Las Aes Sedai que estaban en el pasillo veían lo que hacía, desde luego, pero ninguna de ellas hablaría. Aun cuando dos de ellas —Elza y Erian— se encontraban entre el grupo de necias que habían jurado lealtad al chico al’Thor, se andaban con cuidado teniéndola cerca, ya que sabían lo que pensaba de ellas. Estúpidas. A veces tenía la impresión de que la mitad de sus aliadas se proponían complicarle más el trabajo.
Sarene seguía con el interrogatorio al otro lado de la puerta. La mayoría de las Aes Sedai de la casa habían probado alguna vez a interrogar a la Renegada; Marrones, Verdes, Blancas y Amarillas, todas habían fracasado. La propia Cadsuane aún no había hecho preguntas a Semirhage directamente. Las otras Aes Sedai casi la consideraban una figura mítica, una reputación que ella explotaba y alentaba. Permanecía ausente de la Torre Blanca durante varias décadas seguidas; así se aseguraba de que muchas dieran por sentado que había muerto, y cuando reaparecía, se montaba un revuelo. Había dado caza a falsos Dragones por dos motivos: primero, porque era necesario, y segundo, porque con cada hombre que capturaba crecía su fama entre las otras Aes Sedai.
¡Todo su trabajo apuntaba a estos días finales, y así la cegara la Luz si iba a permitir que el chico al’Thor lo echara todo a perder ahora!
Disimuló el ceño bebiendo otro sorbo de infusión. Estaba perdiendo el control poco a poco, hilo a hilo. Antaño, algo tan espectacular como las disputas en la Torre Blanca habrían despertado su interés de inmediato, pero no podía enredarse con ese problema ahora. La propia creación había empezado a destejerse, y la única forma de combatirlo era dirigir todos sus esfuerzos hacia al’Thor.
Y él se resistía a todos sus intentos de ayudarlo; paso a paso, se iba convirtiendo en un hombre con entrañas de piedra, inamovible e incapaz de adaptarse. Una estatua sin sentimientos no podía enfrentarse al Oscuro.
¡Condenado chico! Y, ahora, también Semirhage, que seguía desafiándola. Cadsuane se moría de ganas de entrar y plantarle cara a esa mujer, pero Merise había hecho las mismas preguntas que ella habría planteado, y sin resultado. ¿Cuánto tiempo aguantaría intacta su imagen si resultaba ser tan incapaz de hacerla hablar, como les pasaba a las demás?
Sarene empezó a hablar otra vez.
—No deberías tratar así a las Aes Sedai —dijo con voz tranquila.
—¿Aes Sedai? —exclamó Semirhage, con una carcajada—. ¿No te da vergüenza utilizar ese título para describiros? ¡Es como si un cachorrito se considerara un lobo!
—Puede que no lo sepamos todo, lo admito, pero…
—No sabéis nada —la interrumpió la Renegada—. Sois niñas que juegan con los juguetes de sus mayores.
Cadsuane dio golpecitos en un lado de la taza con el índice; de nuevo se sorprendía por las similitudes entre Semirhage y ella, y de nuevo esas similitudes le producían comezón por dentro.
Por el rabillo del ojo vio a una criada espigada subir la escalera llevando una bandeja con judías y rábanos cocidos para la comida de Semirhage. ¿Ya era mediodía? Sarene había interrogado a la Renegada durante tres horas y había estado dando vueltas a lo mismo todo el tiempo. La criada se acercó y Cadsuane hizo un gesto indicándole que entrara.
Un instante después la bandeja caía con estruendo en el suelo. El ruido hizo que Cadsuane se incorporara de un salto al tiempo que abrazaba el saidar. Estuvo a punto de entrar corriendo en el cuarto, pero la voz de Semirhage frenó el impulso de la mujer.
—No pienso comer eso —rechazó la Renegada, dominando como siempre la situación—. Me he hartado de vuestra bazofia, de modo que ya estás mandando que me traigan algo apropiado.
—Si lo hacemos, ¿responderás nuestras preguntas? —inquirió Sarene, que estaba a la que saltaba para aprovechar cualquier ocasión que se le presentaba.
—Tal vez —contestó Semirhage—. Veremos si me complace.
Hubo un silencio y Cadsuane miró a las otras mujeres que se encontraban en el pasillo, que también se habían puesto de pie de un salto por el ruido, aunque no oían lo que hablaban dentro. Les indicó con una seña que se sentaran.
—Ve a traerle otra cosa —ordenó Sarene a la sirvienta que había llevado la comida—. Y manda a alguien para que limpie esto.
La puerta se abrió y después se cerró con rapidez cuando la criada se alejó a toda prisa.
—La siguiente pregunta —continuó Sarene— determinará si al final te comes lo que traigan o no.
A despecho de la firmeza de la voz, Cadsuane notó precipitación en las palabras de la Blanca; el repentino golpe de la bandeja en el suelo la había sobresaltado. Todas las que se hallaban cerca de la Renegada tenían los nervios de punta. Y no es que le mostraran deferencia, pero sí la trataban con cierta consideración. ¿Y cómo no? Era una leyenda. Uno no estaba en presencia de semejante ser —una de las criaturas más perversas que hubiera conocido el mundo— sin sentir al menos cierto grado de respeto.
—Ese es nuestro error —susurró Cadsuane. Después parpadeó, se dio media vuelta y abrió la puerta del cuarto.
Semirhage se hallaba en el centro de la pequeña habitación; volvía a estar atada con Aire, los tejidos rehechos probablemente en el mismo instante en que había tirado al suelo la bandeja de latón, que seguía donde había caído mientras el jugo de las judías empapaba las vetustas tablas. Ese cuarto no tenía ventana; había servido de almacén y, llegado el momento, pasó a ser una «celda» para la Renegada. El negro cabello de Sarene, tejido en trencillas rematadas con cuentas, enmarcaba el bello rostro, que denotaba sorpresa por la intrusión; la Blanca estaba sentada en una silla, enfrente de Semirhage. Su Guardián, Vitalien, un hombre de hombros anchos y tez pálida, se encontraba en un rincón de la habitación.
Semirhage no tenía la cabeza inmovilizada y los ojos se desviaron hacia la recién llegada.
Cadsuane se había comprometido; debía enfrentarse a esa mujer ahora. Por suerte, lo que planeaba no requería delicadeza; todo volvía a una única pregunta: ¿qué haría falta para que la propia Cadsuane se desmoronara? La solución era sencilla, ahora que se le había ocurrido.
—Oh, ya veo que la pequeña ha rechazado la comida que le trajeron —dijo con la actitud de quien no aguanta tonterías—. Sarene, suelta los tejidos.
Semirhage enarcó las cejas y abrió la boca para mofarse; pero, en el momento en que Sarene deshizo sus tejidos de Aire, Cadsuane agarró a la Renegada por el pelo y —con un imprevisto barrido de pie— la zancadilleó y la tiró patas arriba en el suelo.
Quizá debería haber utilizado el Poder, pero le parecía apropiado usar las manos para hacer eso. Preparó unos cuantos tejidos, aunque lo más probable era que no los necesitara. Semirhage, aunque alta, era una mujer de constitución esbelta, y Cadsuane siempre había sido más bien corpulenta. Además, la Renegada parecía absolutamente atónita por la forma en que la había tratado.
Cadsuane apoyó una rodilla en la espalda de la mujer y a continuación le metió la cara en la comida desparramada.
—Come —ordenó—. No veo con buenos ojos que se desperdicie la comida, pequeña, sobre todo en los tiempos que corren.
Semirhage barbotó unas cuantas frases que Cadsuane supuso que serían maldiciones, aunque no entendió nada; el significado debía de haberse perdido en la noche de los tiempos. A poco, las maldiciones amainaron y Semirhage se quedó callada, sin ofrecer resistencia. Cadsuane habría tomado la misma decisión, porque conducirse así habría perjudicado su imagen. El poder de Semirhage como cautiva radicaba en el miedo y el respeto que le tenían las Aes Sedai. Cadsuane tenía que cambiar eso.