Cadsuane alzó la tapa y retiró la mano con rapidez; la precaución no estaba de más, porque dentro de esa caja se hallaban dos objetos que representaban un peligro muy serio.
Sorilea se acercó y se asomó para mirar dentro. Uno de los objetos era una figurilla que medía alrededor de un pie y que representaba a un hombre sabio, con barba, sosteniendo en alto una esfera. El otro era un collar de metal negro y dos brazaletes: un a’dam creado para un hombre. Con ese ter’angreal una mujer podía convertir en su esclavo a un varón encauzador y controlar su habilidad para utilizar el Poder Único. Tal vez podría controlarlo por completo; no lo sabía porque no habían probado el collar. Al’Thor lo había prohibido.
Pasando por alto la estatuilla, Sorilea centró la atención en los brazaletes y el collar; entonces dejó escapar un quedo siseo.
—Ese objeto es malévolo.
—Sí —convino con ella Cadsuane. Pocas veces habría calificado a un simple objeto de «malévolo», pero ése lo era—. Nynaeve al’Meara afirma tener algún conocimiento sobre este objeto, y aunque no he conseguido sacarle cómo sabe esas cosas, afirma que sólo existía un a’dam masculino y que arregló las cosas para que fuera arrojado al océano. Sin embargo, también admite que no vio personalmente que se dispusiera de él y, en consecuencia, cabe la posibilidad de que los seanchan lo hayan utilizado como molde.
—Esa posibilidad me preocupa mucho —manifestó Sorilea—. Si una de las Depravadas de la Sombra o incluso alguna seanchan lo capturara con esto…
—Que la Luz se apiade de todos —susurró Bair.
—¿Y la gente que tiene estas cosas es la misma con la que al’Thor quiere firmar la paz? —Sorilea sacudió la cabeza—. La mera creación de estas abominaciones sería merecedora de una guerra a sangre y fuego. He oído decir que hay otros semejantes. ¿Qué pasa con ésos?
—Están guardados en otra parte —contestó Cadsuane mientras cerraba la tapa—. Junto con los a’dam femeninos que encontramos. Unas conocidas mías, Aes Sedai que se retiraron del mundo, están haciendo pruebas para tratar de descubrir su punto débil.
También tenían en su poder Callandor. Cadsuane detestaba haber tenido que dejar la espada fuera de su alcance, pero creía que el sa’angreal todavía guardaba secretos que desentrañar.
—Guardo éste aquí porque busco una forma de probarlo con un hombre —prosiguió—. Esa sería la mejor manera de descubrir el punto débil. Pero al’Thor no permite que ninguno de sus Asha’man sea atado a la correa, ni siquiera durante unos segundos.
Ese razonamiento desagradó a Bair.
—Algo así como probar la resistencia de una lanza ensartándosela a alguien —rezongó.
Sorilea, por el contrario, asintió en un gesto de anuencia; ella lo entendía.
Una de las primeras cosas que Cadsuane —explicó— hizo después de apoderarse de esos a’dam femeninos fue ponerse uno y practicar modos de escapar del collar. Ni que decir tiene que lo había probado en circunstancias muy controladas, con mujeres en las que confiaba para que la ayudaran a zafarse de él. Al final fue lo que tuvieron que hacer, porque Cadsuane no consiguió encontrar la forma de lograrlo por sí misma.
Pero si tu enemigo planeaba hacerte algo, debías descubrir cómo contrarrestarlo aunque ello significara tener que atarte con correa. Al’Thor no lo entendía; cuando se lo había planteado, el chico se había limitado a rezongar algo sobre «ese maldito arcón» y sobre ser golpeado.
—Tenemos que hacer algo con este hombre —dijo Sorilea, que sostuvo la mirada de Cadsuane—. Ha empeorado desde la última vez que lo vimos.
—En efecto —convino la Aes Sedai—. Se ha vuelto un verdadero experto en hacer caso omiso de mis enseñanzas.
—Entonces, hablemos de ello —propuso Sorilea, que se acercó un taburete—. Hay que discurrir un plan, por el bien de todos.
—Por el bien de todos —reiteró Cadsuane—. Por el propio al’Thor, principalmente.
15
Un sitio por el que empezar
Rand despertó en el suelo de un pasillo. Se sentó y oyó el rumor lejano de agua. ¿El arroyo que pasaba junto a la casona? No, no era eso. Las paredes y el suelo de este lugar eran de piedra, no de madera. No había velas ni lámparas colgadas de la mampostería y, sin embargo, había luz; una luz ambiental en el aire.
Se puso de pie y se estiró la chaqueta roja; lo chocante era que sentía una extraña tranquilidad, que no estaba asustado. Aquella estancia le resultaba conocida de algo, un recuerdo lejano en la memoria. ¿Cómo había llegado allí? El pasado reciente era brumoso y parecía resbalar sobre él como jirones de niebla que se desvanecían poco a poco…
«No», se dijo para sus adentros con firmeza. Los recuerdos obedecieron y volvieron de golpe, en respuesta a la fuerza de su determinación. Antes se encontraba en la casona domani esperando el informe de Rhuarc sobre la captura de los primeros miembros del Consejo de Mercaderes. Min leía Cada castillo —una biografía—, sentada en el amplio sillón verde de la habitación que compartían.
Él se había sentido exhausto, como le pasaba a menudo últimamente, y se había ido a acostar; se había quedado dormido. ¿Era esto el Mundo de los Sueños? Aunque lo había visitado alguna que otra vez, no sabía casi ningún dato específico. Egwene y las caminantes de sueños Aiel hablaban de este sitio con reserva, sopesando lo que decían.
Pero el lugar donde se hallaba parecía distinto de aquel mundo onírico; además le resultaba familiar, por raro que pudiera parecer. Observó el pasillo; era tan largo que se perdía en las sombras; en las paredes, a intervalos regulares, había puertas de madera seca y agrietada. «Sí… —pensó aferrándose al recuerdo—. Ya he estado aquí antes, pero de eso hace mucho tiempo».
Eligió una de las puertas al azar —sabía que daba igual por cuál de ellas optara— y la abrió. Al otro lado había un cuarto no muy grande; al fondo se veía una serie de arcos de piedra gris, y más allá un pequeño patio y un cielo de llameantes nubes rojas. Las nubes se dilataban y salían unas de otras, como burbujas de agua hirviendo; eran nubes de una tormenta inminente, antinatural donde las hubiera.
Observó con más detenimiento y vio que cada nube cobraba la forma de un rostro atormentado, con la boca abierta en un grito silencioso. A continuación la nube se hinchaba, se expandía, el rostro se desfiguraba, la mandíbula se movía, las mejillas se contraían, los ojos se abombaban. Entonces se partía, otras caras salían y crecían en su superficie, chillando y borbotando. Era un espectáculo hipnótico y aterrador por igual.
No había suelo más allá del patio. Sólo aquel cielo terrible.
Rand no quería mirar a la izquierda del cuarto; allí se encontraba el hogar. Las piedras que conformaban el suelo, la chimenea y las columnas estaban deformadas, como si se hubieran derretido por efecto de un calor extremo. Lo que había al límite de su visión parecía oscilar y cambiar. Los ángulos y las proporciones del cuarto eran erróneos; igual que lo eran cuando había estado allí, mucho tiempo atrás.
No obstante, esta vez había algo diferente, algo relacionado con los colores. Muchas de las piedras, ennegrecidas, tenían el aspecto de haberse quemado, y las surcaba una red de fisuras. Una luz roja, lejana, brillaba en el interior de las piedras, como si contuvieran un núcleo de lava. En algún momento había habido una mesa allí, ¿verdad? Lustrada, de madera fina, con una hechura de líneas corrientes que creaba un contraste perturbador con los ángulos deformados de las piedras.