La mesa había desaparecido, pero delante del hogar había dos sillones de respaldo alto, de cara al fuego, ocultando a quienesquiera que estuvieran sentados en ellos. Rand se obligó a caminar hacia allí; las botas resonaron en las piedras que ardían. No sentía calor, ni en las piedras ni proveniente del fuego del hogar. Contuvo la respiración y el corazón le palpitó desbocado conforme se acercaba a esos sillones. Le daba miedo lo que encontraría en ellos.
Los rodeó. En el de la izquierda había un hombre sentado; era alto, joven, de rostro cuadrado y ojos azules, arcaicos; el fuego del hogar se reflejaba en ellos y teñía los iris con una tonalidad casi púrpura. El otro sillón se hallaba vacío, por lo que Rand fue hacia allí y se sentó para sosegar los latidos del corazón y observar la danza de las llamas. Había visto a ese hombre antes, en visiones semejantes a las que surgían cuando pensaba en Mat o en Perrin.
Los colores no aparecieron esta vez cuando pensó en sus amigos. Eso era extraño, pero —en cierto modo— no del todo inesperado. Las visiones que había tenido del hombre que ocupaba el otro sillón eran diferentes de las relacionadas con Perrin y Mat. Eran más viscerales y, de algún modo, más reales. A veces, durante esas visiones, Rand casi había tenido la sensación de que si alargaba la mano tocaría a ese hombre, pero le daba miedo lo que podría ocurrir si lo hacía.
Sólo se había encontrado con él en una ocasión, en Shadar Logoth. El desconocido le había salvado la vida y Rand se preguntaba a menudo quién era ese hombre. Ahora, en este lugar, Rand lo supo por fin.
—Estás muerto —susurró—. Yo te maté.
El hombre no apartó la vista del fuego del hogar mientras se reía. Era una risa destemplada, profunda, gutural, en la que no había verdadero alborozo. Tiempo atrás Rand había conocido a ese hombre sólo como Ba’alzamon —un nombre para el Oscuro— y creyó, necio de él, que al matarlo había derrotado a la Sombra de forma definitiva.
—Te vi morir —dijo Rand—. Te atravesé el pecho con Callandor, Isham…
—Ése no es mi nombre —lo interrumpió el hombre, todavía con la vista fija en las llamas—. Ahora se me conoce por el de Moridin.
—El nombre es irrelevante —replicó Rand, enfadado—. Estás muerto y esto sólo es un sueño.
—Sólo un sueño —repitió Moridin riendo entre dientes—. Sí. —Iba vestido todo de negro, color que sólo aliviaba el bordado rojo de las mangas de la chaqueta.
Por fin Moridin lo miró. Las llamas del fuego del hogar proyectaban intensos reflejos rojos y anaranjados sobre el semblante anguloso y los ojos que no parpadeaban.
—¿Por qué te lamentas y protestas siempre por todo? Sólo un sueño. ¿Sabes que muchos sueños son más reales que el mundo de vigilia?
—Estás muerto —repitió Rand, sin dar el brazo a torcer.
—Y tú. Yo también te vi morir a ti, ¿sabes? Desatando tu ira en una tempestad sobrenatural, creando toda una montaña para señalar tu tumba. Cuán arrogante.
Al descubrir que había matado a todos los que amaba, Lews Therin había absorbido el Poder de la Fuente Verdadera hasta destruirse a sí mismo y, en el proceso, el Monte del Dragón había surgido de las entrañas del mundo. La mención de aquel acontecimiento siempre llevaba aullidos de dolor y de rabia a la mente de Rand.
Pero esta vez sólo hubo silencio.
Moridin desvió la vista de nuevo hacia las llamas que no irradiaban calor. Al lado, en las piedras del hogar, Rand percibió movimiento: trémulos fragmentos de sombras apenas visibles a través de las grietas de las piedras. El calor abrasador irradiaba más allá, como roca derretida, y esas sombras se agitaban, frenéticas. Aunque apagado, Rand oyó el ruido de arañazos y lo identificó con ratas. Había ratas detrás de las piedras; atrapadas al otro lado, consumidas poco a poco por el terrible calor, arañaban con las garras los resquicios de las grietas en su afán por escapar y no morir calcinadas.
Algunas de esas garras casi parecían diminutas manos humanas.
«Sólo es un sueño», se repitió para sus adentros con firmeza. Sólo un sueño. Pero sabía la verdad que había en lo dicho por Moridin. Su enemigo seguía vivo. ¡Luz! ¿Cuántos de los otros habrían vuelto también? Apretó el reposabrazos del sillón con fuerza, encolerizado. Tal vez tendría que haber experimentado terror, pero hacía mucho tiempo que había dejado de huir de ese ser que estaba a su lado y de su amo. En Rand ya no había lugar para el miedo; de hecho, tendría que ser Moridin el que estuviera asustado, porque la última vez que se habían encontrado los dos, Rand lo había matado.
—¿Cómo has vuelto? —espetó.
—Hace mucho tiempo te ofrecí la posibilidad de que el Gran Señor te devolviera tu amor perdido. ¿No crees, pues, que para él es sencillo recobrar a quien lo sirve?
Otro de los nombres del Oscuro era Señor de la Tumba. Sí, claro que le sería fácil, aunque Rand querría haber podido rebatirlo. ¿Por qué se sorprendía de que sus enemigos regresaran, si el Oscuro tenía la capacidad de devolver la vida a los muertos?
—Todos renacemos —continuó Moridin—, se nos reincorpora al tejido del Entramado una y otra vez. La muerte no es barrera para mi señor, salvo para aquellos que perecen por el fuego compacto. Esos están fuera de su alcance, y lo asombroso es que podamos recordarlos.
De modo que algunos de los otros sí estaban realmente muertos. El fuego compacto era la clave, pero ¿cómo se había metido Moridin en su sueño si él levantaba salvaguardias todas las noches? Echó una ojeada a su adversario y notó algo raro en los ojos del hombre: unas minúsculas motas negras se movían por el blanco de los globos oculares y lo cruzaban de un lado a otro, como partículas de ceniza que flotaran a capricho de un viento suave.
—El Gran Señor puede otorgarte la cordura, ¿sabes? —dijo Moridin.
—La última vez que me hiciste el regalo de la cordura no me proporcionó consuelo alguno —replicó Rand, sorprendido al oír lo que decía.
Ése era un recuerdo de Lews Therin, no suyo. Sin embargo, Lews Therin había desaparecido de su mente. Lo chocante era que, en cierto sentido, se sentía más firme allí, en un lugar donde todo lo demás parecía inestable. Por fin todas las partes de sí mismo encajaban mejor. No a la perfección, por supuesto, pero sí mejor de lo que estaban en la memoria reciente.
Moridin soltó un resoplido suave, pero no dijo nada. Rand volvió la vista hacia el hogar y contempló los parpadeos y ondulaciones de las llamas. Creaban formas —como las nubes—, pero éstas eran de cuerpos descabezados, esqueléticos, con la espalda arqueada por el dolor, que se retorcían durante un instante en el fuego, convulsos, antes de deshacerse en la nada con un chisporroteo.
Rand se quedó un rato contemplando el fuego, absorto. Cualquiera los habría tomado por dos viejos amigos que disfrutaban del calor de la chimenea en invierno. Sólo que las llamas no proporcionaban calor y él volvería a matar a ese hombre. O volvería a morir a manos de él.
—¿Por qué has venido aquí? —preguntó Moridin, tamborileando los dedos en el reposabrazos del sillón.
«¿Que he venido?», pensó Rand, sobresaltado. ¿Es que no lo había llevado Moridin allí?
—Estoy tan cansado… —continuó Moridin mientras cerraba los ojos—. ¿Eres tú o soy yo? Querría estrangular a Semirhage por lo que hizo.
Rand frunció el entrecejo. ¿Estaba loco Moridin? A decir verdad, Ishamael parecía haber perdido la cabeza al final.
—No es el momento de que luchemos los dos. —Moridin hizo un gesto con la mano a Rand—. Vete, déjame en paz. Ignoro lo que sería de nosotros si nos matáramos el uno al otro. De todos modos, el Gran Señor te tendrá en su poder a no mucho tardar. Su victoria está asegurada.
—Ha fracasado antes y volverá a fracasar —contestó Rand—. Lo derrotaré.
Moridin rompió a reír de nuevo, con la misma desgana de antes.
—Es posible —dijo luego—. Pero ¿crees que eso importa? Piénsalo. La Rueda gira y gira sin tregua, las eras se suceden una y otra vez y los hombres combaten al Gran Señor. Pero algún día vencerá y, cuando lo haga, la Rueda se detendrá.