre, Sleete?
El hombre mayor frunció el entrecejo y después se echó hacia atrás para apoyar la espalda en la pared del establo. Mientras hacía ese movimiento en apariencia despreocupado, el Guardián echó una ojeada a través de la ventana para comprobar que no había nadie cerca que pudiera escuchar la conversación desde fuera.
—Me pareció mal —admitió por fin en un susurro—. Un Guardián no tendría que haber luchado contra otro Guardián. Las Aes Sedai no tendrían que haber luchado contra otras Aes Sedai. No tendría que haber ocurrido algo así, ni ahora ni nunca.
—Pero ocurrió.
Sleete asintió en silencio.
—Y ahora tenemos dos grupos diferentes de Aes Sedai —prosiguió Gawyn—, con dos ejércitos diferentes, uno poniendo sitio al otro.
—Tú mantén la cabeza agachada —dijo Sleete—. Hay temperamentos fanáticos en la Torre, pero también hay mentes sabias. Haremos lo correcto.
—¿Que es…?
—Acabar con esto. Matando, si es necesario, y con otros métodos si es posible. Nada merece esta división. Nada.
Gawyn asintió con la cabeza, en tanto que Sleete la sacudía.
—A mi Aes Sedai no le gustaba el ambiente ni como estaban las cosas en la Torre. Quería salir de allí. Es lista… Lista y astuta. Pero no tiene influencia, así que las otras no le hacen caso. ¡Aes Sedai! A veces, lo único que parece importarles es quién lleva la vara más grande.
Gawyn se acercó más al otro hombre. Rara vez se oía hablar de la jerarquía y la influencia de las Aes Sedai; no tenían rangos, como los militares, pero siempre que había un grupo todas sabían de forma instintiva quién mandaba. ¿Cómo lo harían? Al parecer Sleete tenía una idea, pero no profundizó más en el asunto, así que de momento seguiría siendo un misterio.
—Hattori partió en esa misión de al’Thor sin saber de qué iba realmente aquello —continuó en voz queda el Guardián—. Lo único que quería era salir de la Torre. Una mujer sabia. —Suspiró, se irguió y puso la mano en el hombro de Gawyn—. Hammar era un buen hombre.
—Sí, lo era —corroboró, sintiendo un calambre en el estómago.
—Pero te habría matado —añadió Sleete—. Limpia y rápidamente. Fue él quien pasó a la ofensiva, no tú, y entendió por qué hiciste lo que hiciste. Ese día nadie tomó decisiones acertadas, porque ninguna era buena.
—Yo… —Gawyn se limitó a asentir con un gesto—. Gracias.
Sleete retiró la mano y se encaminó hacia las puertas, aunque echó una ojeada hacia atrás.
—Algunos opinan que Hattori tendría que haber vuelto a buscarme —comentó—. Esos Cachorros tuyos creen que me abandonó en los pozos de Dumai, pero no fue así. Ella sabía que estaba vivo, sabía que estaba herido, pero también confió en que cumpliría con mi deber como ella cumplía con el suyo. Hattori tenía que llevar a las Verdes información de lo ocurrido en los pozos de Dumai, de lo que entrañaba realmente la orden de la Amyrlin sobre al’Thor. Yo tenía que sobrevivir. Ambos cumplimos con nuestro deber. Pero, una vez enviado ese mensaje, si Hattori no hubiera percibido que me acercaba por mí mismo, habría ido a buscarme. Por encima de todo. Y los dos lo sabemos.
Sin más, se marchó. Gawyn se quedó dándole vueltas a esas últimas frases del Guardián. Con frecuencia, hablar con Sleete era un tanto peculiar. Como espadachín era muy ágil, pero una conversación con él no solía ser una charla intrascendente.
Meneó la cabeza, salió del establo e hizo un ademán a Corbet para que dejara la vigilancia. No había ninguna posibilidad de que aceptara ser otro Guardián de Hattori. La oferta había sonado tentadora durante un fugaz instante, pero sólo como una salida para escapar de sus problemas. Sabía que no sería feliz como Guardián de esa Aes Sedai; ni de ninguna otra, salvo Egwene.
Le había prometido a Egwene hacer cualquier cosa siempre que no fuera en perjuicio de Andor o de Elayne. Luz, le había prometido no matar a al’Thor. Al menos hasta que él pudiera demostrar sin lugar a dudas que el Dragón había matado a su madre. ¿Por qué no se daba cuenta Egwene de que el hombre junto al que había crecido se había convertido en un monstruo, transformado por el Poder Único? Había que acabar con al’Thor. Por bien de todos.
Abriendo y cerrando el puño, cruzó por el centro del pueblo; ojalá fuera capaz de trasladar a todos los ámbitos de su vida la paz y la quietud intrínsecas del combate a espadas. En el aire flotaba el olor penetrante a vacas y al estiércol de los establos; le habría gustado regresar a una ciudad propiamente dicha. El tamaño y la lejanía de Dorlan hacían de la población un buen lugar donde esconderse, pero Gawyn habría deseado que Elaida hubiese elegido un sitio menos oloroso para albergar a los Cachorros. Tenía la impresión de que a su ropa nunca se le quitaría de encima el olor a ganado… Eso, contando con que el ejército rebelde no los descubriera y acabara con todos en las próximas semanas.
Gawyn meneó la cabeza y se dirigió a la casa del alcalde. El edificio de dos pisos tenía el tejado a dos aguas y se alzaba en pleno centro del pueblo. El contingente de Cachorros se encontraba acampado en el pequeño prado que había detrás de la casa. Antes crecían zarzamoras en ese terreno, pero el tórrido verano seguido de las ventiscas de invierno habían marchitado los arbustos. Eran otras de tantas pérdidas que ese año conducirían a un invierno mucho más duro.