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Henry Carwardine levantó la vista y dijo:

– Tengo entendido que este trimestre hay un poema de Jennie Pegram que empieza:

«Mi estación preferida es el otoño

me encantan sus vivos tonos».

»Yo diría que vale la pena gastarse los diez peniques para descubrir cómo se enfrenta a ese pequeño problema de rima.

Grace Willison sonrió alegremente.

– Ya sabemos que no es más que una producción de aficionados, pero mantiene a la Liga de Amigos en contacto con lo que sucede aquí, y también a nuestros amigos personales, claro.

– A los míos no -dijo Henry-. Saben que estoy incapacitado físicamente, pero no quiero que piensen que también lo estoy mentalmente. En el mejor de los casos, el boletín alcanza el nivel literario de una revista parroquial; en el peor, que es tres números de cada cuatro, es vergonzosamente pueril.

Grace Willison se sonrojó y empezó a temblarle el labio. Dalgliesh se apresuró a decir:

– Sí, por favor, incluya mi nombre. ¿Resultaría más fácil si les pagara ahora todo un año?

– ¡Qué amable! Quizá seis meses sería más seguro. Si Wilfred decide traspasar Toynton Grange a Ridgewell Trust, es posible que tengan otros planes para el boletín. Me temo que en este momento el futuro es muy incierto para todos nosotros. ¿Tiene la bondad de anotarme aquí su dirección? Queenhythe. Eso está junto al río, ¿verdad? Qué agradable. Supongo que no querrá crema de manos ni sales de baño, aunque les mandamos sales a un par de caballeros. Pero ése es el departamento de Dennis. Él se ocupa de la distribución y hace la mayor parte del embalaje. Me temo que nuestras manos tiemblan demasiado para ser útiles. Estoy segura de que podría separarle unas sales.

El sonido de un gong salvó a Dalgliesh de responder a esta anhelante petición.

– El gong de aviso -dijo Julius-. Al segundo toque la cena estará servida. He de regresar a casa a ver lo que me ha dejado mi indispensable señora Reynolds. Ah, ¿han advertido al comandante de que en Toynton Grange se cena al estilo trapense, en silencio? No queremos que infrinja las reglas con inoportunas preguntas sobre el testamento de Michael o sobre qué razones podría tener un paciente de este nidito de amor para lanzarse por un acantilado.

Desapareció con cierto apresuramiento, como si temiera que cualquier tendencia a entretenerse fuera a exponerlo al riesgo de ser invitado a cenar.

Evidentemente Grace Willison se sintió aliviada al verlo marchar, pero sonrió con valentía a Dalgliesh.

– Es cierto que tenemos por norma que nadie hable durante la cena. Espero que no le moleste. Nos turnamos para leer el libro que elijamos. Esta noche le toca a Wilfred, de modo que leerá un sermón de Donne. Son muy buenos, eso sí, y al padre Baddeley le gustaban, lo sé, pero yo los encuentro bastante difíciles. Y creo que no van muy bien con el cordero guisado.

Capítulo 8

Henry Carwardine hizo rodar su silla hasta el ascensor, abrió con dificultad la puerta de rejilla metálica, la cerró estrepitosamente y pulsó el botón del piso superior. Había insistido en que quería una habitación en el edificio principal, rechazando con firmeza las celdas precarias y de mezquinas proporciones de la ampliación, y Wilfred, pese a lo que a Henry le parecían miedos obsesivos, casi paranoicos, de quedarse aislado en medio de un incendio, accedió de mala gana. Henry confirmó su compromiso con Toynton Grange trasladando allí uno o dos muebles escogidos de su piso de Westminster y prácticamente todos sus libros. Su habitación era amplia, de techo alto y agradables proporciones; las dos ventanas se abrían hacia el sudeste y ofrecían una extensa vista del promontorio. Al lado tenía un cuarto de baño que sólo compartía con el paciente que ocupara la habitación reservada a los enfermos. Sin la menor sombra de culpa, sabía que disponía de la habitación más cómoda de la casa y cada vez se retiraba más a este pulcro mundo privado y cerraba la pesada puerta labrada a la convivencia; de vez en cuando sobornaba a Philby para que le llevara bandejas de comida, le comprara quesos especiales, paté y fruta en Dorchester para complementar las comidas institucionales que el personal de Toynton Grange preparaba por turnos. Por lo visto, Wilfred no había considerado prudente comentar esta insubordinación menor, esta violación de la ley de la solidaridad.

Pensó qué le habría impulsado a lanzar aquella pequeña pulla contra la inofensiva y patética Grace Willison. No era la primera vez desde la muerte de Holroyd que se descubría hablando en el tono de éste. El fenómeno le parecía interesante. Volvía a hacerle pensar en aquella otra vida, aquella a la que había renunciado tan prematura y resueltamente Mientras presidía comisiones, había observado que los miembros desempeñaban sus papeles individuales casi como si se los hubieran repartido de antemano. El halcón, la paloma, el transigente, el paternalista estadista de edad, el rebelde impredecible. Y con qué rapidez, si uno de los colegas se hallaba ausente, otro modificaba sus puntos de vista, adaptaba sutilmente incluso su voz y sus modales para llenar el hueco. Por lo visto, de la misma manera había él adoptado el manto de Holroyd. La idea resultaba irónica y en cierta medida lo satisfacía. ¿Por qué no? ¿Quién si no se adaptaba mejor que él a ese papel incordiante e inconformista?

Había sido uno de los subsecretarios de Estado más jóvenes de toda la historia. Su nombre sonaba como futuro jefe de un departamento. Y así se veía él. Pero la enfermedad, que al principio rozó nervios y músculos con dedos vacilantes, afectó la raíz de la confianza y todos los planes cuidadosamente elaborados. Cada conversación telefónica suponía una dura prueba; aquel pitido insistente cargado de impaciencia bastaba para que le empezaran a temblar las manos. Las reuniones, a las que siempre le había gustado asistir y había presidido con una competencia discreta pero abrasiva, se convirtieron en competiciones impredecibles entre la mente y el ingobernable cuerpo. Perdió la confianza justo en lo que más seguro había estado.

No se hallaba solo en la desgracia. Había visto otros, algunos en su propio departamento, a quienes les ayudaban a pasar de los grotescos coches de inválidos a las sillas de ruedas, que aceptaban un trabajo inferior y más sencillo y se trasladaban a una división que pudiera permitirse transportar un pasajero. El departamento conseguía el equilibrio entre la eficacia y el interés público por un lado y la consideración y la compasión debida por otro. Le hubieran permitido quedarse mucho tiempo más del que justificaba su utilidad. Hubiera podido morir, como había visto morir a otros, con los arneses oficiales puestos, unos arneses más ligeros y adaptados a sus débiles hombros, pero arneses al fin y al cabo. Admitía que para eso se requería cierta valentía. Pero no era su estilo.

Fue una reunión con otro departamento, presidida por él mismo, lo que le hizo decidirse finalmente. Todavía no era capaz de pensar en el desastre sin vergüenza y horror. Volvía a verse, arrastrando los pies impotentes, imprimiendo tatuajes en el suelo con el bastón mientras se esforzaba por dar un paso hacia su asiento, farfullando y rociando de babas los papeles de su vecino al saludarlo. El círculo de ojos que rodeaba la mesa, ojos animales, vigilantes, predatorios, avergonzados, que no se atrevían a encontrarse con los de él. Con la excepción de un muchacho, un joven y apuesto jefe de Hacienda. Éste miraba fijamente al presidente, no con piedad, sino con un interés casi cínico, observando para futura referencia una manifestación más del comportamiento humano sometido a tensiones. Por fin le salieron las palabras, por supuesto. No sabía cómo, había aguantado hasta el final de la reunión, pero para él era el fin.