—Pero tú ya lo conoces —apuntó Tesan.
—Así es. —Egwene partió la nuez—. Pero hablamos de una situación hipotética.
«Hacéis bien en recordar que en el mundo real conozco personalmente al Dragón Renacido —pensó—. Y que nadie más en la Torre lo conoce».
—Supongamos que eres quien eres, y que él es Rand al’Thor, tu amigo de la infancia.
—De acuerdo.
—Dime, pues —pidió Ferane, que se echó hacia adelante—. De los tipos de hombre que has enumerado antes, ¿en cuál encaja mejor el tal Rand al’Thor?
—En todos ellos —respondió Egwene tras dudar un momento; soltó una nuez partida en trozos en un cuenco pequeño, junto a otras. Miyasi no las tocaría, pero las otras dos hermanas no eran tan exigentes—. Si yo fuera yo y el Dragón fuera Rand, lo tendría por una persona sensata, para ser un varón, aunque a veces un tanto cabezota. Bueno, casi siempre. Y, ante todo, lo tendría por un buen hombre, en el fondo. En consecuencia, el siguiente paso sería enviarle hermanas para ofrecerle orientación y consejos.
—¿Y si las rechazara? —inquirió Ferane.
—En ese caso enviaría espías para observarlo y comprobar si ya no era el mismo hombre que conocía.
—Y, mientras esperabas y espiabas, aterrorizaría a la población haciendo estragos y reuniendo ejércitos bajo su estandarte.
—¿No es eso acaso lo que queremos que haga? —preguntó Egwene—. No creo que hubiéramos podido impedir que empuñara Callandor, de habernos propuesto tal cosa. Se las ha arreglado para restablecer el orden en Cairhien, unificar Tear e Illian bajo el mando de un dirigente, y, es de suponer, ganarse el favor de Andor.
—Por no mencionar que ha subyugado a esos Aiel —intervino Miyasi al tiempo que acercaba la mano al cuenco para sacar un puñado de nueces.
Egwene le clavó una mirada cortante.
—Nadie subyuga a los Aiel. Rand se ganó su respeto; yo estaba con él por entonces.
Miyasi se quedó paralizada, con la mano a medio camino del cuenco de nueces peladas. Se sacudió para librarse de la intensa mirada de la joven, tomó el cuenco y volvió a recostarse en el sillón. Un vientecillo frío sopló en la balconada y agitó las parras que, según Ferane, no reverdecían esa primavera como tendrían que hacerlo. Egwene se centró de nuevo en las nueces.
—Al parecer, te limitarías a dejarle sembrar el caos como considerara oportuno —dijo Ferane.
—Rand al’Thor es como un río. Tranquilo y plácido si no se lo perturba, pero que se convierte en una corriente embravecida y mortífera si se lo oprime demasiado. Lo que le hizo Elaida fue el equivalente a tratar de meter al Manetherendrelle a la fuerza por un cañón de dos pies de ancho. Esperar a descubrir el temperamento de un hombre no es una estupidez ni una señal de debilidad. Actuar sin tener información es demencial, y la Torre Blanca se ha buscado la conmoción originada con su actuación.
—Tal vez —dijo Ferane—. Pero todavía no me has dicho cómo afrontarías la situación una vez que recibieras la información que querías y el momento de estar a la expectativa quedara atrás.
El genio de Ferane era de sobra conocido, pero ahora hablaba con la frialdad habitual de las Blancas. Era la frialdad de quien plantea algo sin emociones, pensando con lógica y sin tolerar influencias externas.
No era el mejor modo de enfocar problemas; la gente era mucho más compleja que un puñado de reglas y números. Había un tiempo para la lógica, sí, pero también había un tiempo para las emociones.
Rand era un problema en el que Egwene no había querido entrar ni darle vueltas; tenía que afrontar los problemas de uno en uno. Pero también había mucho que decir sobre hacer planes por anticipado. Si no se planteaba cómo tratar con el Dragón Renacido, acabaría encontrándose en una situación tan mala como Elaida.
Él había cambiado, ya no era el hombre que ella había conocido; y, sin embargo, los rasgos de su personalidad tenían que ser los mismos. Lo había visto montar en cólera durante los meses de viaje por el Yermo de Aiel; eso no ocurría con frecuencia siendo críos, pero Egwene comprendía ahora que era un rasgo latente en él. No es que de repente hubiera desarrollado el mal genio, sino que en Dos Ríos no pasaba nada que lo sacara de sus casillas, simplemente.
Durante los meses que había viajado con él, tuvo la impresión de que Rand se endurecía a cada paso que daba. Estaba sometido a mucha presión. ¿Cómo trataba una con un hombre así? A decir verdad, no tenía ni idea.
Pero esta conversación no versaba sobre qué hacer con Rand; en realidad, lo que Ferane procuraba establecer era qué clase de mujer era Egwene.
—Rand al’Thor se considera una especie de emperador —dijo la joven—. Y supongo que lo es, a estas alturas. No reaccionará bien si cree que lo llevan o lo empujan en una dirección específica. Si tuviera que tratar con él, enviaría una delegación a rendirle honores.
—¿Una comitiva fastuosa? —preguntó Ferane.
—No, no. Pero tampoco una en exceso modesta. Un grupo de tres Aes Sedai, encabezadas por una Gris acompañada por una Verde y una Azul. Tiene una opinión favorable de las Azules debido a relaciones anteriores, y al Verde a menudo se lo ve como el reverso del Rojo, una indicación sutil de que estamos dispuestas a trabajar con él en vez de amansarlo. La presencia de una Gris es porque se espera que sea así, pero también porque enviar a una hermana de ese Ajah significa que a continuación vendrán negociaciones, no ejércitos.
—Buena lógica —opinó Tesan.
Pero a Ferane no era tan fácil convencerla.
—Delegaciones de ese tipo fracasaron en el pasado. Tengo entendido que la delegación de Elaida estaba encabezada por una Gris —argumentó la Asentada Blanca.
—Sí, pero la delegación de Elaida tenía un defecto de base —repuso Egwene.
—¿Y eso por qué?
—Vaya, pues porque la enviaba una Roja, naturalmente. —Egwene cascó una nuez—. Me cuesta trabajo ver la lógica de ascender a un miembro del Ajah Rojo a la Sede Amyrlin en tiempos del Dragón Renacido. ¿No da la impresión de ser una medida destinada a crear animosidad entre él y la Torre?
—O podría ser que una Roja fuera necesaria en estos tiempos turbulentos, puesto que las Rojas son las que tienen más experiencia en vérselas con hombres capaces de encauzar —rebatió Ferane.
—Vérselas con ellos es por completo diferente de trabajar con ellos. Al Dragón Renacido no se lo debió dejar que actuara a su antojo, pero ¿desde cuándo se dedica la Torre Blanca a secuestrar a la gente y obligarla a hacer su voluntad? ¿Acaso no se nos tiene por las personas más sagaces y cautas del mundo? ¿No nos enorgullecemos de ser capaces de conseguir que otros hagan lo que deben, dejando que piensen que la idea era suya desde el principio? ¿En qué momento del pasado encerramos a reyes en arcones y los golpeamos por su desobediencia? ¿Por qué ahora, precisamente ahora, Luz bendita, hemos dado la espalda a una práctica que dominábamos a la perfección para convertirnos en cambio en simples asaltantes de caminos?
Ferane escogió una nuez. Las otras dos Blancas intercambiaron una mirada inquieta.
—Tiene sentido lo que dices —admitió por fin la Asentada.
—En el fondo Rand al’Thor es un buen hombre, pero necesita que lo guíen. —Egwene dejó a un lado el cascanueces—. Vivimos unos tiempos en que deberíamos haber sido más sagaces que nunca. Habría que haberlo convencido de que confiara en las Aes Sedai por encima de cualquier otro pueblo u organización, que confiara en nuestros consejos. Deberíamos haberle enseñado la sensatez que hay en escuchar. En cambio, se le ha demostrado que lo trataremos como a un chiquillo indómito. Incluso si lo es, no hay que dejar que crea que lo tenemos por tal, porque a causa de nuestra chapucería ha tomado cautivas a varias Aes Sedai y ha permitido que otras hermanas fueran vinculadas por esos Asha’man.