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Skellen y Bonhart salieron del concejo. Bonhart tenía la espada en la mano. Neratin Ceka gritó, se acercó a ellos con el caballo y los derribó. Luego, directamente desde la silla, se tiró sobre Bonhart y lo sujetó al suelo. Rience apareció en el umbral y miraba como atontado.

– ¡Agarradla! -gritó Skellen, levantándose-. ¡Agarradla o matadla!

– ¡Viva! -gritó Rience-. ¡Vivaaa!

Kenna vio cómo le hacían alejarse a Ciri de la empalizada del río, cómo daba la vuelta y se lanzaba en dirección al torno. Vio cómo Cabernik Turent se acercaba y quería tirarla de la silla, vio cómo brilló la espada, vio cómo del cuello de Turent fluía una línea de color carmín. Dede Vargas y Fripp el Joven también lo vieron. No se decidieron a ponerse en el camino de la muchacha, se metieron entre las chozas.

Bonhart se levantó, con un golpe del pomo de la espada alejó a Neratin Ceka y le dio un tajo terrible, oblicuo, en el pecho. Y al momento saltó detrás de Ciri. El herido y sangrante Neratin Ceka consiguió todavía agarrarlo por el pie, sólo lo soltó cuando resultó clavado a la arena de un pinchazo. Pero aquellos pocos segundos fueron suficientes.

La muchacha espoleó a la yegua al pasar ante Silifant y Mun. Skellen, inclinado como un lobo, venía corriendo desde la izquierda, moviendo la mano. Kenna vio cómo algo brillaba en el vuelo, vio cómo la muchacha se agitaba y se tambaleaba en la silla, y cómo de su rostro brotaba una fuente de sangre. Se inclinó hacia atrás de forma que por un instante yació con la espalda sobre las ancas de la yegua. Pero no cayó, se enderezó, se sujetó en la silla, aferrándose al cuello del caballo. La yegua negra pisoteó a los hombres armados y se lanzó directamente hacia el torno. Detrás de ella corrían Mun, Silifant y Chloe Stitz con una ballesta.

– ¡No va a saltar! ¡La tenemos! -gritó Mun triunfante-. ¡Ningún caballo salta siete pies!

– ¡No dispares, Chloe!

Chloe Stitz no lo oyó en el griterío general. Se detuvo. Se puso la ballesta a la mejilla. Todo el mundo sabía que Chloe no fallaba nunca.

– ¡Un cadáver! -gritó-. ¡Un cadáver!

Kenna vio cómo un hombre de baja estatura, cuyo nombre no sabía, se acercó, alzó una ballesta y disparó de cerca a Chloe en el pecho. El virote la atravesó de parte a parte en una explosión de sangre. Chloe cayó sin un gemido.

La yegua negra galopó hasta el torno, echó ligeramente hacia atrás la cabeza. Y saltó. Se alzó y voló por encima de la puerta, extendiendo con gracia las patas delanteras se deslizó como una negra línea de terciopelo. Los cascos traseros, recogidos, ni siquiera rozaron la viga superior.

– ¡Dioses! -gritó Dacre Silifant-. ¡Por los dioses, qué caballo! ¡Vale su peso en oro!

– ¡La yegua para el que la atrape! -gritó Skellen-. ¡A los caballos! ¡A los caballos y a perseguirla!

A través del tomo por fin abierto galopó un grupo en persecución, alzando polvo. Delante de todos, en cabeza, cabalgaban Bonhart y Boreas Mun.

Kenna se levantó con esfuerzo. Y al momento se tambaleó y se sentó pesada en la arena. Le hormigueaban dolorosamente los pies.

Cabernik Turent no se movía, yacía en un charco de sangre con las piernas y brazos muy abiertos. Andrés Fyel intentaba levantar al todavía inconsciente Stigward.

Encogida en la arena, Chloe Stitz parecía pequeña como un niño.

Ola Harsheim y Bert Brigden trajeron a Skellen al hombre de baja estatura, el que había matado a Chloe. Antillo suspiró. Y hasta tiritaba de rabia. De la bandolera que llevaba cruzada al pecho extrajo una segunda estrella de metal, como la que hacía un instante había herido el rostro de la muchacha.

– Que te trague el infierno, Skellen -dijo el hombre de baja estatura. Kenna recordó su nombre. Mekesser. Jediah Mekesser. Un gemmeriano. Lo había conocido en Rocayne.

Antillo se encorvó, agitando la mano con brusquedad. La estrella de seis puntas aulló en el aire y se clavó profunda en el rostro de Mekesser, entre el ojo y la nariz. Ni siquiera gritó, comenzó sólo a temblar espasmódicamente y con fuerza en el abrazo de Harsheim y Brigden. Tembló largo rato, y le entrechocaban tanto los dientes que todos volvieron la cabeza. Todos menos Antillo.

– Sácale mi orión, Ola -dijo Stefan Skellen, cuando el cadáver por fin colgó inerte en los brazos que le sujetaban-. Y meted a esta carroña en el estercolero, junto con esa otra carroña, ese hermafrodita. Que no quede ni rastro de estos asquerosos traidores.

De pronto aulló el viento, fluyeron las nubes. De pronto hizo mucho frío.

La guardia se llamaba sobre los muros de la ciudadela. Las hermanas Scarra roncaban a dúo. LeCoq meaba haciendo mucho ruido en una bacinilla vacía.

Kenna se subió la manta hasta la barbilla.

No alcanzaron a la muchacha. Desapareció. Simplemente desapareció. Bóreas Mun -increíble- perdió el rastro de la yegua mora al cabo de unas tres millas. De pronto, sin advertencia, se hizo la oscuridad, el viento dobló los árboles casi hasta el suelo. Rompió a llover, incluso bramaron los truenos, brillaron los rayos.

Bonhart no desistía. Volvieron a Licornio. Se gritaron los unos a los otros: Bonhart, Antillo, Rience y el cuarto, la enigmática e inhumana voz chillona. Luego pusieron en pie a toda la hansa, excepto a aquéllos que -como yo- no estaban en estado de viajar. Juntaron a unos campesinos con antorchas, se metieron en el bosque. Volvieron hacia el alba.

Volvieron sin nada. Descontando el miedo que tenían en los ojos.

Los rumores, recordaba Kenna, sólo comenzaron algunos días después. Al principio todos tenían miedo de Antillo y Bonhart. Éstos estaban tan rabiosos que era mejor quitarse del paso. Por cualquier palabra descuidada hasta Bert Brigden, el oficial, recibió un palo con el asta del guincho.

Pero luego se habló de lo que había pasado durante la persecución. Del pequeño unicornio de paja que creció de pronto hasta el tamaño de un dragón y asustó a los caballos de tal modo que los jinetes cayeron al suelo, sólo por un milagro no se rompieron los cuellos. Y de la cabalgada celestial de espectros de ojos de fuego montados en esqueletos de caballos y conducidos por el terrible esqueleto de un rey que ordenaba a su servidores fantasmas que borraran las huellas de los cascos de la yegua negra con los jirones de sus capas. Del macabro coro de chotacabras que gritaban «¡Liiic-oorr de sangre, liiic-oorr de sangre!». De los aullidos terroríficos de la fantasmagórica beann'shie, la mensajera de la muerte…

Viento, lluvia, nubes, arbustos y árboles de formas fantásticas, sumados al miedo que grandes ojos ha, como dijo Boreas Mun, que, al fin y al cabo, allí también estuvo. Ésa era toda la explicación. ¿Y los chotacabras? Los chotacabras, como chotacabras, añadió, siempre gritan.

¿Y el rastro, las huellas de los cascos que de pronto desaparecen, como si el caballo hubiera echado a volar?

El rostro de Bóreas Mun, rastreador capaz de rastrear a un pez en el agua, se endurecía ante esta pregunta. El viento, el viento borró las huellas con arena y hojas. No había otra explicación posible.

Algunos hasta lo creyeron, recordó Kenna. Algunos hasta creyeron que todo aquello habían sido fenómenos naturales o quimeras. Y hasta se rieron de ellos.

Pero dejaron de reírse. Después de Dun Dáre. Después de Dun Dáre ya no se volvió a reír nadie.

Cuando la vio, retrocedió inconscientemente, tomando aire.

Ella había mezclado grasa de ganso con tizones de la chimenea, haciendo una gruesa masa con la que había ennegrecido las cuencas de los ojos y los párpados, alargando las líneas hasta las orejas y las sienes.

Tenía el aspecto de un demonio.

– Desde el cuarto islote hasta el bosque alto, por el mismo margen -él repitió las indicaciones-. Luego siguiendo el río hasta los tres árboles secos, desde allí por la arboleda de sauces directa hacia el oeste. Cuando aparezcan los pinos, cabalga al borde y cuenta las sendas. Tuerces en la novena y luego no tuerzas ya más. Luego vendrá la aldea de Dun Dáre, el arrabal está en su parte norte. Unas cuantas cabañas. Y detrás de ellas, en el cruce, la taberna.