—Feliz por tener algo que hacer, supongo —contestó mientras se volvía hacia el mozo de cuadras, que se acercaba. Le lanzó un céntimo de cobre, se encargó de la silla y le dio permiso para que se fuera.
Sleete siguió observándolo desde la sombra de un enorme pino mientras Gawyn le ponía la silla a Reto. El Guardián lo sabía. Su actuación había engañado a todos los demás, pero notaba que no funcionaría con ese hombre. ¡Luz! ¿Es que iba a tener que matar a otro hombre que respetaba?
«¡Así te abrases, Elaida! Y tú también, Siuan Sanche, y toda vuestra maldita Torre. Dejad de utilizar a la gente. ¡Dejad de utilizarme!»
—¿Cuándo he de decir a tus hombres que no vas a regresar? —preguntó Sleete.
Gawyn apretó la cincha y esperó que el caballo exhalara. Miró, ceñudo, por encima de Reto.
—¿Acaso piensas detenerme?
Sleete soltó una risita.
—Con la de hoy son tres las veces que he luchado contigo y no he ganado ni un asalto, a pesar de contar con un buen espadachín para ayudarme. Tienes la mirada de un hombre que matará si es preciso, y no estoy tan deseoso de morir como algunos podrían pensar.
—Tú te enfrentarías a mí —dijo Gawyn, que acabó de asegurar la silla, puso las alforjas en su sitio y las ató. Reto resopló. Al caballo no le gustaba tener que cargar peso extra—. Morirías si pensaras que era necesario. Si atacaras tú, aunque te matara, provocarías un alboroto, y nunca podría explicar por qué había matado a un Guardián. Podrían detenerme.
—Cierto.
—Entonces, ¿por qué dejas que me vaya?
Gawyn rodeó al castrado y tomó las riendas. Miró el rostro desdibujado por las sombras y le pareció ver un atisbo de sonrisa.
—Quizás es que me gusta ver que los hombres se preocupan —dijo Sleete—. Quizás es que espero que encuentres un modo de ayudar a poner fin a esto. Quizás es que estoy perezoso y dolorido y con el alma maltrecha por tantas derrotas. Ojalá encuentres lo que buscas, joven Trakand.
Sin añadir más, con un susurro de la capa, Sleete se retiró y se perdió en la oscuridad que anunciaba la caída de la noche.
Gawyn montó. Sólo se le ocurría un sitio al que ir en busca de ayuda para rescatar a Egwene.
Picando al castrado con los talones, dejó atrás Dorlan.
14
Se abre una caja
Así que ésta es una de las Depravadas de la Sombra —dijo Sorilea.
Mirando con gesto pensativo a Semirhage, la Sabia de cabello blanco dio una vuelta alrededor de la prisionera. Desde luego, Cadsuane no esperaba ver temor en alguien como Sorilea; la Aiel era una persona baqueteada, como una estatua deteriorada por tormentas sin cuento, que había aguantado con paciente estoicismo el azote de los vientos, y entre los Aiel se la tenía como modelo de excepcional fortaleza. Había llegado a la casona hacía poco tiempo, con los que habían presentado a al’Thor el informe de Bandar Eban.
Cadsuane había previsto que encontraría muchas cosas entre los Aiel que seguían a Rand al’Thor: guerreros feroces, costumbres extrañas, honor y lealtad, inexperiencia en cuanto a astucia y política. Y no se había equivocado. Pero lo que desde luego no esperaba encontrar era a una igual; y menos en una Sabia casi incapaz de encauzar. Aun así, por raro que pudiera parecer, así era como veía a la Aiel de tez curtida como un cuero.
Lo cual no significaba que confiara en Sorilea; la Sabia tenía sus propios objetivos, que podrían no coincidir del todo con los suyos. Sin embargo, consideraba a la Aiel competente, y en la actualidad había muy pocas personas en el mundo que merecieran ese calificativo.
De improviso, Semirhage dio un respingo y Sorilea ladeó la cabeza. La Renegada no colgaba en el aire en ese momento, sino que estaba de pie, con el vestido marrón encostrado por la suciedad y el oscuro y corto cabello enredado por no haber sido cepillado hacía mucho. Todavía denotaba un aire de superioridad y control; igual que habría hecho Cadsuane de encontrarse en una situación similar.
—¿Qué son esos tejidos? —preguntó Sorilea mientras los señalaba.
Los tejidos en cuestión eran el motivo de que Semirhage diera un respingo de vez en cuando.
—Un recurso mío, algo personal —contestó Cadsuane, que deshizo y rehízo los tejidos para mostrarle cómo se ejecutaban—. Tocan un sonido en los oídos y cada pocos minutos irradian un destello de luz dirigido a los ojos del sujeto para impedirle dormir.
—Esperas fatigarla al punto de inducirla a que hable —comprendió la Sabia, sin dejar de estudiar a la Renegada.
Semirhage estaba aislada por una salvaguardia a fin de que no las oyera, por supuesto. A pesar de llevar casi dos días sin dormir como era debido, la mujer mantenía una expresión serena, abiertos los ojos, si bien unas luces cegadoras le impedían ver. Sin duda dominaba alguna técnica mental con la que mantener a raya el agotamiento.
—Dudo que esto consiga que se venga abajo —reconoció Cadsuane—. ¡Bah! Casi ni se inmuta, aparte de un pequeño respingo.
La Aes Sedai, Sorilea y Bair —una Sabia añosa sin capacidad para encauzar— eran las únicas que se encontraban en el cuarto, porque las Aes Sedai encargadas de mantener el escudo de Semirhage estaban sentadas fuera.
—Una Depravada de la Sombra no se deja manipular con tanta facilidad —convino en voz alta Sorilea, que asintió con la cabeza al comentario de Cadsuane—. Aun así, haces bien en intentarlo, habida cuenta de tus… limitaciones.
—Podríamos hablar con el Car’a’carn e intentar convencerlo para que nos entregue a esta mujer durante un tiempo —sugirió Bair—. Unos cuantos días de… delicado interrogatorio Aiel y nos diría todo lo que quisieras.
Cadsuane esbozó una sonrisa evasiva. ¡Como si ella fuera a permitir que otras dirigieran el interrogatorio! Los secretos de esa mujer eran demasiado valiosos para ponerlos en riesgo, incluso si era en manos de aliadas.
—Bien, podéis preguntárselo si queréis, pero dudo que al’Thor haga caso —contestó—. Ya sabéis lo estúpido que puede llegar a ser ese chico en lo que se refiere a hacer daño a una mujer.
Bair suspiró. Resultaba chocante imaginar a esa mujer con aspecto de abuela involucrada en un «delicado interrogatorio Aiel».
—Sí, creo que tienes razón —admitió la mujer mayor—. Rand al’Thor es dos veces más testarudo que cualquier jefe de clan que conozco. Y también el doble de arrogante. ¡Esa presunción de que las mujeres somos incapaces de aguantar el dolor tan bien como los hombres!
Cadsuane resopló con desdén.
—Para ser sincera, me he planteado colgar y azotar a ésta, ¡y que las prohibiciones de al’Thor se las trague la Sombra! Pero no creo que funcionara. ¡Bah! Hemos de encontrar algo que no sea el dolor para quebrantarla.
Sorilea seguía sin quitarle ojo a Semirhage.
—Querría hablar con ella —dijo la Sabia.
Cadsuane hizo un gesto para deshacer los tejidos que impedían a Semirhage ver y oír y después se volvió hacia Sorilea y Bair. La Renegada parpadeó —sólo una vez— para aclararse la vista y después se volvió hacia Sorilea y Bair.
—Ah, Aiel —dijo—. Qué buenos servidores fuisteis antaño. Decidme, ¿cuesta mucho asumir cómo traicionasteis vuestros juramentos? Vuestros antepasados pedirían a gritos que se os castigara si supieran cuántas muertes son obra de sus descendientes.
Sorilea no mostró ninguna reacción a las malintencionadas palabras de la Renegada. Cadsuane sabía algunos detalles de lo que al’Thor había revelado sobre los Aiel, cosas que le llegaban de segunda o tercera mano. Al parecer, al’Thor afirmaba que antaño los Aiel seguían la Filosofía de la Hoja —comprometidos a no agredir a nadie—, antes de que traicionaran sus juramentos. Cadsuane estaba interesada en esos rumores y su interés aumentó al oír que Semirhage los corroboraba.
—Por su aspecto parece más humana de lo que imaginaba —le comentó Sorilea a Bair—. Su forma de expresarse, el tono de voz, el acento, aunque suenan un poco raros se entienden con facilidad. No me esperaba esto.