—Los seanchan no trabajan para Rand —empezó la joven—. Y representan un gran peligro para la Torre Blanca. No he difundido mentiras. Decir lo contrario sería traicionar los Tres Juramentos.
—No has prestado los Tres Juramentos —barbotó Elaida con severidad al tiempo que se volvía hacia ella.
—Sí lo he hecho —la contradijo Egwene—. No sostenía la Vara Juratoria, pero no es la Vara la que hace ciertas mis promesas. He pronunciado las palabras de los juramentos con el corazón, y para mí son más preciados porque no hay nada que me obligue a cumplirlos. Y por ese juramento al que estoy obligada, te lo repito de nuevo: soy una Soñadora y he soñado que los seanchan atacarán la Torre Blanca.
Un destello de cólera asomó fugaz a las pupilas de Elaida, que apretó el tenedor que sostenía en la mano hasta que los nudillos se le pusieron blancos. Egwene le sostuvo la mirada y, por último, Elaida rompió a reír otra vez.
—Ah, tan testaruda como siempre, por lo que veo. Tendré que decirle a Katerine que tenía razón. Serás castigada por tus exageraciones, pequeña.
—Estas mujeres saben que no digo mentiras —repuso Egwene muy sosegada—. Y cada vez que insistes en que sí lo hago, te rebajas a los ojos de las aquí presentes. Aun en el caso de que no creas mi Sueño, has de admitir que los seanchan son una amenaza. Atan a cadenas a las mujeres encauzadoras y las utilizan como armas con una especie de ter’angreal maligno. He llevado ese aro en el cuello, todavía lo siento a veces, en mis sueños. En mis pesadillas.
El comedor se había sumido en el silencio.
—Eres una pobre estúpida, pequeña —dijo Elaida; saltaba a la vista que procuraba actuar como si Egwene no fuera una amenaza. Tendría que haber mirado a las otras; de hacerlo así, habría visto la verdad en sus ojos—. Bien, no me dejas opción y tendré que tomar medidas contigo. Te arrodillarás ante mí, pequeña, y suplicarás mi perdón. Ahora mismo. En caso contrario ordenaré que seas encerrada, sola. ¿Es eso lo que quieres? Empero, no creas que por eso las palizas cesarán. Seguirás recibiendo tu castigo diario, sólo que serás llevada de vuelta a la celda después de aplicártelo. Bien, pues, arrodíllate y pide perdón.
Las Asentadas intercambiaron miradas entre ellas; ya no había vuelta atrás. Egwene habría querido evitar que las cosas llegaran a ese punto, pero había ocurrido y Elaida había buscado el enfrentamiento. Había llegado el momento de presentar el suyo.
—¿Y si no me inclino ante ti? —inquirió la joven sin dejar de sostener la mirada a su adversaria—. Entonces, ¿qué?
—Te arrodillarás, sea de un modo u otro —gruñó Elaida al tiempo que abrazaba la Fuente.
—¿Vas a usar el Poder conmigo? —preguntó Egwene, muy tranquila—. ¿Tienes que recurrir a eso? ¿Es que sin encauzar careces de autoridad?
Elaida vaciló.
—Estoy en mi derecho de disciplinar a quien no muestra el debido respeto.
—Y así me harás obedecer. ¿Harás lo mismo con cualquiera de la Torre, Elaida? Un Ajah te planta cara y lo disuelves. Alguien te disgusta y le arrebatas su derecho de ser Aes Sedai. Tendrás a todas las hermanas doblegadas ante ti para cuando esto acabe.
—¡Tonterías!
—¿De veras? ¿Les has hablado sobre tu idea del nuevo juramento? ¿Uno prestado en la Vara Juratoria por todas las hermanas, de la primera a la última, con la promesa de obedecer a la Amyrlin y apoyarla en todo?
—Yo…
—Niégalo —desafió Egwene—. Niega que lo dijiste. ¿Te permitirán los Tres Juramentos negarlo?
Elaida se quedó paralizada. Si era del Negro podría negarlo, ni con Vara Juratoria ni sin ella. Pero de todos modos Meidani respaldaría lo que Egwene decía.
—Era sólo hablar por hablar —se justificó Elaida—. Simple especulación, pensamientos expresados en voz alta.
—A menudo la verdad se oculta en la especulación —contrarrestó Egwene—. Encerraste al propio Dragón Renacido en un arcón, y acabas de amenazarme con lo mismo delante de testigos. La gente lo acusa de ser un tirano, pero eres tú la que está destruyendo nuestras leyes y basas tu liderazgo en el miedo.
Elaida tenía los ojos desorbitados, dejando patente la cólera que la embargaba. Parecía… conmocionada, como si no lograra entender cómo había pasado de disciplinar a una novicia rebelde a un debate de igual a igual. Egwene vio que la mujer empezaba a tejer un filamento de Aire. Había que impedírselo. Una mordaza de Aire pondría fin al debate.
—Sigue adelante, vamos —animó con sosiego Egwene—. Utiliza el Poder para hacerme callar. Como Amyrlin ¿no deberías ser capaz de convencer a quien se te opone con palabras, en lugar de recurrir a la fuerza?
Otro destello de ira asomó a las pupilas de Elaida, que soltó el filamento de Aire.
—No tengo por qué rebatir nada a una simple novicia —barbotó—. La Amyrlin no tiene que dar explicaciones a alguien como tú.
—La Amyrlin entiende de credos y de los debates más complejos —se puso a recitar de memoria Egwene—. No obstante, al final es la sierva de todos, incluso de los trabajadores más humildes.
Esas palabras las había dicho Balladare Arandaille, la primera Amyrlin ascendida del Ajah Marrón. Había usado tales frases en sus últimos escritos, antes de morir; esos escritos eran una explicación de su mandato y de lo que había hecho durante la guerra de Kavarthen. Arandaille creyó que, una vez superada la crisis, como Amyrlin tenía el deber moral de dar explicaciones al pueblo llano.
Sentada a la derecha de Elaida, Shevan asintió con la cabeza en un gesto de aprobación. La cita era un tanto abstracta; para sus adentros, Egwene dio gracias por la discreta preparación llevada a cabo por Siuan en cuanto a los conocimientos de antiguas Sedes Amyrlin. Gran parte de lo que había dicho provenía de historias secretas, pero también había varias perlas de sabiduría de mujeres como, por ejemplo, Balladare.
—¿Qué tonterías barbotas? —espetó Elaida.
—¿Qué te proponías hacer con Rand al’Thor una vez que lo capturaras? —inquirió Egwene, que pasó por alto la pregunta de la otra mujer.
—No tengo…
—No es a mí a quien has de responder, sino a ellas —la interrumpió Egwene al tiempo que señalaba con la cabeza a las mujeres sentadas a la mesa—. ¿Has dado tú explicaciones, Elaida? ¿Qué planes tenías? ¿O vas a eludir esta pregunta igual que has hecho con las otras que te he planteado?
Elaida tenía la cara encendida, pero hizo un esfuerzo para tranquilizarse.
—Lo habría mantenido a salvo y bien escudado aquí, en la Torre, hasta que llegara el momento de la Última Batalla. Eso habría evitado que ocasionara el sufrimiento y el caos que ha desatado en muchas naciones. Merecía la pena el riesgo de encolerizarlo.
—«Al igual que el arado rompe la tierra, así romperá él las vidas de los hombres, y todo lo que fue se consumirá en el fuego de sus ojos» —recitó Egwene—. «Las trompetas de la guerra sonarán al compás de sus pasos, los cuervos se alimentarán con su voz, y él llevará una corona de espadas».
Elaida frunció el entrecejo, pillada por sorpresa.
—El Ciclo Karaethon, Elaida —apuntó la joven—. De tener a Rand encerrado para mantenerlo «a salvo», ¿habría conquistado Illian? ¿Se habría ceñido a la frente la que denominaría Corona de Espadas?
—Bueno, no.
—¿Y cómo esperabas que cumpliera las profecías si estaba retenido en la Torre Blanca? ¿Cómo iba a provocar guerras como las profecías dicen que debe hacer? ¿Cómo iba a desarticular las naciones y aunarlas bajo su bandera? ¿Cómo podría «matar a su gente con la espada de la paz» o «someter las nueve lunas a su servicio» si estaba encerrado? ¿Anuncian las profecías que será «desencadenado»? ¿Acaso no hablan del caos suscitado a su paso? ¿Cómo va a cumplirse nada de todo eso si se lo tiene encerrado y encadenado?
—Yo…