—Sí, suena lógico —dijo luego—. Dudo que muchos quieran oír esa idea. Si los sellos se rompen, no hay forma de saber lo que ocurrirá. Si no logro contenerlo…
Las profecías no anunciaban que Rand vencería, sólo que lucharía. Min se estremeció otra vez —¡maldita ventana!—, pero miró a Rand a los ojos cuando afirmó:
—Vencerás. Lo derrotarás.
—¿Fe en un demente, Min? —dijo él con un suspiro.
—Fe en ti, pastor.
De repente la joven vio que empezaban a girar visiones alrededor de la cabeza de Rand. Casi siempre conseguía no hacerles caso, a menos que fueran nuevas, pero ahora las seleccionó. Luciérnagas consumidas en la oscuridad. Tres mujeres ante una pira. Fogonazos de luz, oscuridad, sombra, señales de muerte, coronas, heridas, dolor y esperanza. Una tempestad alrededor de Rand al’Thor más intensa que cualquier tormenta real.
—Seguimos sin saber qué hacer —comentó él—. Los sellos ya están lo bastante frágiles para poder romperlos con las manos, pero después ¿qué? ¿Cómo lo detengo? ¿Dice algo sobre eso en tus libros?
—No podría asegurarlo —admitió—. Las pistas, si es que se trata de eso, son ambiguas. Seguiré buscando, te lo prometo. Encontraré esas respuestas para ti.
Él asintió con la cabeza, y a Min le sorprendió percibir la confianza del hombre a través del vínculo. Aquélla era una emoción tan poco frecuente en Rand en los últimos tiempos que casi daba miedo, pero no parecía irradiar tanta dureza como en días anteriores; aún era una roca, pero, quizá se abrían algunas grietas con el propósito de dejarla entrar. Era un comienzo.
Ciñó los brazos alrededor de Rand y volvió a cerrar los ojos. Un sitio por el que empezar, pero, quedaba tan poco tiempo… En fin, habría qué arreglárselas.
Resguardando con cuidado la vela encendida, Aviendha encendió el farol colgado de un palo; la llama titiló e iluminó el prado a su alrededor. En las hileras de tiendas se oían los ronquidos de los soldados. La noche era fría y despejada, y a lo lejos sonaba el matraqueo de las ramas; un búho solitario ululó. Aviendha estaba exhausta.
Había cruzado el prado cincuenta veces encendiendo y apagando el farol para después regresar al trote a fin de encender la vela en la casona antes de volver despacio, con cuidado —protegiendo la llama— para encender el farol otra vez.
Otro mes de ese tipo de castigos y probablemente se volvería tan loca como un habitante de las tierras húmedas. ¡Las Sabias se despertarían una mañana y la encontrarían yendo a darse un chapuzón en el río o llevando un odre medio lleno de agua o —incluso— montando a caballo por puro placer! Suspiró, demasiado cansada para pensar más, y se volvió hacia el sector Aiel del campamento para ir a dormir por fin.
Alguien estaba de pie detrás de ella.
Se sobresaltó y llevó la mano a la daga, pero se relajó al reconocer a Amys. De todas las Sabias, sólo ella —una antigua Doncella— habría podido acercarse con tanto sigilo a Aviendha.
La Sabia tenía las manos enlazadas delante; el chal marrón y la falda ondearon ligeramente con el aire. A la joven se le puso carne de gallina con la última ráfaga, más fría que las anteriores. El cabello plateado de Amys parecía casi fantasmagórico a la luz vespertina; una aguja de pino arrastrada por el aire se le había enganchado en un mechón.
—Abordas tus castigos con tanta… entrega, pequeña —dijo Amys.
Aviendha bajó la vista. Aludir a sus actividades era avergonzarla. ¿Se le acababa el tiempo? ¿Las Sabias habían decidido al fin dejarla por imposible?
—Por favor, Sabia, sólo hago lo que el deber me exige.
—Sí, lo haces. —Amys se pasó la mano por el pelo y encontró la aguja de pino, que tiró en la hierba seca—. Y, asimismo, no lo haces. A veces, Aviendha, estamos tan preocupados con lo que tenemos que hacer que no nos paramos a pensar qué es lo que no hemos hecho.
Aviendha se alegraba de que estuviera oscuro, porque así no se vio su sonrojo. A lo lejos, un soldado tocó la campana para dar la hora; el metal sonó con once repiques melancólicos. ¿Qué contestar a los comentarios de Amys? No parecía que hubiera una respuesta apropiada.
La salvó un destello de luz, justo más allá del campamento; era apenas perceptible, pero en la oscuridad no resultaba difícil ver el parpadeo.
—¿Qué pasa? —preguntó la Sabia al advertir la expresión de Aviendha, y se volvió para mirar en aquella dirección.
—Luz —contestó la joven—. En la zona de Viaje.
Amys frunció el entrecejo y al punto ambas echaron a andar hacia allí. Enseguida se encontraron con Damer Flinn, Davram Bashere y una reducida guardia de saldaeninos y Aiel que entraban en el campamento. ¿Qué pensar de un ser como Flinn? La infección se había limpiado, pero ese hombre —como muchos de los otros— había acudido para pedir que se los instruyera antes de que tal cosa ocurriera. Aviendha habría ido en busca del Cegador de la Vista antes que hacer algo así, pero al final habían demostrado ser unos instrumentos muy valiosos.
Amys y Aviendha se apartaron a un lado mientras el pequeño grupo se encaminaba a buen paso hacia la casona, alumbrada exclusivamente por las lejanas antorchas titilantes y el cielo encapotado en lo alto. Aunque la mayor parte de la fuerza enviada para reunirse con los seanchan eran soldados de Bashere, también había varias Doncellas en el grupo. Amys buscó la mirada de una de ellas, una mujer de cierta edad llamada Corana; ésta se quedó retrasada y, aunque en la oscuridad no era fácil saberlo, parecía preocupada. O quizás enfadada.
—¿Qué noticias hay? —preguntó Amys.
—Los invasores, esos seanchan —Corana pareció escupir la palabra—, han accedido a tener otra reunión con el Car’a’carn.
Amys asintió con un cabeceo; sin embargo, Corana —el corto cabello agitado por el frío viento— resopló de forma sonora.
—Habla —pidió la Sabia.
—El Car’a’carn tiene demasiado empeño en lograr la paz —repuso la Doncella—. Esos seanchan le han dado motivos para declarar una guerra a sangre y fuego, pero él sonríe tontamente y se muestra condescendiente. Me siento como un perro que ha sido adiestrado para ir a lamerle los pies a un desconocido.
Amys miró a Aviendha.
—¿Y a ti que te parece esto? —le preguntó.
—Mi corazón se identifica con lo que dice ella, Sabia, pero aunque el Car’a’carn sea un necio en ciertas cosas, no es ése el caso ahora. Mi mente está de acuerdo con él y, en esta ocasión, haré lo que me dicta la mente.
—¿Cómo puedes decir eso precisamente tú? —espetó Corana, que puso énfasis en lo último, como dando a entender que Aviendha, una Doncella hasta no hacía mucho, debería comprenderlo.
—¿Qué es más importante, Corana? —replicó la joven alzando el mentón—. ¿La discusión que sostienes con otra Doncella o el enfrentamiento de tu clan con su enemigo?
—El clan está antes, por supuesto, pero ¿qué tiene eso que ver?
—Los seanchan merecen que les presentemos batalla y tienes razón al decir que duele ofrecerles la paz, pero olvidas que tenemos un enemigo mayor —aclaró Aviendha—. El mismísimo Cegador de la Vista tiene un enfrentamiento con todos los hombres, y nuestro deber está por encima de cualquier lucha entre naciones.
—Habrá tiempo de sobra para enseñarles a los seanchan el peso de nuestras lanzas en otro momento —manifestó Amys, asintiendo a lo dicho por Aviendha, pero Corana sacudió la cabeza.
—Sabia, hablas como un habitante de las tierras húmedas. ¿Qué nos importan sus profecías y sus historias? El deber de Rand al’Thor como Car’a’carn es mucho más importante que su deber para con los habitantes de estas tierras. Tiene que conducirnos a la gloria.
Amys asestó una mirada durísima a la Doncella rubia.
—Hablas como un Shaido —dijo secamente.