Ahora se preguntaba cómo era posible que hubiera subestimado tanto a Wilfred. Felizmente seguro en la confianza del amor reconocido y correspondido, trató las indirectas y recriminaciones de Wilfred -cuando penetraron su conciencia- con compasivo desdén, sin considerarlas más reales o amenazadoras que los lamentos de un maestro tímido e ineficaz que previene obsesivamente a sus pupilos sobre el vicio contrario a la naturaleza.
– Es muy amable por su parte dedicarle tanto tiempo a Peter, pera debemos recordar que en Toynton Grange somos una familia. Otras personas agradecerían también un poco de atención. No es considerado ni conveniente demostrar una preferencia demasiado marcada hacia una sola persona. Creo que Ursula, Jennie y a veces incluso el pobre Georgie se sienten abandonados.
Henry apenas lo oía, y ciertamente no se molestaba en responder.
– Henry, me ha dicho Dot que ahora cierra usted con llave la puerta de su habitación cuando le da clase a Peter. Preferiría que no lo hiciera. Tenemos por norma que las puertas nunca se cierren con llave. Si uno de ustedes necesitara atención médica urgente podría ser muy peligroso.
Henry continuó echando la llave a la puerta y llevándola siempre encima. Era como si Peter y él fueran los únicos habitantes de Toynton Grange. Mientras estaba en la cama, de noche, comenzó a hacer planes y soñar, al principio vacilante y luego con la euforia de la esperanza. Había abandonado demasiado pronto y con demasiada facilidad. Todavía tenía cierto futuro ante él. La madre del chico apenas lo iba a ver y casi nunca le escribía. ¿Por qué no iban a poder abandonar Toynton Grange para vivir juntos? Él disponía de su pensión y de cierto capital. Podría comprar una casita, quizás en Oxford o Cambridge, y acondicionarla para las sillas de ruedas. Cuando Peter asistiera a la universidad necesitaría un hogar. Hizo cálculos, escribió al director de su banco e ideó la manera de presentarle la idea a Peter en su lógica y belleza supremas. Sabía que ello entrañaba peligros. Él empeoraría; con suerte, Peter podía incluso mejorar ligeramente. No debía permitir convertirse en una carga para el chico. El padre Baddeley sólo le habló directamente de Peter en una ocasión. Había llevado a Toynton Grange un libro que Henry quería que resumiera. Al marcharse, dijo con calma, sin eludir la verdad:
– Su enfermedad es progresiva, la de Peter no. Un día tendrá que arreglárselas sin usted. Recuérdelo, hijo mío. -Bueno, lo recordaría.
A principios de agosto, la señora Bonnington dispuso que Peter pasara quince días en casa con ella. Lo llamó «llevárselo de vacaciones».
– No me escribas -le dijo Henry-. Nunca espero algo bueno de una carta. Ya nos veremos dentro de dos semanas.
Pero Peter no regresó. La noche anterior al día en que estaba previsto su regreso, Wilfred anunció la noticia durante la cena, evitando cuidadosamente que sus ojos se encontraran con los de Henry.
– Se alegrarán por Peter al saber que la señora Bonnington le ha encontrado una residencia más próxima a su casa y no regresará aquí. Espera volver a casarse muy pronto y su marido y ella quieren ir a ver a Peter con más frecuencia y tenerlo en casa algún fin de semana. En la nueva residencia se ocuparán de que Peter prosiga su educación. Todos han trabajado mucho con él y sé que se alegrarán de saber que no ha sido en balde.
Un plan muy bueno, tenía que reconocerle ese mérito a Wilfred. Debía de haber habido discretas cartas y llamadas telefónicas a la madre, y negociaciones con la nueva residencia. Peter debía de llevar semanas, posiblemente meses, en la lista de espera. Henry se imaginaba las frases empleadas. «Interés malsano; afecto contrario a la naturaleza; exigir demasiado del chico; presión mental y psicológica.»
Casi ninguno de los residentes le habló del traslado. Evitaron contagiarse de su aflicción. Grace Willison, encogiéndose ante su mirada iracunda, le dijo:
– Todos le echaremos de menos, pero su madre… Es natural que quiera tenerlo más cerca.
– Por supuesto, debemos someternos a los sagrados derechos de la maternidad.
Al cabo de una semana aparentemente ya se habían olvidado de Peter y habían regresado a sus antiguas ocupaciones con la misma facilidad con que los niños desechan los juguetes nuevos y no deseados de Navidad. Holroyd desconectó sus aparatos y los guardó.
– Que le sirva de lección, mi querido Henry. No ponga sus esperanzas en chicos guapos. Ni siquiera podemos esperar que lo arrastraran a la nueva residencia a la fuerza.
– Quizá sí.
– ¡Venga! El muchacho es prácticamente mayor de edad. Tiene todas sus facultades mentales y de habla. Sabe escribir. Hemos de aceptar que nuestra compañía era menos fascinante de lo que nos habíamos imaginado. Pero es dócil. No objetó cuando lo trajeron aquí, y seguro que tampoco cuando se lo llevaron.
Siguiendo un impulso, Henry agarró al padre Baddeley de la manga al pasar y le preguntó:
– ¿Conspiró usted en este triunfo de la moralidad y el amor materno?
El padre Baddeley negó débilmente con la cabeza, un gesto tan ligero que apenas resultó perceptible. Parecía que estaba a punto de hablar, pero luego, tras oprimir con la mano el hombro de Henry, siguió adelante, por una vez sin saber qué hacer, sin ofrecer consuelo. Pero Henry experimentó un acceso de ira y resentimiento hacia Michael como no sentía hacia persona alguna de Toynton Grange. Michael, cuyas piernas y cuya voz funcionaban, que no había quedado reducido a un bufón baboso y farfullero por la cólera. Michael, que sin duda hubiera podido evitar que ocurriera esta monstruosidad de no haberse visto inhibido por la timidez, por el miedo y la repelencia de la carne. Michael, cuya única misión en Toynton Grange era fomentar el amor.
No había recibido carta alguna. Henry se había visto obligado a sobornar a Philby para que recogiera el correo. Su paranoia le había llevado a creer que Wilfred podía interceptar las cartas. Él tampoco escribió, aun cuando la conveniencia o no de hacerlo era una preocupación que acaparaba su conciencia durante la mayor parte del tiempo. Sin embargo, menos de un mes y medio después, la señora Bonnington le escribió a Wilfred para decirle que Peter había muerto de neumonía. Henry sabía que hubiera podido ocurrir en cualquier sitio y en cualquier lugar. Ello no quería decir necesariamente que la atención médica de la nueva residencia fuera inferior a la de Toynton Grange. Peter siempre había corrido un peculiar peligro. Pero, en el fondo, Henry sabía que él podría haber protegido al chico. Al fraguar el traslado de Peter, Wilfred lo había matado.
Y el asesino de Peter continuaba con sus cosas, sonreía con su indulgente sonrisa de medio lado, se apretaba ceremoniosamente los pliegues de la capa para evitar contaminarse de la emoción humana, vigilaba complaciente los defectuosos objetos de su beneficencia. Henry se preguntaba si sería cosa de su imaginación, pero le parecía que Wilfred le había cogido miedo. Ahora raramente se dirigían la palabra. De naturaleza solitaria, Henry se había vuelto arisco desde la muerte de Peter. A excepción de las horas de las comidas, pasaba la mayor parte del día en su habitación, contemplando el desolado promontorio, sin leer ni trabajar, poseído por una profunda abulia. Sabía que odiaba más que se sentía odiado. El amor, la alegría, la cólera, incluso la aflicción, eran emociones demasiado potentes para su disminuida personalidad. Solamente era capaz de soportar sus pálidas sombras. Pero el odio era como una fiebre latente dormida en la sangre; a veces estallaba en un frenético delirio. Durante uno de estos estados de ánimo, Holroyd le hizo una seña y acercó su silla a la de Henry desde el otro lado del patio. La boca de Holroyd, rosada y precisa como la de una niña, una herida limpia y supurante en la marcada mandíbula azulada, se arrugó para descargar su veneno. Henry percibió el amargo aliento de Holroyd en las ventanas de la nariz.