– Me he enterado de una cosa interesante de nuestro querido Wilfred. Dentro de un tiempo la compartiré con usted, pero de momento me perdonará que la saboree solo. Ya llegará la ocasión de desvelarla. Uno siempre aspira a lograr el máximo efecto dramático.
A aquello los habían reducido el odio y el aburrimiento, pensó Henry, a dos escolares cuchicheando, planeando sus pequeñas estratagemas de venganza y traición.
Miró hacia occidente por el alto ventanal redondeado, hacia donde se levantaba el promontorio. Estaba oscureciendo. En alguna parte la inquieta marea restregaba las rocas, de las cuales había lavado para siempre la sangre de Holroyd. Ni siquiera quedaba un jirón de sus ropas para que se adhirieran los percebes. Las manos muertas de Holroyd como algas flotantes que se movieran indolentemente en la marea, ojos llenos de arena vueltos hacia las gaviotas que se precipitaban hacia ellos. ¿Cómo decía aquel poema de Walt Whitman que había recitado Holroyd durante la cena la noche anterior a su muerte?
Acércate, vigorosa libertadora,
y cuando lo has hecho, cuando te los has llevado,
yo canto alborozadamente a los muertos,
perdidos en tu amoroso mar flotante,
bañados en la corriente de tu dicha, oh muerte.
La noche en silencio bajo un sinnúmero de estrellas,
la orilla del mar y la ronca ola susurrante
cuyas voces conozco,
y el alma volviéndose hacia ti, oh vasta y bien velada muerte,
y el cuerpo acurrucándose agradecido contra ti.
¿Por qué ese poema de sentimental resignación, tan ajeno al espíritu batallador de Holroyd y, sin embargo, tan proféticamente apropiado? ¿Les estaba diciendo, aunque fuera subconscientemente, que sabía lo que había de ocurrir, que lo aceptaba y lo esperaba de buena gana? Peter y Holroyd. Holroyd y Baddeley. Y ahora había llegado este policía amigo de Baddeley procedente del pasado. ¿Por qué y para qué? Quizá se enteraría de algo cuando tomaran juntos una copa con Julius después de cenar. Lo mismo, naturalmente, que Dalgliesh. «Conocer la construcción de la mente por el rostro no es un arte.» Pero Duncan se equivocaba. Había mucho de arte en ello y un comandante de la Policía Metropolitana tendría más práctica en él que la mayoría. Bueno, si había venido para eso, podía empezar después de cenar. Hoy él, Henry, cenaría en su habitación. Cuando lo llamara, Philby le llevaría la bandeja y se la colocaría delante sin ceremonia y de mala gana. Philby no podía ofrecer urbanidad, a ningún precio, pero casi todo lo demás sí tenía precio, pensó con ceñudo regocijo.
Capítulo 9
«Mi cuerpo es mi prisión, y yo obedeceré la Ley de tal modo que no huiré de la prisión; no apresuraré mi muerte haciendo pasar hambre a este cuerpo o macerándolo. Pero si la prisión ardiera en continuas fiebres o se viera arrasada por vapores continuos, ¿podría algún hombre estar tan enamorado de la tierra sobre la que se levantaba esa prisión para preferir quedarse allí a irse a casa?»
No era tanto que Donne no fuera bien con el cordero guisado, pensó Dalgliesh, sino que el cordero no iba bien con el vino de fabricación casera. Ninguno era en sí mismo desagradable. El cordero, guisado con cebollas, patatas y zanahorias, y sazonado con hierbas, era mejor de lo que esperaba, aunque un poco grasiento. El vino de bayas de saúco le traía nostálgicos recuerdos de visitas hechas con su padre a hospitalarios feligreses que no podían salir de casa. Juntos tenían un sabor letal. Alargó el brazo hacia la jarra de agua.
Frente a él estaba sentada Millicent Hammitt, el rostro cuadrado suavizado por la luz de las velas; su ausencia durante la tarde quedaba explicada por el potente aroma a laca que llegaba hasta él desde las rígidas ondas de su cabello canoso. Todo el mundo se hallaba presente menos el matrimonio Hewson, que cenarían en su propia casa, y Henry Carwardine. En el extremo más alejado de la mesa, Albert Philby estaba un poco separado, un Caliban monjil de hábito marrón, medio encorvado sobre su comida. Engullía ruidosamente, arrancando trozos de pan para rebañar vigorosamente el plato. A todos los pacientes había que ayudarlos a comer. Dalgliesh, tratando de sobreponerse a sus remilgos, se esforzaba por no prestar atención a los baboseos, a los golpes de la cuchara contra el plato, a las repentinas náuseas discretamente reprimidas.
«Si marchaste de esa Mesa en paz, no puedes marchar de este mundo en paz. Y la paz de esa Mesa llegará in pace desiderii, con una mente satisfecha…»
Wilfred estaba en pie tras un atril situado en la cabecera de la mesa y flanqueado por dos velas en candelabros de metal. Jeoffrey, inflado por la comida, estaba tumbado, ceremoniosamente enroscado, a sus pies. Wilfred tenía buena voz y sabía usarla. ¿Actor frustrado? ¿O un actor que había hallado su escenario y hacía en él su representación, felizmente ajeno a la menguante audiencia, a la parálisis progresiva de su sueño? ¿Un neurótico guiado por la obsesión? ¿O un hombre en paz consigo mismo, seguro en el inmóvil centro de su ser?
De repente la llama de las cuatro velas de la mesa empezó a trepidar y a sisear. Los oídos de Dalgliesh percibieron un ligero chirrido de ruedas, el suave golpe del metal contra la madera. La puerta se abrió lentamente. La voz de Wilfred vaciló y luego se interrumpió. Una cuchara raspó violentamente un plato. De las sombras salió una silla de ruedas: su ocupante, con la cabeza gacha, iba envuelto en una capa a cuadros. La señorita Willison emitió un gemidito y dibujó la señal de la cruz en el vestido gris. Ursula Hollis jadeó. Nadie habló. De repente, Jennie Pegram soltó un chillido, agudo e insistente, como un silbido. El sonido era tan irreal que Dot Moxon levantó la cabeza y miró alrededor como si no supiera de dónde procedía. El grito se convirtió en una risita. La muchacha se tapó la boca con la mano y luego dijo:
– Pensaba que era Victor. Ésa es la capa de Victor.
Nadie más se movió ni habló. Paseando la mirada a lo largo de la mesa, Dalgliesh se detuvo especulativamente en Dennis Lerner. Su rostro era una máscara de terror que lentamente se desintegró para convertirse en alivio; parecía que sus rasgos languidecían y se arrugaban, amorfos como un cuadro ajado. Carwardine condujo la silla hasta la mesa. Tuvo cierta dificultad en pronunciar las palabras. Un glóbulo de mucosidad relucía como una joya amarilla a la luz de las velas y se le escurría de la barbilla. Finalmente, dijo con su voz aguda y distorsionada:
– He pensado bajar a tomar café. Me ha parecido una descortesía ausentarme la primera noche que nos acompaña nuestro huésped.
– ¿Era necesario que se pusiera esa capa? -dijo Moxon con voz severa.
– Estaba en el despacho y he tenido frío -contestó él volviéndose-. Tenemos tanto en común… ¿Acaso es preciso excluir a los muertos?
– ¿No les parece que debemos obedecer la Regla? -dijo Wilfred.
Todos volvieron sus rostros hacia él como niños obedientes. Wilfred esperó a que hubieran vuelto a comer. Las manos que sujetaban los costados del atril eran firmes, la hermosa voz perfectamente controlada.