– Seguramente soy demasiado escrupuloso, pero me habría gustado que alguien hubiera acompañado al padre Baddeley cuando murió, o al menos hubiera comprobado esa noche que se encontraba bien.
Pensó que la enfermera podía responder con justicia a aquella crítica implícita señalando que no era procedente que la hiciera alguien que no había demostrado interés alguno por el anciano en casi treinta años. Pero Helen dijo sin rencor, casi de buena gana:
– Sí, fue un descuido. Médicamente nada hubiera cambiado, pero no debería haberse producido ese malentendido, uno de nosotros debería haber venido a ver cómo estaba. ¿Quiere que le ponga esta tercera manta? Si no, me la llevo a Toynton Grange, es de las que usamos nosotros.
– Con dos ya tengo suficiente. ¿Qué ocurrió exactamente?
– ¿Al padre Baddeley? Murió de miocarditis aguda.
– Quiero decir que cómo ocurrió el malentendido.
– Cuando llegó al hospital le serví un almuerzo frío de pollo y ensalada y lo preparé para la siesta. Le hacía falta. Dot le trajo el té de la tarde y lo ayudó a lavarse. Le puso el pijama y él insistió en ponerse la sotana encima. Poco después de las seis y media yo misma le preparé unos huevos revueltos en esta cocina. Insistió en que quería pasar el resto del día sin que lo molestaran, excepto, claro está, la visita de Grace Willison, pero yo le dije que a eso de las diez vendría alguien y le pareció bien. Dijo que daría golpes en la pared con el atizador si le sucedía algo. Entonces yo me fui aquí al lado y le dije a Millicent que estuviera atenta; ella se ofreció para entrar a verlo antes de acostarse. Al menos, eso es lo que entendí. Por lo visto, ella pensó que vendríamos Eric y yo. Como he dicho, no debería haber ocurrido. La culpa es mía, no de Eric. Como enfermera suya, yo tendría que haberme asegurado de que estaba debidamente atendido antes de acostarme.
– ¿No le dio a usted la impresión de que esa insistencia en quedarse solo se podía deber a que esperaba alguna visita? -preguntó Dalgliesh.
– ¿Qué visita podía esperar aparte de la pobre Grace? Creo que ya había visto suficiente gente mientras estaba en el hospital y lo que quería era tranquilidad.
– ¿Y esa noche estuvieron todos aquí en Toynton Grange?
– Todos excepto Henry, que no había regresado todavía de Londres. ¿Dónde íbamos a estar?
– ¿Quién le deshizo la maleta?
– Yo. Había ido al hospital de urgencias y llevaba muy pocas cosas, sólo las que encontramos junto a su cama y preparadas.
– ¿Su Biblia, su libro de oraciones y su diario?
Ella lo miró brevemente, con el rostro impertérrito, antes de inclinarse nuevamente a doblar las esquinas de la manta.
– Sí.
– Y, ¿qué hizo con ellos?
– Los dejé en la mesita que hay junto a la butaca. Es posible que luego él los cambiara de sitio.
Así pues, el padre Baddeley tenía el diario en el hospital. Eso quería decir que el registro estaba actualizado. Y si Anstey no mentía al decir que a la mañana siguiente ya no estaba, había desaparecido en algún momento de esas doce horas.
Pensó cómo podía expresar la pregunta siguiente sin despertar suspicacias. En tono ligero, dijo:
– Es posible que lo desatendieran en vida, pero cuidaron muy bien de él después de muerto: primero incineración y luego entierro. ¿No fue un poco exagerado?
Para su sorpresa, la enfermera reaccionó como si la hubiera invitado a compartir una justificada indignación.
– ¡Claro que sí! ¡Fue ridículo! Pero la culpa fue de Millicent. Le dijo a Wilfred que Michael había expresado en repetidas ocasiones su deseo de ser incinerado. No sé cuándo ni por qué. Aun siendo vecinos, Michael y ella no se relacionaban demasiado que digamos. Pero eso dijo. Wilfred estaba igual de convencido de que Michael desearía un entierro cristiano ortodoxo, de modo que le hicieron los dos al pobre. Ello representó muchas complicaciones y gastos adicionales, y el doctor McKeith de Wareham hubo de firmar el certificado de defunción además de Eric. Todo ese jaleo porque Wilfred tenía mala conciencia.
– ¿Ah, sí? ¿Por qué?
– Por nada. Simplemente tengo la impresión de que pensaba que habíamos tenido a Michael un poco abandonado, la autoindulgente compunción de los afligidos. ¿Podrá dormir con esta almohada? Está muy desigual y parece que no le vendría a usted mal un buen descanso. No dude en venir a Toynton Grange si necesita algo. La leche la dejan a la entrada de la finca. He encargado medio litro diario para usted. Si le sobra, a nosotros siempre nos vendrá bien. ¿Necesita algo más?
Con la sensación de estar sometido a una férrea disciplina, Dalgliesh dijo que no. La diligencia de la enfermera Rainer, su confianza, su concentración en el trabajo que tenía entre manos, incluso la tranquilizadora sonrisa de despedida, lo relegaban a la categoría de paciente. Mientras ella empujaba la bicicleta por el sendero y montaba, Dalgliesh pensó que era como si acabara de hablar con la enfermera del Estado, pero sentía un gran respeto por ella. No había dado muestras de que le molestaran las preguntas y había sido extraordinariamente comunicativa. Se preguntó por qué.
Capítulo 13
Era una mañana cálida y brumosa con un cielo de nubes bajas. Cuando abandonó el valle y enfiló laboriosamente el camino del acantilado, una débil llovizna comenzó a salpicarlo de gotas lentas y pesadas. El mar era de un azul lechoso, indolente y opaco; las grandes olas marcadas por los hoyitos de la lluvia y estampadas con cambiantes dibujos de espuma. Un olor a otoño impregnaba el aire como si alguien estuviera quemando hojas en un lejano lugar sin que lo delatara siquiera un jirón de humo. El angosto sendero ascendía bordeando el acantilado, ahora lo suficientemente cerca para producirle una breve y vertiginosa ilusión de peligro, ahora serpenteando hacia el interior entre un revoltijo de helechos color bronce azotados por el viento y zarzales bajos de bayas rojas y negras, prietas y menudas en comparación con los suculentos frutos de los setos del interior. El promontorio estaba dividido por muros bajos de piedra derruidos y salpicado de pequeñas rocas calizas. Algunas, medio enterradas, asomaban oblicuamente del suelo como reliquias de un desordenado cementerio.
Dalgliesh andaba con precaución. Era el primer paseo campestre que daba desde la enfermedad. Las exigencias de su trabajo hacían del paseo un placer raro y especial. Ahora avanzaba con algo de la inseguridad de los primeros pasos vacilantes de la convalecencia en que los músculos y los sentidos redescubren los placeres que recuerdan, no con agudo deleite, sino con la plácida aceptación de lo conocido: los breves trinos metálicos y las toscas notas de los sacristanes que revoloteaban entre las zarzas; una solitaria gaviota de cabeza negra inmóvil como el mascarón de un barco sobre un risco; las matas de hinojo marino con las umbelas teñidas de rojo y los dientes de león amarillos, vistosos puntitos en la apagada hierba otoñal.
Al cabo de casi diez minutos de andar, el camino del acantilado iniciaba un suave descenso y luego se veía cortado por un angosto sendero que discurría perpendicularmente desde el borde del precipicio hacia el interior. A unos seis metros del mar desembocaba en un llano ligeramente inclinado de hierba y musgo verde vivo. Dalgliesh se detuvo de repente como si acabara de acordarse de algo. Aquél debía de ser el lugar que había elegido Víctor Holroyd, el lugar desde el cual se había lanzado a la muerte. Durante un momento pensó que ojalá no se hubiera interpuesto de manera tan molesta en su camino. La idea de la muerte violenta interrumpió desagradablemente su euforia. Pero captaba la atracción del lugar. El camino quedaba oculto y al abrigo del viento y reinaba una sensación de intimidad y paz, una paz precaria para un hombre cautivo en una silla de ruedas cuyo equilibrio entre la vida y la muerte sólo era sostenido por el poder de los frenos. Pero ello podía constituir parte de la atracción. Quizá sólo allí, asomado al mar en aquel solitario enclave de hierba verde, podía Holroyd, frustrado y confinado a una silla, hacerse una ilusión de libertad, de controlar su destino. Era posible que siempre hubiera tenido intención de hacer allí su último esfuerzo por conseguir la liberación, mientras insistía mes tras mes en que lo llevaran al mismo sitio, esperando la oportunidad para que en Toynton Grange nadie sospechara de su verdadero propósito. Instintivamente, Dalgliesh se puso a estudiar el terreno. Habían transcurrido más de tres semanas desde la muerte de Holroyd, pero pensó que tal vez podría distinguir aún en la hierba el ligero hundimiento producido por las ruedas y, con menos claridad, las señales de las pisadas de los policías.