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– Clarete, por favor.

Dalgliesh no se arrepintió de su elección cuando vio las etiquetas de las tres botellas, dos previamente descorchadas, que había sobre la mesita próxima a la chimenea. Le sorprendió que se ofreciera vino de tal calidad a dos huéspedes de poco compromiso. Mientras Julius preparaba las copas, Dalgliesh empezó a pasear por la estancia. Contenía objetos admirables, si uno estaba de humor para valorar las posesiones personales. Al advertir una espléndida jarra Sunderland de loza con reflejos metálicos que conmemoraba la batalla de Trafalgar, tres figuritas Staffordshire de la primera época que descansaban en la repisa de la chimenea, y un par de bonitas marinas colgadas de la pared más larga, se le iluminaron los ojos. Sobre la puerta que conducía al borde del acantilado había un mascarón de proa fina y recargadamente tallado en madera: dos querubines sostenían un galeón cubierto por un escudo y envuelto con gruesos nudos de marinero. Al percibir su interés, Julius comentó:

– Lo hizo Grinling Gibbons hacia 1660, se dice que para Jacob Court, un contrabandista de estas tierras. Por lo que he averiguado, no era antepasado mío. Mala suerte. Seguramente es el mascarón de proa más antiguo que existe. En Greenwich piensan que tienen uno anterior, pero yo diría que el mío lo aventaja en un par de años.

Colocado sobre un pedestal en el extremo más alejado de la habitación, desde donde emitía un ligero resplandor, como si fuera luminoso, había un busto de mármol de un niño alado que sostenía en la regordeta mano un ramillete de capullos de rosa y azucenas. El mármol era de un color café claro, excepto en los párpados de los cerrados ojos, donde estaba teñido de un rosa pálido. Las manos sin venas sostenían las flores con la fuerza honesta y despreocupada de un niño; el niño tenía los labios entreabiertos en un esbozo de sonrisa, serena e intrigante. Dalgliesh extendió un dedo y acarició suavemente la mejilla; se la imaginó cálida al tacto. Julius se le acercó con dos copas.

– Le gusta el mármol. Naturalmente, formaba parte de un monumento funerario, del siglo XVII o principios del XVIII, y de la escuela de Bernini. Sospecho que a Henry le gustaría más si fuera un Bernini auténtico.

– No me gustaría más -declaró Henry-. Lo que dije es que estaría dispuesto a pagar más por él.

Dalgliesh y Court regresaron a la chimenea y se acomodaron para dar inicio a lo que evidentemente iba a ser una noche de mucho beber. Dalgliesh se sorprendió paseando los ojos por la habitación. Evidentemente, no había en ella ostentación ni búsqueda consciente de originalidad o efecto. Sin embargo, se notaba el cuidado puesto en su arreglo; cada objeto ocupaba el lugar adecuado. Habían sido adquiridos, pensó, porque a Julius le gustaban; no formaban parte de un cuidadoso plan de revalorización, ni habían sido comprados por una obsesiva necesidad de ampliar la colección. No obstante, Dalgliesh dudaba de que hubieran sido descubiertos casualmente o pagados a bajo precio. También los muebles constituían muestras de prosperidad. El sofá y las dos butacas de piel eran quizá demasiado opulentos para las proporciones y la simplicidad de la estancia, pero evidentemente Julius los había elegido pensando en la comodidad. Dalgliesh se reprochó el ramalazo de puritanismo que le hacía comparar desfavorablemente la habitación con los acogedores andrajos de la sala de estar del padre Baddeley.

Carwardine, contemplando el fuego desde su silla de ruedas por encima del borde de la copa, preguntó de repente:

– ¿Le habló Baddeley de las extrañas manifestaciones de la filantropía de Wilfred, o su visita ha sido repentina?

Era una pregunta que Dalgliesh esperaba y percibió que ambos hombres sentían algo más que interés por su respuesta.

– El padre Baddeley me escribió diciendo que le gustaría verme. Yo decidí venir llevado por un impulso. He estado una temporada en el hospital y me pareció buena idea pasar unos días de convalecencia con él.

– A mí se me ocurren muchos sitios mejores que Villa Esperanza para pasar un período de convalecencia, si el interior se parece mínimamente al exterior. ¿Hacía tiempo que conocía a Baddeley?

– Desde la infancia. Fue ayudante de mi padre. Pero la última vez que nos vimos, y brevemente, fue cuando yo todavía estaba en la universidad.

– Y después de contentarse sin tener noticias uno de otro durante aproximadamente una década, a usted le inquieta encontrárselo muerto de un modo tan inoportuno.

– Más de lo que esperaba -dijo Dalgliesh con tranquilidad sin darse por aludido-. Nos escribíamos con muy poca frecuencia, generalmente sólo una tarjeta para Navidad, pero pensaba en él más que en otras personas a quienes veía casi diariamente. No sé por qué nunca me tomé la molestia de contactar con él. Siempre podemos poner la excusa del trabajo. Pero, por lo que recuerdo del padre Baddeley, no acabo de entender cómo encajaba aquí.

– No encajaba -rió Julius-. Entró en un momento en que Wilfred pasaba por una fase más ortodoxa, supongo que para dar a Toynton Grange cierta respetabilidad religiosa. Pero en los últimos meses yo percibí que se trataban con frialdad, ¿tú no, Henry? Seguramente el padre Baddeley ya no estaba seguro de si Wilfred quería un sacerdote o un gurú. Wilfred aprovechaba cualquier retazo de filosofía, metafísica y religión ortodoxa que le sirva para confeccionar su sueño en tecnicolor. En consecuencia, como seguramente descubrirá si se queda el tiempo suficiente, este lugar sufre una carencia de ética coherente. Y nada hay más fatal para el éxito. Tomemos como ejemplo mi club de Londres, dedicado simplemente al disfrute de una buena comida y el buen vino, excluyendo a los pelmazos y a los pederastas. Naturalmente, no existe la más mínima declaración explícita, pero todos sabemos a qué atenernos. Los fines son sencillos y comprensibles, por lo tanto, alcanzables. Aquí los pobrecitos no saben si están en una clínica, en una comuna, en un hotel, en un monasterio o en un manicomio especialmente estrafalario. Incluso tienen sesiones de meditación de vez en cuando. Me temo que Wilfred se está dejando influir un poco por los zen.

– Está confuso, pero, ¿quién no lo está? -interrumpió Carwardine-. En el fondo es amable y bien intencionado, y se ha gastado su fortuna personal en Toynton Grange. En esta época de compromisos orientados a la propia complacencia en la que el primer principio de la protesta pública o privada es que no debe estar relacionada con cosa alguna de lo que el que protesta pueda ser responsable, ni implique para él el más ligero sacrificio personal, eso al menos habla en su favor.

– ¿Le tiene usted simpatía? -preguntó Dalgliesh.

– Puesto que me ha salvado del encarcelamiento en un hospital para enfermos crónicos y me proporciona una habitación amplia a un precio que puedo pagar, estoy naturalmente obligado a considerarlo encantador -contestó Henry Carwardine con sorprendente aspereza. Se produjo un corto y tenso silencio. Al percibirlo, Carwardine, añadió-: La comida es lo peor de Toynton. Pero eso puede remediarse, aunque a veces me sienta como un colegial glotón dándome un festín solo en mi habitación. Y escuchar a mis compañeros leer sus fragmentos preferidos de la teología popular y las antologías más asequibles de la poesía inglesa es poco precio por el silencio durante la cena.

– Debe de ser difícil encontrar personal. Según la señora Hewson, Anstey se fía de un ex presidiario y de una enfermera que en ningún sitio contratarían.

Julius Court alargó el brazo para coger la botella de vino y volvió a llenar las tres copas.

– Nuestra querida Maggie, tan discreta como siempre. Es cierto que Philby, el mozo, tiene ciertos antecedentes. No es exactamente un orgullo para la institución, pero alguien tiene que lavar la ropa sucia, matar los pollos, limpiar los lavabos y hacer todas las otras tareas ante las cuales se estremece el alma sensible de Wilfred. Además es un apasionado devoto de Dot Moxon, y no me cabe duda alguna de que ello contribuye a tenerla contenta. Puesto que Maggie se ha ido tanto de la lengua, más vale que sepa la verdad sobre Dot. Quizá recuerde algo del caso; es la famosa enfermera del hospital geriátrico de Nettigfield. Hace cuatro años le pegó a un paciente. No fue un golpe fuerte, pero la vieja se cayó, se dio un golpe contra la mesilla de noche y casi murió. Leyendo entre líneas el informe de la investigación subsiguiente se deduce que era una arpía egoísta, exigente y gruñona que hubiera tentado a un santo. Su familia no quería tener nada que ver con ella, ni siquiera la iban a ver, hasta que descubrieron que podían obtener mucha publicidad beneficiosa demostrando su lícita indignación; cosa perfectamente correcta, por otra parte. Los pacientes, por muy desagradables que sean, son sagrados y, en nuestro propio interés, es preciso mantener ese admirable precepto. El incidente levantó una oleada de quejas sobre el hospital. Hubo una investigación completa que abarcó la administración, los servicios médicos, la comida, la atención, todo. No es de extrañar que encontraran abundante materia que investigar. Como consecuencia, fueron despedidos dos practicantes y Dot se marchó por iniciativa propia. El resultado de la investigación, al tiempo que lamentaba que hubiera perdido el control, la exoneraba de toda sospecha de crueldad deliberada. Pero el daño ya estaba hecho; ningún otro hospital la contrataría. Aparte de la sospecha de que no era del todo fiable en situaciones difíciles, la culpaban por desencadenar un proceso que a nadie benefició e hizo perder el trabajo a dos hombres. Después de esto, Wilfred intentó ponerse en contacto con ella; por lo que se supo de la investigación, le pareció que había sido muy severa. Le costó algo de tiempo localizarla, pero por fin lo consiguió y la invitó a venir aquí como una especie de enfermera jefe. En realidad, igual que el resto del personal, hace todo lo que sea necesario, desde prestar cuidados médicos a cocinar. Pero los motivos de Wilfred no eran totalmente altruistas. Nunca resulta fácil encontrar enfermeras para un lugar remoto y especializado como éste, dejando aparte lo poco ortodoxo de los métodos de Wilfred. Si perdiera a Dorothy Moxon, no le sería sencillo encontrarle sustituía.