Se aproximó al borde del precipicio y miró hacia abajo. La vista, espectacular y aterradora, lo dejó sin respiración. El acantilado había cambiado y aquí la piedra caliza había dejado paso a una pared casi vertical de arcilla negruzca entremezclada con piedra calcárea. Casi cuarenta y cinco metros más abajo, el acantilado topaba con una amplia calzada de fisuras y peñascos, losas y amorfos pedazos de roca azulnegruzco que salpicaban la orilla como si una mano gigantesca los hubiera esparcido en salvaje desorden. La marea estaba baja y la línea oblicua de espuma serpenteaba perezosamente entre las rocas más alejadas. Mientras miraba este caótico y pavoroso erial de piedra y mar, y trataba de imaginarse lo que la caía debía de haberle hecho a Holroyd, el sol aparecía intermitentemente tras las nubes y una franja de luz evolucionaba por el promontorio posándose cálida como una mano en su nuca, dorando los helechos, dando brillo a las rocas diseminadas en el borde del precipicio. Pero dejaba la orilla en la sombra, siniestra e inhospitalaria. Momentáneamente, creyó estar viendo una estremecedora orilla maldita en la que el sol nunca brillara.
Dalgliesh se dirigía a la torre señalada en el mapa del padre Baddeley, no tanto por la curiosidad por verla como por la necesidad de poner una meta a su paseo. Todavía pensando en la muerte de Víctor Holroyd, llegó a la torre casi inesperadamente. Era una extravagancia achaparrada e imponente, circular en unos dos tercios de su altura, pero rematada por una cúpula octogonal como un pimentero perforado por ocho angostas ventanas acristaladas, rosa de los vientos de luz reflejada que le confería cierto aspecto de faro. La torre le intrigó y la rodeó palpando las negras paredes. Vio que había sido construida con bloques de piedra caliza, pero recubierta de pizarra negra, como si la hubieran decorado caprichosamente con bolitas de azabache bruñido. En algunos lugares la pizarra se había desprendido, lo que daba a la torre un aspecto jaspeado; junto a la base de los muros, fragmentos de pizarra nacarada salpicaban el suelo y relucían entre la hierba. Hacia el norte y protegido del mar, había un revoltijo de plantas, como si alguien hubiera tratado alguna vez de cultivar un jardincito. Ahora ya no quedaba más que una desaliñada mata de ásteres silvestres, unos macizos de antirrinos de reproducción espontánea, caléndulas y mastuerzos, y una única rosa descolorida con dos raquíticos capullitos blancos, el tallo doblado contra el muro, como si se hubiera resignado a recibir la primera escarcha.
Hacia el este había un porche de piedra labrada que cubría una puerta de roble con herrajes metálicos. Dalgliesh alzó el pesado tirador y lo hizo girar con dificultad. Pero la puerta estaba cerrada con llave. Al levantar la vista vio que en la pared del porche había una placa de tosca piedra con una inscripción labrada:
EN ESTA TORRE MURIÓ WILFRED MANCROFT ANSTEY
EL 27 DE OCTUBRE DE 1887 A LOS 69 AÑOS
CONCEPTIO CULPA NASCI PENA LABOR VITA NECESSI MORI
ADAM DE SAN VICTOR AD 1129
Extraño epitafio para un caballero Victoriano terrateniente y extraño lugar para morir. El actual propietario de Toynton Grange quizás había heredado de él cierto grado de excentricidad. CONCEPTIO CULPA: el hombre moderno había descartado la teología del pecado original junto con otros dogmas molestos; ya en 1887 debía de estar en decadencia. NASCI PENA: la anestesia había contribuido misericordiosamente a invalidar esa dogmática aserción. LABOR VITA: no si la tecnología del siglo XX podía evitarlo. NECESSI MORÍ: ah, ésa es la cuestión. La muerte. Uno podría hacer caso omiso de ella, temerla o incluso esperarla con ansia, pero nunca vencerla. Seguía siendo igual de aparatosa, pero más duradera que aquellas piedras conmemorativas. La muerte: la misma ayer, hoy y siempre. ¿Habría elegido Wilfred Mancroft Anstey aquel austero memento mori y habría hallado consuelo en él?
Continuó andando a lo largo del borde del acantilado, rodeando una pequeña bahía de guijarros. A unos veinte metros había un tosco sendero que descendía hasta la playa, empinado y probablemente traicionero cuando estuviera húmedo, pero evidentemente en parte resultado de una feliz disposición natural de la cara de la roca y en parte obra de la mano del hombre. No obstante, justo debajo de él, el precipicio era una pared casi vertical de piedra caliza. Vio con sorpresa que incluso a aquella temprana hora había dos escaladores provistos de cuerdas colgados de la roca. Al instantes identificó la figura más próxima, que llevaba la cabeza descubierta; era Julius Court. Cuando la segunda alzó la vista, Dalgliesh alcanzó a distinguir bajo el casco rojo el rostro de Dennis Lerner.
Ascendían lenta pero competentemente, con tal competencia que no le acometió la tentación de retroceder por si la inesperada visión de un espectador les hacía perder la concentración. Se notaba que no era la primera vez que lo hacían; estaban familiarizados con la ruta y las técnicas. Ahora habían llegado al último tramo. Al contemplar los movimientos suaves y sosegados de Court, agarrándose como una sanguijuela con las extremidades extendidas a la superficie de la roca, se encontró reviviendo ascensiones de su juventud y trepando con ellos, realizando mentalmente cada etapa. Cruzar a la derecha unos cuatro metros y medio usando clavija; subir con dificultad; luego continuar hasta un pequeño pináculo; ganar el saliente siguiente por una repisa; superar la grieta con la ayuda de dos clavijas y un mosquetón hasta la hendidura horizontal; seguir nuevamente la grieta hasta un pequeño saliente de la esquina; por fin, trepar hasta la cima con la ayuda de dos clavijas.
Diez minutos más tarde, Dalgliesh se acercaba lentamente al lugar donde Julius Court asomaba los hombros por el borde del precipicio. El escalador se alzó y se puso en pie, jadeando ligeramente, junto a Dalgliesh. Sin hablar, colocó una clavija en la grieta de una roca que había junto a uno de los peñascos, pasó un mosquetón por la clavija, se lo aseguró a la cintura y comenzó a tirar de la soga. Seguidamente se oyó un grito alegre procedente de la pared. Julius volvió a colocarse contra el peñasco, con la cuerda en torno de la cintura, gritó «Sube cuando estés listo», y empezó a pasar la soga centímetro a centímetro por sus cuidadosas manos. Menos de un cuarto de hora después, Dennis Lerner estaba junto a él y comenzaba a enrollar la cuerda. Parpadeando rápidamente, Dennis se quitó las gafas de montura metálica, se secó lo que podían ser salpicaduras del mar o gotas de lluvia de la cara y volvió a retorcer las patillas detrás de las orejas con dedos temblorosos. Julius miró su reloj:
– Una hora y doce minutos. Hasta ahora el mejor tiempo que hemos hecho. -Volviéndose hacia Dalgliesh, añadió-: En esta parte de la costa no hay muchos lugares apropiados para escalar por culpa de la pizarra, por eso intentamos mejorar el tiempo. ¿Escala usted? Podría prestarle el equipo.