—Tu lógica es formidable, Elaida —dijo Egwene con frialdad, y sus palabras hicieron que Ferane esbozara una sonrisa; probablemente pensaba, una vez más, que Egwene encajaría en el Ajah Blanco.
—Bah, haces preguntas irrelevantes. Las profecías tendrían que haberse cumplido. No había otro camino.
—O sea, estás diciendo que tu intento de apresarlo estaba destinado al fracaso.
—No, en absoluto —negó Elaida, de nuevo encendidas las mejillas—. No tendríamos que molestarnos con estas cosas, ya que a ti no te incumben ni eres quien ha de decidir. ¡No, deberíamos hablar de tus rebeldes y lo que le han hecho a la Torre Blanca!
Un buen giro en la conversación, un intento de poner a Egwene a la defensiva. No era del todo incompetente esa mujer. Sólo arrogante.
—Lo que yo veo es que procuran arreglar las desavenencias entre nosotras —adujo Egwene—. No se puede cambiar lo ocurrido. No se puede cambiar lo que le hiciste a Siuan, aun cuando las que están conmigo han descubierto un método de Curar la neutralización y la curaron. Sólo nos queda seguir adelante y hacer todo lo posible para restañar las heridas y borrar las cicatrices. ¿Y tú qué haces en cambio, Elaida? Oponerte a las conversaciones, valerte de la intimidación con las Asentadas para que abandonen las reuniones, insultar a los Ajahs que no son el tuyo.
Doesine, del Amarillo, masculló unas palabras de anuencia; el murmullo atrajo la mirada de Elaida, que guardó silencio un momento, como dándose cuenta de que había perdido el control del debate.
—Ya está bien, se acabó —declaró.
—Cobarde —dijo Egwene.
—¡Cómo te atreves! —exclamó Elaida con los ojos desorbitados.
—Me atrevo a decir la verdad, Elaida —respondió con sosiego la joven—. Eres una cobarde y una tirana. Añadiría incluso una Amiga Siniestra, pero sospecho que el Oscuro se sentiría abochornado de estar asociado contigo.
Con un chillido estridente, Elaida tejió un relámpago de Poder que estrelló a Egwene contra la pared; la jarra de vino se estampó en el suelo de madera, junto a la alfombra, y se hizo añicos; saltó una rociada de líquido rojo como sangre que salpicó la mesa y a la mitad de las ocupantes, manchando el blanco mantel.
—¿Me llamas Amiga Siniestra? —gritó Elaida—. La Amiga Siniestra eres tú. Tú y esas rebeldes de fuera que buscan distraerme de hacer lo que debe hacerse.
Una ráfaga de Aire tejido lanzó a Egwene de nuevo contra la pared y la joven se desplomó en el suelo; cayó sobre los trozos de la jarra rota, que le abrieron cortes en los brazos. Una docena de latigazos se descargaron sobre ella y le desgarraron las ropas. La sangre le manó de los brazos y empezó a salpicar en el aire, manchando la pared a medida que Elaida la vapuleaba.
—¡Elaida, basta ya! —gritó Rubinde al tiempo que se ponía de pie en medio del frufrú del vestido verde—. ¿Es que te has vuelto loca?
Elaida se giró hacia ella con violencia.
—¡No me tientes, Verde! —amenazó.
Los latigazos continuaron descargándose sobre Egwene, que lo soportó en silencio; con un gran esfuerzo, se puso de pie. Sentía que la cara y los brazos empezaban a hinchársele, pero mantuvo la mirada serena prendida en Elaida.
—¡Elaida! —gritó Ferane, que también se puso de pie—. ¡Estás violando la ley de la Torre! ¡No puedes usar el Poder para castigar a una iniciada!
—¡Yo soy la ley de la Torre! —bramó Elaida, que señaló a las hermanas con el dedo—. Os burláis de mí, lo sé. A mi espalda. Me mostráis deferencia cuando me veis, pero sé lo que decís, lo que susurráis. ¡Necias ingratas! ¡Después de lo que he hecho por vosotras! ¿Creéis que os aguantaré para siempre? ¡Que ésta os sirva de ejemplo!
Se giró para señalar a Egwene y se tambaleó, estupefacta, al encontrar a la joven de pie y observándola con tranquilidad. Elaida soltó una exclamación ahogada y se llevó la mano al pecho mientras los latigazos no dejaban de descargarse. Todas veían los tejidos y veían que Egwene no chillaba a pesar de no tener una mordaza de Aire en la boca. La sangre le resbalaba por los brazos, el cuerpo era golpeado ante los ojos de las presentes y, sin embargo, Egwene no veía motivo para gritar. Por el contrario, dio las gracias para sus adentros a las Sabias, por su sabiduría.
—¿Y de qué he de servir de ejemplo, Elaida? —preguntó Egwene, sosegada.
El vapuleo continuó. ¡Oh, y cómo dolía! Las lágrimas se le formaban en los rabillos de los ojos a Egwene, pero había soportado cosas peores. Muchísimo peores. Lo sentía cada vez que pensaba en lo que esa mujer le estaba haciendo a la institución que amaba. Lo que le dolía de verdad no eran las heridas, sino la forma en que Elaida se estaba comportando delante de las Asentadas.
—Por la Luz —susurró Rubinde.
—Querría no encontrarme aquí, Elaida —dijo suavemente Egwene—. Ojalá que la Torre tuviera en ti una gran Amyrlin. Ojalá pudiera agacharme ante ti y aceptar tu liderazgo. Ojalá lo merecieras. Aceptaría de buen grado la ejecución si con ello dejara atrás una Amyrlin competente. La Torre Blanca es más importante que yo. ¿Puedes decir lo mismo tú?
—¡Conque quieres la ejecución! —aulló Elaida, que recuperó el habla—. ¡Bien, pues no la tendrás! ¡La muerte es demasiado fácil para ti, Amiga Siniestra! Veré cómo te apalean, todo el mundo lo verá, hasta que haya acabado contigo. ¡Sólo entonces morirás! —Se volvió hacia las criadas, que estaban boquiabiertas a los lados del comedor—. ¡Mandad que vengan los soldados! ¡Quiero que se la arroje a la celda más profunda que haya en la Torre! ¡Que se anuncie por toda la ciudad que Egwene al’Vere es una Amiga Siniestra que ha rechazado la gracia de la Amyrlin!
Las criadas salieron corriendo a cumplir la orden recibida. Los latigazos seguían cayendo, pero Egwene empezaba a estar entumecida, insensible. Cerró los ojos, debilitada… Había perdido mucha sangre por el brazo izquierdo, que era donde tenía el corte más profundo.
Había llegado al punto crítico, como temió que ocurriría. Se lo había jugado todo a una carta.
Pero no temía por su vida, sino que temía por la Torre. Mientras se apoyaba en la pared y los pensamientos se desdibujaban, la asaltó una profunda pena.
Su batalla desde dentro de la Torre llegaba a su fin, fuera de una forma u otra.
17
Cuestión de control
Deberías tener más cuidado —se oyó decir a Sarene dentro del cuarto—. Tenemos bastante influencia con la Sede Amyrlin. Si colaborases, quizá podríamos persuadirla para que paliara tus castigos.
El resoplido de desdén de Semirhage llegó sin dificultad a oídos de Cadsuane, que escuchaba en el pasillo —al otro lado de la puerta del cuarto de interrogatorios— sentada en una cómoda silla de caña. La Aes Sedai mayor tomaba sorbos de una infusión de estevia. El pasillo era de madera, cubierto a todo lo largo con una alfombra marrón y blanca, y lo alumbraban titilantes lámparas que semejaban prismas.
Había otras hermanas en el pasillo —Daigian, Erian y Elza— encargadas de mantener escudada a Semirhage. Aparte de Siuan, todas las Aes Sedai del campamento lo hacían por turnos; era demasiado peligroso encargar exclusivamente esa tarea a Aes Sedai de categoría inferior, so pena de arriesgarse a que se agotaran, y el escudo tenía que mantenerse fuerte. Sólo la Luz sabía lo que podría pasar si Semirhage se libraba de él.
Cadsuane sorbió otro poco de infusión, de espaldas a la pared. Al’Thor había insistido en que se permitiera a «sus» Aes Sedai interrogar también a Semirhage, en lugar de limitarse a las que eligiera Cadsuane, la cual no estaba segura de si esa decisión se debía a un intento del chico de hacer valer su autoridad o si creía de verdad que esas mujeres podrían tener éxito en lo que ella —hasta el momento— no había obtenido resultados.
En cualquier caso, tal era la razón de que Sarene se hubiera encargado del interrogatorio ese día. La Blanca tarabonesa era una persona juiciosa, por completo ajena al hecho de que era una de las mujeres más hermosas que había alcanzado el chal en años. Su aplomo no era un rasgo inesperado en alguien perteneciente al Ajah Blanco, como tampoco era infrecuente que las mujeres de ese Ajah se quedaran tan ensimismadas como las Marrones. Sarene ignoraba asimismo que Cadsuane se encontraba fuera, escuchando a escondidas, mediante el uso de un minúsculo tejido de Aire y Fuego. Era un recurso sencillo que las novicias eran muy dadas a aprender; mezclado con el recién descubierto recurso de invertir los tejidos de una misma, el resultado era que Cadsuane podía oír sin que nadie de dentro del cuarto supiera que lo hacía.