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«Que así anclado, y en esa calma, ya prolongue Dios la travesía, prolongando la vida, o te lleve a puerto con la brisa, o con la ausencia de brisa de la Muerte, en cualquier dirección, este u oeste, debes partir en paz…»

Capítulo 10

Ya eran más de las ocho y media cuando Dalgliesh se dispuso a empujar a Henry Carwardine hasta casa de Julius Court. La tarea no era fácil para un hombre en las primeras etapas de la convalecencia. Carwardine, aunque estaba delgado, pesaba mucho, y el pedregoso sendero serpenteaba cuesta arriba. Dalgliesh no había querido sugerir que usaran su coche porque ser traspasado por la estrecha puerta debía de resultar más doloroso y humillante para su compañero que la habitual silla de ruedas. Anstey cruzaba el vestíbulo cuando ellos se marchaban y les sostuvo la puerta y le ayudó a bajar la silla por la rampa, pero no propuso asistirlo en el recorrido ni le ofreció la furgoneta de los pacientes. Dalgliesh pensó si se estaría imaginando que en el «buenas noches» final de Anstey había una nota de desaprobación de la empresa.

Ninguno de los dos hombres habló durante la primera parte del trayecto. Carwardine llevaba una gran linterna entre las rodillas y trataba de mantenerla enfocada en el camino. El círculo de luz, que giraba y se bamboleaba ante ellos a cada sacudida de la silla, iluminaba con deslumbrante claridad un mundo nocturno secreto y circular de verdor, movimiento y vida fugaz. Dalgliesh, un poco mareado por el cansancio, se sentía disociado de su entorno físico. Los dos gruesos asideros de goma, resbaladizos al tacto, estaban flojos y se retorcían de un modo irritante bajo sus manos, como si no tuvieran relación alguna con el resto de la silla. El camino que se extendía ante él sólo era real porque sus piedras y grietas sacudían las ruedas. La noche era apacible y muy cálida para ser otoño, el aire estaba cargado de olor a hierba y de recuerdos de las flores del estío. Unas nubes bajas habían tapado las estrellas y avanzaban en una oscuridad casi total hacia el creciente murmullo del mar y los cuatro rombos luminosos que señalaban Toynton Cottage. Cuando estuvieron lo suficientemente cerca para que se distinguiera que el rombo mayor correspondía a la puerta trasera, Dalgliesh dijo llevado de un impulso:

– Encontré un anónimo bastante desagradable en el escritorio del padre Baddeley. Evidentemente no le caía simpático a alguien de Toynton Grange. Querría saber si era por despecho personal o si alguien más ha recibido otro.

Carwardine alzó la cabeza. Dalgliesh vio su rostro intrigantemente escorzado, la afilada nariz garfio óseo, la mandíbula colgante, como si de una marioneta se tratara, bajo el informe vacío de la boca.

– Yo recibí uno hace unos diez meses -dijo-. Estaba dentro del libro que había sacado de la biblioteca. Desde entonces no he recibido otro y no sé de alguien que haya recibido alguno. No solemos hablar de estos temas, pero creo que la noticia se hubiera extendido si el mal fuera endémico. El mío supongo que era una burla corriente. Sugería que tenía a mi alcance métodos de autosatisfacción sexual en cierto modo acrobáticos si todavía contaba con la agilidad física suficiente para ejecutarlos. Daba por hecho el deseo de llevarlos a cabo.

– ¿Entonces era obsceno y no meramente ofensivo?

– Obsceno en el sentido de que estaba calculado para producir repugnancia más que para pervertir o corromper, sí.

– ¿Tiene usted alguna idea de quién podría ser el responsable?

– Estaba escrito en papel de Toynton Grange y con una vieja máquina de escribir Remington que usa Grace Willison fundamentalmente para mandar el boletín trimestral. Ella parecía la candidata más probable. No fue Ursula Hollis, que no llegó hasta dos meses después. Y, ¿no suelen mandar estas cosas las solteronas respetables de mediana edad?

– En este caso, lo dudo.

– Bueno… me someto a su mayor experiencia en cuestiones de obscenidad.

– ¿Se lo contó a alguien?

– Sólo a Julius. Él me aconsejó que no lo dijera y me sugirió que rompiera el papel y lo echara al retrete. Dado que el consejo coincidía con mis propias inclinaciones, lo seguí. Como he dicho, no he recibido otro. Me imagino que la diversión pierda interés si la víctima no se muestra molesta.

– ¿Podría haber sido Holroyd?

– No parecía su estilo. Víctor podía ser insultante, pero creo que no de esa manera. Su arma era su voz, no la pluma. Personalmente, a mí no me desagradaba tanto como a algunos. Atacaba como un niño desdichado. Había en él más amargura personal que malicia activa. Es cierto que añadió un codicilo bastante infantil a su testamento la semana antes de morir; Philby y la asistenta de Julius, la señora Reynolds, fueron testigos. Pero probablemente eso se debía a que estaba decidido a morir y quería liberarnos de toda obligación de recordarlo con afecto.

– ¿De modo que piensa usted que se suicidó?

– Naturalmente. Lo mismo que todo el mundo. ¿Cómo iba a ocurrir si no? Me parece la hipótesis más probable. O bien fue suicidio, o bien asesinato.

Era la primera vez que alguien usaba esa portentosa palabra. En la voz pedante y aguda de Carwardine resultaba tan incongruente como una blasfemia en labios de una monja.

– También es posible que fallaran los frenos de la silla -dijo Dalgliesh.

– Dadas las circunstancias, eso lo considero asesinato.

Guardaron silencio unos instantes. La silla saltó por encima de una piedra y la luz de la linterna ascendió bruscamente describiendo un amplio arco, como un foco diminuto y débil. Carwardine la sujetó y luego dijo:

– Philby engrasó y comprobó los frenos de las sillas a las ocho y media de la noche anterior de la muerte de Holroyd. Yo estaba en el taller jugando con la arcilla y lo vi. Poco después se marchó y yo me quedé hasta aproximadamente las diez.

– ¿Le ha contado todo esto a la policía?

– Dado que querían saberlo, sí. Con bien poco tacto, me preguntaron dónde había estado exactamente esa noche y si había tocado la silla de Holroyd después de que Philby se marchara. Puesto que aunque lo hubiera hecho no lo habría admitido, la pregunta era bastante inocente. Interrogaron a Philby, pero no delante de mí, y estoy seguro de que confirmó mi relato. Tengo una actitud ambivalente respecto a la policía: me limito estrictamente a responder a sus preguntas, pero aceptando la premisa de que, en general, tienen derecho a la verdad.

Habían llegado. De la puerta trasera de la casa salía una potente luz y Julius Court, una silueta oscura, se asomó al umbral para recibirlos. Ocupó el lugar de Dalgliesh detrás de la silla y la empujó por el corto pasadizo de piedra que conducía a la salita. De camino, Dalgliesh sólo tuvo tiempo para entrever por una puerta abierta las paredes cubiertas de madera de pino, el suelo de las losetas rojas y el reluciente metal de la cocina de Julius, una cocina como la suya, en la que una mujer, con una remuneración demasiado alta y muy poco trabajo a fin de mitigar la culpabilidad del que la emplea por contratarla, prepara de vez en cuando una comida que satisfaga los exigentes gustos de una sola persona.

La sala de estar ocupaba toda la parte delantera de la planta baja de lo que originalmente habían sido dos casitas adosadas. Una hoguera de madera abandonada por el mar chisporroteaba en la chimenea, pero ambas ventanas estaban abiertas a la noche. Las paredes de piedra vibraban con las acometidas del mar. Resultaba desconcertante sentirse tan cerca del borde del precipicio pero no saber exactamente a qué distancia. Como si hubiera leído sus pensamientos, Julius dijo:

– No estamos más que a cinco metros y medio de un precipicio de doce metros. Ahí fuera hay un patio y un muro bajo; luego podemos salir si no hace mucho frío. ¿Qué desea tomar, un licor o vino? Ya sé que Henry prefiere el clarete.