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Se había enterado de la existencia de Toynton Grange como se entera uno de las existencia de tales lugares, a través de un colega cuya esposa recibía el boletín trimestral y contribuía a su financiación. Parecía que podía constituir una solución. Era soltero y no tenía familia. No podía esperar ser siempre capaz de valerse por sí mismo, ni que la pensión de invalidez le permitiera pagar a una enfermera fija. Además tenía que salir de Londres. Si no podía alcanzar el éxito, optaría por desaparecer por completo, por retirarse al olvido, lejos de la azarada compasión de los colegas, del ruido y el aire viciado, de los peligros y las molestias de un mundo agresivamente organizado para los ricos y los sanos. Escribiría el libro sobre la toma de decisiones en el Gobierno planeado para cuando se jubilara, refrescaría sus conocimientos de griego, volvería a leer todo Hardy. Si no podía cultivar su propio jardín, al menos podría desviar los exigentes ojos de la falta de cultivo de los demás.

Y durante los primeros seis meses parecía que funcionaba. Había desventajas que, extrañamente, ni esperaba ni se le habían ocurrido: las monótonas comidas; las tensiones entre personalidades discordantes; el retraso con que le llegaban los libros y el vino; la falta de buena conversación; el egocentrismo de los enfermos, su preocupación por los síntomas y las funciones corporales; el horroroso infantilismo y falsa jovialidad de la vida institucional. Pero, aunque por poco margen, era soportable y tenía miedo de admitir el fracaso, dado que todas las demás alternativas parecían peores. Y entonces llegó Peter.

Hacía poco más de un año de su ingreso en Toynton Grange. Era una víctima de la polio, un muchacho de diecisiete años, hijo único de la viuda de un transportista de la industrial región central de Inglaterra que hizo tres visitas preparatorias de inspección oficiosa y mal informada antes de calcular si podía permitirse aceptar la vacante. Henry sospechaba que, asustada por la soledad y la degradada posición de los primeros meses de viudez, buscaba ya un segundo marido y empezaba a darse cuenta de que un hijo de diecisiete años confinado a una silla de ruedas constituía un obstáculo para la cuidadosa evaluación que harían de ella los posibles candidatos teniendo en cuenta el dinero de su difunto esposo y su propia avejentada y desesperada sexualidad. Al escuchar su torrente de intimidades obstétricas y maritales, Henry constató una vez más que los impedidos eran tratados como una raza aparte. No representaban amenaza alguna, ni sexual ni de cualquier otro tipo, y no ofrecían competencia. Como compañía, tenían la ventaja de los animales: delante de ellos se podía decir literalmente cualquier cosa sin avergonzarse.

Así pues, Dolores Bonnington expresó su satisfacción y, al poco tiempo, llegó Peter. El muchacho le causó al principio una pobre impresión, pero luego fue apreciando gradualmente su capacidad mental. Peter se había criado en casa con la ayuda de enfermeras y, cuando su salud lo permitía, lo acompañaban al colegio público local. Allí había tenido mala suerte. Nadie, y menos su madre, había descubierto su inteligencia. Henry Carwardine dudaba de la capacidad de ésta para reconocerla, pero estaba menos dispuesto a exculpar al colegio. Incluso teniendo en cuenta el problema que representaban las clases demasiado numerosas y la falta de personal, inevitables dificultades logísticas de una enorme escuela pública urbana, algún miembro del claustro de aquel indisciplinado y mal equipado jardín zoológico debería haber reconocido a un niño estudioso, pensaba con ira. Fue Henry quien concibió la idea de proporcionarle a Peter la educación de la que le habían privado, de que con el tiempo podía ingresar en una universidad y ganarse la vida.

Para sorpresa de Henry, preparar a Peter para los exámenes de reválida se convirtió en una preocupación general, en la conciencia de unidad y comunidad de Toynton Grange que ninguno de los experimentos de Wilfred había logrado crear. Incluso Víctor Holroyd participó.

– Parece que ese chico no es tonto. Por supuesto, carece casi por completo de instrucción. Los profesores estarían los pobres demasiado ocupados enseñando relaciones raciales, educación sexual y otros añadidos contemporáneos al programa de estudios, además de evitar que los bárbaros destruyeran el colegio, para que les quedara tiempo para dedicar a alguien con inteligencia.

– Tendría que dar matemáticas y una asignatura de ciencias como mínimo, Victor. Si usted pudiera ayudarlo…

– ¿Sin laboratorio?

– Tenemos el consultorio. Si pudiera arreglarse con eso, después de superar el examen ya no tendría que dar más ciencias.

– Claro que no. Soy consciente de que mis disciplinas sólo se incluyen para crear una ilusión de equilibrio académico. Pero habría que enseñar al chico a pensar científicamente. Conozco a los proveedores, seguramente podría arreglar algo.

– Lo pagaré yo, claro.

– Desde luego. Yo no podría, pero soy de los que cree que la gente ha de pagarse sus propios caprichos.

– Y es posible que a Jennie y Ursula también les interese.

A Henry le sorprendió verse a sí mismo proponiéndolo. El afecto -todavía no había llegado a usar la palabra amor- lo había vuelto amable.

– ¡Por Dios! No pienso abrir una guardería. Pero me ocuparé de instruir al chico en matemáticas y ciencias.

Holroyd daba tres sesiones semanales de una hora exacta y no cabía duda sobre la calidad de sus clases.

Al padre de Baddeley le convencieron para que le enseñara latín. El propio Henry se hizo cargo de la literatura y la historia inglesa, así como de la supervisión general. Descubrió que Grace Willison era la que mejor hablaba francés de Toynton Grange y, tras cierta reticencia, ésta accedió a dar dos sesiones de conversación a la semana. Wilfred observaba los preparativos con indulgencia, sin participar activamente pero sin poner tampoco objeciones. De pronto, todo el mundo estaba ocupado y contento.

El propio Peter se mostraba más resignado que entusiasmado. Pero demostró ser infatigable, en cierta medida divertido, quizá por el entusiasmo de ellos, pero capaz de mantener una concentración prolongada, que es el distintivo de un estudioso. Les resultaba casi imposible encargarle más trabajo del que podía hacer. Era agradecido y dócil pero distante. A veces, Henry, mirando el sosegado rostro afeminado, tenía la aterradora sensación de que los maestros eran todos chicos de diecisiete años y el muchacho el único depositario del triste cinismo de la madurez.

Henry sabía que nunca olvidaría el momento en que reconoció, por fin y con alegría, el amor. Era un día cálido de principios de primavera. ¿De verdad sólo hacía de ello seis meses? Estaban sentados en el mismo sitio que él ocupaba ahora bajo el sol del mediodía, con los libros en el regazo, dispuestos para empezar la clase de historia de las dos y media. Peter llevaba una camisa de manga corta y él se había arremangado la suya para percibir cómo los primeros rayos cálidos del sol le hacían cosquillas en el vello del brazo. Permanecían en silencio igual que él ahora. Y entonces, sin volverse a mirarlo, Peter colocó la suave piel de la parte interior del antebrazo contra la de Henry y, deliberadamente, como si cada movimiento formara parte de un ritual, de una afirmación, entrelazaron los dedos y sus palmas quedaron unidas carne con carne. Los nervios y la sangre de Henry recordaban ese momento y lo recordarían hasta la muerte. El sobresalto de éxtasis, el repentino acceso de alegría, un ramalazo de felicidad en estado puro que, pese a la excitación de la novedad, estaba ya paradójicamente enraizada en la realidad y la paz. En ese momento parecía que todo lo que le había ocurrido en la vida, su trabajo, su enfermedad, su ingreso en Toynton Grange, lo había conducido inevitablemente a aquella paz, a aquel amor. Todo -el éxito, el fracaso, el dolor, la frustración- lo había conducido a ello y quedaba por ello justificado. Nunca había sido tan consciente del cuerpo de otro, de los latidos del pulso en la fina muñeca, del laberinto de venas azules que descansaban contra las suyas, la sangre que fluía en armonía con su propia sangre, la piel delicada increíblemente suave del brazo, los huesos de los infantiles dedos que descansaban confiados entre los suyos. Ante la intimidad de este primer contacto, todas las anteriores aventuras de la carne quedaban ensombrecidas. Y así permanecieron en silencio, durante un tiempo sin medida, insondable, antes de volver la cabeza para mirarse, al principio gravemente, pero luego sonriendo, a los ojos.